Para responder a las habladurías, el coronel quiso poner fin a los paseos nocturnos, pero doña Conceiçao lo tranquilizó. Sugirió que pusieran un acompañante a Emília, y cuando el coronel asintió, le guiñó un ojo a la chica. Con ese gesto, Emília comprendió que sus paseos con Degas eran algo más que paseos. Doña Conceiçáo era mayor que ella y era su patrona, pero también era una mujer que comprendía los riesgos y las posibilidades que representaban esas caminatas. Doña Conceiçáo estaba dispuesta a apostar por lo que podía suceder. Desde entonces, Felipe acompañó a la pareja, caminando detrás de ellos con mala cara, dando patadas a las piedras, bufando cada vez que Degas se reía. Con una carabina, los paseos adquirieron rango oficial. Ni Emília ni Degas comentaron el cambio.
El primer día de noviembre, Degas se detuvo a mitad del habitual paseo. Estaban en la plaza del pueblo. Se quitó el sombrero. Quedó al descubierto su pelo ralo y delgado, como el de un bebé.
– He recibido un telegrama de mi padre -dijo Degas-. La huelga universitaria ha concluido. Debo regresar.
Degas esperaba alguna reacción. Emília intentó sentir algo, pero en su interior sólo experimentaba calma. La sorprendió, sin embargo, lo poco que le afectaba, su inmediata convicción de que no lo echaría de menos. Degas miró nerviosamente detrás de ellos, a Felipe. Estaba encendiendo un cigarrillo. Se encendió la cerilla en su mano. Los últimos rayos de sol de ese día iluminaban su rostro. Las pecas de Felipe se habían oscurecido aquel verano, tras las innumerables cabalgadas y los constantes partidos de bádminton con Degas. Parecía que le hubieran espolvoreado canela sobre la cara, sobre la frente y especialmente sobre las mejillas y la nariz. Felipe entornó los ojos, luego se volvió de espaldas. Rápidamente, Degas cogió la mano de Emília. Ella le había permitido hacer aquello una sola vez antes, en la sala de costura, pero aquel era un lugar privado y no la plaza pública. Emília recordó a las mujeres del mercado, sus soeces murmuraciones sobre las sábanas. Retiró la mano.
Degas se encogió de hombros, como si hubiera intentado ser romántico pero no supiera cómo lograrlo.
– Emília -suspiró-, he perdido la capacidad de hacer castillos en el aire hace mucho tiempo. Tú y yo tenemos nuestras necesidades. Tú necesitas marcharte de aquí, y yo necesito…
Bajó la voz. Le volvió a coger la mano, más fuerte esta vez. Respiraba pesadamente y olía a tabaco. Emília sintió que se mareaba.
– Regresaré a la capital -dijo Degas-. Si aceptas, puedes venir conmigo. Será más que una visita. Irás como mi esposa.
El sol había desaparecido casi por completo bajo la línea del horizonte. Emília oyó los pájaros levantar vuelo en la plaza, y el revoloteo de sus alas sonaba como el chasquido de tela fuerte, de buena calidad, sobre la cuerda del tendedero. Detrás de Degas, vio la sombra del rostro de Felipe. La punta encendida de su cigarrillo brillaba.
– Irás como mi esposa -repitió Degas, esta vez más fuerte.
Emília asintió.
Más adelante, esa misma semana, cuando todo el pueblo se enteró de su compromiso y Degas había cruzado con sus padres una docena de telegramas, Emília fue a ver al padre Otto. Tenía que confesarse y preparar la ceremonia. Degas y ella viajarían como marido y mujer. Se rumoreaba en Taquaritinga que Degas la había mancilla do, y para conservar el honor del pueblo -no podían tolerar que los muchachos de la ciudad visitaran y sedujeran a sus hijas- el coronel había obligado a su invitado a casarse de inmediato. Degas no se ocupó de desmentir el rumor. Tampoco Emília; su reputación no era tan importante como su huida. Lo admitió durante su confesión al padre Otto.
– Después de todo -dijo Emília, fijando la mirada en el pañuelo en sus manos y no en el perfil del cura a través del entramado de madera-, la mayoría de las muchachas de Taquaritinga se casan por necesidad y no por amor.
Tía Sofía se lo había repetido infinidad de veces cuando intentaba convencerla de ser amable con sus pretendientes. El amor no era como la picadura de una abeja. No llegaba rápida y dolorosamente, cuando uno estaba distraído. Surgía tras años de compañerismo y esfuerzo, de manera que una pareja podía mirarse a los ojos tras décadas de matrimonio y decir con orgullo que había atravesado unida las peores tormentas. Sería lo mismo con Degas, aseguró Emília, pero no tan amargo como en muchos casos. Ella era creativa por naturaleza: había convertido las plumas de una gallina en un sombrero elegante, había confeccionado preciosos vestidos a partir de tela de mala calidad. Degas era un material más fino que aquel con el que Emília había trabajado toda su vida. Había alabado su inocencia, su dulzura, su ingenuidad…, cualidades que Emília ignoraba tener hasta que Degas se las señaló. Con tiempo e imaginación, podía crear un esposo a partir de un hombre así. Podía moldearlo. Y con su refinamiento y su conocimiento del mundo, Degas la guiaría.
El sacerdote se expresó de forma solemne y amable cuando habló al final de la confesión.
– Recuerda, el pecado llama con suavidad -dijo-. Te habla amablemente. No grita; susurra. Te llama con gestos llenos de dulzura y tentadoras posibilidades.
Después, cuando Emília caminaba hacia la casa del coronel, las palabras del sacerdote la irritaron. ¿Quién no deseaba dulzura? ¿Quién no prefería un susurro a un grito? ¿Quién deseaba tan sólo esfuerzo y austeridad? A su modo de ver, la monotonía de la bondad parecía tan estéril y vacía como la sala de costura de doña Conceiçáo, tan sólo paredes blancas y áspero trabajo. Había perdido a su tía y su hermana. Había eliminado el altar de san Antonio. Había dejado de leer las novelas por entregas de Fon Fon. Sólo tenía a Degas.
«He perdido la capacidad de hacer castillos en el aire».
No mucho antes, Emília habría sentido un escalofrío al escuchar esas palabras. Pero cuando las pronunció Degas, no sintió decepción. No quería hacer nada en el aire. Quería baldosas y cemento. Quería agua corriente. Quería un vestido refinado, un sombrero elegante, un billete de tren en primera clase que poder presentar orgullosamente al revisor, quien con su mano la ayudaría a subirse al vagón.
Matorral de la caatinga, interior de Pernambuco
Mayo-septiembre de 1928
Al principio, ella era un objeto más de los que acumulaban en sus redadas. Era como aquel acordeón rojo que tanto admiraban; como los anillos de oro que arrancaban de los dedos a los coroneles poco amistosos; como los crucifijos o los relojes de bolsillo de madreperla que saqueaban en los joyeros. El Halcón llevaba un estuche dorado para las cosas de afeitar, una petaca de plata y unos prismáticos de bronce, metidos en otro estuche, éste forrado de terciopelo. Sus hombres y él grababan sus iniciales sobre cada uno de los objetos que adquirían, los adornaban con remaches de metal y correas de cuero, y los llevaban consigo por las zonas más impenetrables del monte arrasado por la sequía. Cuando finalmente entraban en un pueblo, curas y niños, granjeros y coroneles, por igual, se quedaban estupefactos ante la asombrosa fortuna de los cangaceiros, y los tesoros cobraban un valor sólo comparable a la siniestra grandeza de su origen. Durante las primeras largas semanas de permanencia en el grupo, Luzia se sintió como una de aquellas posesiones. Era un tesoro inútil, una carga extra adquirida en un momento de debilidad y fascinación. Y como aquellos prismáticos, aquellas pitilleras, aquellos incontables crucifijos de oro que se manchaban con el propio sudor de los cangaceiros, se corroían por las lluvias del invierno y eran golpeados y atravesados por las balas durante las redadas, Luzia temió que también ella sería irrevocablemente transformada.
Читать дальше