Había varias banquetas con fundas de cuero rotas. Algunas habían sido cosidas a toda prisa. Del resto, colgaban tiras de cuero. Había una mancha marrón sobre la pared. Varios nichos de madera estaban encajados perfectamente en las esquinas de la habitación. Uno tenía el retrato carbonizado de san Jorge. Los otros tenían fragmentos de arcilla de los santos: una cabeza envuelta en un velo, un brazo con pájaros en las yemas de los dedos, un par de pies rotos. Cada trozo roto tenía una vela al lado. Había un olor que Luzia no lograba identificar. En apariencia olía a humo de fogón, pero por debajo había un aroma acre y embriagador, como el olor que provenía de las calderas que el esposo de doña Chaves utilizaba para curar la piel de los animales, allá en Taquaritinga.
– ¿Quién ha estado aquí? -preguntó el Halcón.
Seu Chico inclinó la cabeza. Un quejido sordo brotó de su garganta. Se tapó los ojos.
– Siéntate, amigo -dijo el Halcón mientras arrastraba un banco hacia Seu Chico.
El hombre agitó la mano como para ahuyentar a un bicho. Avanzó por un oscuro pasillo y trajo una silla, una silla de verdad, con respaldo de madera. Puso la silla delante del Halcón.
– Siéntate tú primero -dijo Seu Chico-. Por favor.
La cortina que tapaba la puerta de la cocina se abrió. La muchacha miró a hurtadillas desde detrás de la tela. No debía de ser mayor que Ponta Fina. Un haz de luz entraba por un resquicio de las tejas del techo, iluminando su pelo.
– Sucedió hace quince días -dijo Seu Chico-. Un grupo de hombres del coronel Machado (sus capangas) llegó de Fidalga. Tengo que venderle mi algodón a él. Salvo que… -Seu Chico tosió. Entrelazó sus dedos torcidos-. Lo que paga no es justo. Parte de mi cosecha se la vendí a un hombre de Campiña. El coronel se enteró. Estos coroneles creen que la espalda de un hombre sólo sirve para limpiar sus cuchillos.
– ¿Cuántos había? -preguntó el Halcón.
– Seis.
– ¿A qué hora?
– Al anochecer. Tomás había salido a recoger las cabras. Sólo estábamos Lía y yo.
Seu Chico miró nerviosamente hacia la cocina. La cortina estaba cerrada, la muchacha se había ido. Carraspeó por la presencia de una flema, y luego escupió. Se quedó en silencio y pisó el escupitajo, para que lo absorbiera la tierra.
– Se llevaron mi antiguo fusil -prosiguió-. Fue mi padre quien me lo dio. Quemaron las camas; rompieron nuestros santos; dejaron sus excrementos en el depósito de agua. Estuvimos una semana limpiándolo con Tomás. Gracias a Dios, tuvimos agua este invierno. Si lo hubieran hecho en verano, habríamos muerto de sed.
– ¿Y Lía? -preguntó el Halcón con un susurro.
El hombre se tocó la herida de la cabeza.
– Uno me pegó con la culata del rifle. Perdí el conocimiento. Aún me siento como si hubiera bebido demasiada branquinha. Cuando volví en mí, pensé que se habían ido. Busqué a Lía y no pude encontrarla. Luego los oí. Oí a aquellos capangas riéndose en el cuarto de atrás. Tenían la puerta cerrada. Oí que Lía estaba allí dentro, con ellos. Me llamaba y yo no podía entrar. Golpeé la puerta lo más fuerte que pude, pero no se movió. -Seu Chico se quedó mirando fijamente al Halcón durante largo rato-. Lía está atrás -dijo finalmente-. No quiere salir. Al menos mientras haya hombres. Ahora no puede estar en la misma habitación que su padre. Ojalá nos hubieran matado a ambos. -Seu Chico dejó caer la cabeza entre las manos.
Los cangaceiros guardaron silencio. El Halcón frunció el ceño. La comisura de sus labios tembló. El lado con la cicatriz permaneció plácido, impertérrito, salvo por el ojo lloroso, que se secó ligeramente con el pañuelo.
El pueblo de Fidalga estaba a medio día de marcha a pie desde la granja de Seu Chico, y pertenecía al coronel Floriano Machado. Había puesto ese nombre al pueblo en honor a su difunta madre, una portuguesa, y en la plaza central había colocado un busto de piedra de la mujer, con la mandíbula inferior hundida en un gesto de severidad y la mirada dirigida al este, como si contemplara su país. Luzia examinaba el busto cada vez que Ponta Fina y ella iban a Fidalga.
Antes de realizar sus viajes, Ponta se ató el pelo hacia atrás y se quitó todas las fundas de cuchillo, excepto una. Se vistió con pantalones y una camisa de arpillera que pertenecía a uno de los hijos de Seu Chico. Luzia se puso un vestido. Era holgado y corto. Seu Chico había conservado todos los vestidos de su esposa fallecida, pero la mujer era menuda y de estatura baja en comparación con Luzia, que tuvo que coser otra franja de tela alrededor del vuelo del vestido para que le cubriera las pantorrillas. Cuando lo usó por primera vez, Luzia echó de menos sus pantalones. Se sentía demasiado vulnerable con falda.
– Tú serás nuestros ojos -le dijo el Halcón antes del primer viaje al pueblo con Ponta.
Ponta Fina aún no tenía la típica melena hasta los hombros de los cangaceiros, detalle que delataba su identidad, pero sí tenía ya el pelo largo y la espalda encorvada. La gente del pueblo desconfiaría, desde luego, de un muchacho extraño de pelo largo, pero no desconfiaría de una mujer. Ni de un hermano y una hermana. Visitaron Fidalga tres veces, haciéndose pasar por viajeros huérfanos en busca de provisiones. Ponta siempre la llevaba del brazo, sujetándola con fuerza. La primera vez que recorrió los estrechos caminos de tierra de Fidalga, Luzia tuvo la sensación de que todo el pueblo la miraba. Observaban su brazo rígido, su vestido amplio, sus pies cubiertos de callos. En la segunda visita, Ponta y ella compraron carne seca y melaza. En la tercera ocasión ya eran conocidos; sus humildes miradas y el pago inmediato aflojaron las lenguas de los comerciantes.
La hacienda del coronel Machado se extendía hasta el horizonte, desde cualquiera de los lados del pueblo que se mirase. Ni siquiera a caballo podía un hombre cruzar todo su territorio en un solo día. Las primeras casas de Fidalga habían sido construidas por campesinos arrendatarios. Más adelante, el coronel erigió una pequeña capilla y permitió que instalaran tiendas, bares y un salón de baile, y permitió que hubiera una feria los sábados. Como en el caso de otros coroneles, el contrato de Machado era sencillo: la gente no pagaba ni un solo tostao por vivir en su tierra, pero a cambio le debían obediencia, y un porcentaje considerable del fruto de sus cosechas o de sus ventas, cualesquiera que fuesen éstas. Si no le gustaba el color de una casa, el coronel Machado ordenaba que la pintaran de nuevo. Si no le gustaba el aspecto de alguien, le pedía que se marchara. Y si se negaba o rompía el contrato de alguna manera, ya no era un asunto para resolver con el coronel, sino con su gente armada, los capangas.
Después de cada visita, Luzia y Ponta tomaban un camino intrincado para volver a la granja de Seu Chico. Cuando llegaban, se sentaban con el Halcón y describían Fidalga: la situación de su tienda principal, su prisión improvisada y la mansión del coronel, de color azul pálido, en las afueras del pueblo. Como la casa del coronel, sus capangas eran fáciles de identificar. Durante su segunda visita, Luzia vio a un grupo de hombres sentados sobre bancos de madera, junto a la tienda más grande del pueblo. Llevaban sombreros redondos de vaqueiro con el ala corta y el cuero arqueado por efecto del sudor y la lluvia. Eran seis.
– Grandullona como un caballo -dijo señalando a Luzia el mayor de los capangas, un hombre de pecho amplio que tenía más de 40 años.
– ¡E igual de hermosa! -dijo otro, riéndose por lo bajo. No debía de ser mayor que Ponta Fina.
Durante su visita también se enteraron de que el coronel Machado se había marchado a Pará para comprar ganado y estaría ausente durante dos meses.
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