Emília encendió una vela y partió tres naranjas para la cena. Apagaron el fuego de la cocina, ahogando el humo para que no saliera por los resquicios que había entre las tejas.
– No debería dormir sola esta noche -dijo tía Sofía, dando una palmadita a la mano de doña Chaves-. No es seguro.
– No causaré molestias -dijo doña Chaves-. Se lo aseguro.
El mal estado de la espalda de doña Chaves le impedía dormir en una hamaca, y la cama de Emília y Luzia era demasiado suave para sus viejos huesos. Tras convencerla con todo tipo de argumentos, doña Chaves accedió a dormir en la cama de tía Sofía. Luzia colgó la vieja hamaca de lona en el salón. Emília le llevó una frazada y se quedó allí, acomodando los flecos enredados a los costados de la hamaca. De niñas, solían torcer los hilos blancos para hacer trenzas apretadas, deshacerlas y comenzar de nuevo, hasta que el fleco se volvía enmarañado en exceso.
– No quiero dormir con la tía. -Emília hizo un gesto de irritación-. Da patadas.
– Entonces duerme con doña Chaves -susurró Luzia.
– ¡No! ¡Huele a gallina!
Prorrumpieron en risas. Emília casi dejó caer la vela, Luzia se tapó la boca.
– ¡Niñas! -gritó tía Sofía desde la otra habitación.
– Buenas noches -Emília besó la mejilla de Luzia y se alejó, llevándose la vela.
Cuando era pequeña, Luzia dormía cómodamente en aquella hamaca, imaginando que era un guisante en su vaina. Pero desde entonces había crecido. Los pies sobresalían por un extremo, y cuando intentó acomodarlos, la cabeza se salió por el otro. Luzia no podía dormir. Cerró los ojos y recordó a los hombres de aquella mañana. El niño no debía de tener más de 13 años. El mulato debía de ser mayor, tal vez veintitantos. El hombre de la cicatriz parecía joven y anciano a la vez. ¿Sería el Halcón? ¿Habría hecho las cosas de las que lo acusaba doña Chaves?
Para saber si un bordado era una pieza fina había que fijarse en la parte de atrás, se lo había enseñado tía Sofía. Luzia siempre daba la vuelta a todos los camisones, vestidos de novia y pañuelos para escudriñar las puntadas. Al observar el revés de los puntos, advertía cuántas veces se había anudado el hilo y lo pequeños que eran los nudos. Si una costurera era descuidada, los nudos eran grandes y escasos. Si era perezosa, la parte de atrás del diseño estaba cruzada por hilos en diagonal, porque no se había molestado en cortar, anudar y volver a enhebrar la aguja. Los puntos lo revelaban todo.
En cambio la gente no era tan fácil de descubrir.
La noche estaba silenciosa. Habían cesado los tiros, las risotadas y los gritos. Los mosquitos zumbaban en el oído de Luzia, se daban un festín con sus pies. Se frotó un pie con el otro. No supo cuánto tiempo estuvo en duermevela, durmiéndose, despertándose. Oyó música en la distancia. Notas largas y tristes que salían, contrariadas, de un acordeón. Se movió y estuvo a punto de susurrar: «¿Has oído?», pero se dio cuenta de que Emília no se encontraba allí. Luzia estaba segura de que también estaba despierta, y quería llamarla, entrar de puntillas en su dormitorio y arrastrarse a la cama, apretar el rostro contra la espalda de su hermana, como había hecho desde niña, hundiéndose en el calorcito de Emília.
Durmió muy mal en la hamaca, ahuyentando a los mosquitos con palmadas y temblando con el frío del amanecer. Cuando al fin concilio el sueño era muy tarde, y no se levantó a tiempo para la hora de la oración. La despertaron unos fuertes golpes en la puerta. Por un instante, creyó que eran los santos del armario, enojados porque se había olvidado de ellos. Luzia casi se cae de la hamaca.
– ¡María, Madre de Dios! -gritó doña Chaves desde el cuarto más lejano.
Volvieron a golpear, esta vez con más fuerza.
– ¡Salgan! -gritó un hombre.
Tía Sofía entró en el salón. Llevaba un chal sobre el camisón. Doña Chaves la agarró del brazo.
– ¡Han descubierto mis gallinas! -susurró la vecina.
Tía Sofía apartó a Luzia de la puerta de entrada y quitó el pasador. Emília y doña Chaves se asomaron a la ventana, pugnando por echar un vistazo para ver quién estaba afuera. Luzia intentó ver por encima de sus cabezas. Era el muchacho de las montañas. Su pelo rizado ahora estaba limpio, recién lavado y peinado hacia atrás con gomina. Su chaqueta era harapienta, pero también estaba limpia. Cuatro fundas de cuero para cuchillos colgaban de su cinturón, dos a cada lado, al alcance de sus manos. Cada una guardaba un puñal de diferente tamaño: uno largo y delgado, otro del tamaño de una mano, otro grueso y otro ligeramente curvo. Lo acompañaba un cangaceiro mayor, que Luzia no reconoció. Sus orejas eran tan grandes y redondas que se torcían debajo del ala de cuero de su sombrero. Tenía los labios fruncidos, como los cordeles de la bolsa de costura de Luzia. Llevaba un rifle colgado del hombro.
– ¿Usted trabaja para el coronel? -le preguntó a tía Sofía.
Su tía vaciló. Sus labios se movieron y Luzia supo que estaba murmurando una oración en voz baja. El muchacho cangaceiro se acercó a la casa. Miró a través de la ventana y las vio. Doña Chaves lanzó un grito. Emília cerró el postigo rápidamente.
– Sí -replicó tía Sofía-. Yo confecciono ropa para él.
El muchacho le cuchicheó algo al hombre orejudo, y luego señaló la casa.
– ¿Es usted la única que cose? -preguntó el hombre.
– No. -Tía Sofía vaciló, echando una mirada a la ventana-. Mis sobrinas me ayudan. Pero son sólo niñas. No tienen ninguna habilidad.
– No importa -dijo el cangaceiro-. Vístase y salga afuera…, usted y quienquiera que la ayude.
– ¿Para qué? -preguntó tía Solía.
– Para trabajar -replicó el cangaceiro de las orejas grandes-. El capitán necesita una costurera.
Conformaban una extraña procesión: un muchacho cangaceiro acarreando sobre el hombro la antigua máquina de coser de tía Sofía; tres mujeres cogidas de la mano, con las cabezas inclinadas, los labios pronunciando oraciones; y el hombre orejudo caminando detrás, con la mano sobre el rifle y los ojos revoloteando en todas las direcciones. Las calles del pueblo estaban vacías, pero Luzia vio rostros que miraban furtivamente desde los postigos cerrados y entre las grietas de las puertas.
Cuando llegaron a la plaza, Luzia oyó un zumbido, como si un enjambre de abejas estuviera volando en círculos. Desplomados contra los troncos retorcidos de los exuberantes árboles estaban los dos soldados con uniforme y los capangas del coronel, a quienes les habían quitado las botas negras y los sombreros de cuero. Sin las botas, sus pies se veían suaves y blancos, como los de los bebés. Estaban maniatados, de espaldas, contra los árboles, con las cabezas ladeadas, como si estuvieran susurrándose cosas entre ellos. Las moscas se acumulaban en sus bocas abiertas, sus ojos, sus estómagos. Los insectos se movían como una gran masa iridiscente, y los cuerpos parecían contraerse con espasmos. Debajo de los hombres, cayendo desde sus pálidos pies, había charcos oscuros.
– Mirad para otro lado -ordenó tía Sofía. Emília obedeció, tapándose los ojos. Luzia, no.
Ya había visto sangre, había matado pavos y gallinas. Toda su vida había presenciado la matanza de los sábados por la mañana cerca del mercado del pueblo: el ganado colgado de dos postes de madera, con los cuartos traseros expuestos al aire y los cuellos torcidos bajo el peso de sus propios cuerpos. Los hijos del carnicero los despellejaban de la cola a la cabeza, cortando el cuero en tajadas con sus cuchillos, mientras los perros callejeros olfateaban y lamían la sangre, que chorreaba por las bocas abiertas de las reses y se mezclaba con el polvo. Una vez también había visto el cuerpo inmóvil de un delincuente en la plaza del pueblo, con el rostro y el pecho blancos a causa de la cal viva que el coronel había ordenado que le echaran al cadáver. Pero Luzia jamás había visto desangrarse a un hombre. Tuvo el deseo de tocar la sangre de los soldados para ver si seguía caliente. Luego una náusea terrible se apoderó de ella. Gramola se tapó la boca y se aferró a la mano de Emília.
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