– No quiero esas cosas -gritó Antonio-. Son para cadáveres.
Sobresaltado, el fotógrafo desmontó los soportes de hierro rápidamente. Antonio bajó la vista hacia los cartógrafos.
– Y ustedes, señores, quédense quietos. Quiero que la capital vea que están vivos y en buen estado.
El secuestrado más viejo asintió con la cabeza. Su rostro había enflaquecido, lo que había dejado su piel floja y sus mejillas huecas. El más joven mantuvo tercamente la mirada hacia delante, ignorando a Antonio.
– Quite ese taburete también -ordenó Antonio.
El fotógrafo se rascó la cabeza.
– Perdóneme, capitán, pero ¿la señora no debería estar sentada?
– No. Estará de pie. ¿Verdad, mi Santa?
Luzia asintió con la cabeza. Rápidamente recordó que estaba del lado de su ojo malo y miró hacia él.
– Sí -dijo-. Por supuesto.
El fotógrafo se llevó el taburete. Los cartógrafos se sentaron delante del telón de fondo de lona, y Antonio se colocó detrás de ellos. Luzia ocupó su lugar, al lado de su marido. Antonio volvió su ojo bueno para mirarla. Le enderezó las gafas, luego extendió la mano por detrás del cuello y movió la trenza hacia delante. Era gruesa y pesada. Le llegaba casi hasta las caderas. Luzia había roto su promesa de infancia a san Expedito; al cumplir 18 años no se había cortado el pelo para dejarlo en el altar del santo, como le había aconsejado que hiciera la tía Sofía. Con promesa o sin promesa, Antonio no quería ni oír hablar de un posible corte de pelo al estilo de la moda triunfante entre las mujeres de la capital. Se llevó la trenza de Luzia a la boca V la besó. Una vez más, el fotógrafo se agachó por debajo de su velo gris y aprestó la lámpara para disparar su fogonazo. A Luzia le dolía la espalda. Lamentó que Antonio no les hubiera dejado usar la varilla de hierro para reposar la barbilla y mantener el cuerpo derecho.
Como si adivinara sus pensamientos, Antonio dijo:
– Bien erguida, mi Santa.
De nuevo se iluminó la lámpara con su deslumbrante fogonazo. Durante varios minutos, Luzia todavía siguió viendo puntos luminosos. Incluso cuando cerró los ojos, flotaban en la oscuridad detrás de los párpados, como si hubieran quedado atrapados allí.
En lugar de desmontar el trípode y el telón de fondo, el fotógrafo colocó otra placa en la cámara. Detrás de él, Baiano, Zalamero y Ponta Fina hablaban con las mujeres que estaban rezando y se las llevaban con suavidad fuera de allí, hacia la capilla del pueblo. Encima de ellos, el sol era una esfera de color naranja, como la yema de un huevo gigantesco. Los cartógrafos se movieron, muertos de calor bajo sus cálidas ropas andrajosas. Luzia observó al fotógrafo mientras volvía a preparar la cámara.
– No hay color en tu cara -señaló Antonio, cogiéndole el codo doblado-. ¿No has comido?
– Estoy harta de esa basura de harina -respondió ella-. Está rancia.
No era el sabor ácido de la mandioca lo que la descomponía, sino su textura, pastosa y correosa. Se le revolvía el estómago cada vez que los hombres la espolvoreaban sobre los frijoles.
– Trataré de conseguir harina de maíz para ti -prometió Antonio mientras la agarraba del brazo para apartarla del sol-. Debes comer un poco de melaza dura. Eso te dará energía.
– No malgastes comida -respondió Luzia-. Estoy bien. Son las lámparas del fotógrafo, eso es todo. Me hacen daño en los ojos.
– Habrá valido la pena -le aseguró-. Ahora nos verán. ¡Publicarán cosas nuestras y sabrán de nosotros en la capital! Verán que no somos unos vagabundos.
– Sí. -Luzia asintió con la cabeza-. Conseguiremos nuestro rescate.
El lado sin cicatrices de Antonio tembló. Se secó el ojo húmedo.
– Ve a sentarte a la capilla, mi Santa. Reúnete con las mujeres que están rezando sus novenas.
Luzia negó con la cabeza.
– Va a sacar otra fotografía. Le he visto reemplazar la placa.
– No te quiero aquí para esa fotografía.
– ¿Por qué no? -preguntó ella, repentinamente enfadada. ¿Acaso eso del rescate no había sido idea suya? ¿No había escrito ella el telegrama?
– No debes ver sangre -respondió Antonio.
Luzia se puso tensa. Una mujer embarazada no debía ver la muerte. No podía cruzar agua en movimiento. No podía tocar la piel escamosa de una lagartija ni jugar con gatos o perros, por temor a que su niño se pareciera a esos animales. No podía poner objetos sobre su vientre, porque dejarían una marca en la cara del bebé. Llevar una llave colgada del cuello sería la causa de que la criatura tuviese un labio leporino. Ver un eclipse podía teñir la piel del niño, produciéndole manchas o volviéndolo negro. Luzia había escuchado todas esas advertencias. No se creía ninguna de ellas.
– ¿Qué sangre? -insistió Luzia.
– La de esos cartógrafos -explicó Antonio-. Hoy es su último día.
Luzia sintió una opresión conocida en el pecho; era el temor que experimentaba cada vez que disparaba, temerosa de fallar y a la vez temerosa de dar en el blanco.
– No hemos conseguido nuestro rescate -señaló ella.
Antonio hizo un chasquido de disgusto con la lengua.
– ¿Tú crees que van a pagar? El doctor tenía razón. La capital los va a reemplazar. Tenemos que enviar un mensaje. Si no, pensarán que nos tienen dominados. -Posó sus manos en los hombros de ella-. Nunca esperé conseguir dinero. Hice esto para mostrarle a Gomes que podía, que podíamos. Quieren cabezas y las tendrán.
Luzia miró a los cartógrafos. El más joven le devolvió una mirada concentrada, tratando de comprender por qué discutían. El más viejo se secó la frente. Mientras le había enseñado a interpretar los mapas, él se había comportado con seriedad y su voz era suave. Le había explicado la trayectoria propuesta para la carretera, sin hacer que Luzia se sintiera carente de educación o tonta. A cambio de su generosidad, Luzia le había hablado de la petición de rescate. Ella le había aconsejado que fuera respetuoso y paciente, que de esa manera iba a sobrevivir.
– No han hecho nada malo -observó ella-. El viejo nunca te ha insultado.
– El hecho de medir el terreno ya es un insulto para mí.
– ¿Por qué?
Antonio sacudió la cabeza.
– Los hombres como Eronildes piensan que podemos invitar al diablo a sentarse a nuestra mesa. Creen que comerá lo que se le sirva para luego agradecérnoslo amablemente. Yo sé que no es así. Gomes primero quiere una carretera, después querrá dos, más tarde tres. Luego querrá las tierras que hay alrededor de las nuevas rutas, luego las tierras adyacentes a éstas. No le permitiré llegar tan lejos. No dejaré que ese diablo cruce mi puerta.
– Tú no tienes ninguna puerta -señaló Luzia con voz serena-. No hay nada que sea nuestro.
Antonio cerró los ojos. El ojo nublado tardó más tiempo en cerrarse; la miró acusadoramente durante unos segundos después de que el ojo sano desapareciera detrás del párpado.
– Tenemos nuestros nombres -dijo Antonio-. Tenemos las historias que la gente cuenta. Con estos retratos, tendremos caras. Causaremos una fuerte impresión. Eso vale más que una casa o una puerta.
– Debemos dejar que se vayan -sugirió Luzia.
Antonio abrió los ojos. Apretó con fuerza los hombros de ella. Sus pulgares se hundieron por encima de la clavícula.
– ¿Crees que esos cartógrafos te respetarían si no tuvieras un arma? ¿Si no fueras la Costurera?
Luzia negó con la cabeza. La mucosidad se espesó en su garganta.
– Mi Santa -dijo, aflojando la mano que la sujetaba-, esta vida que llevamos no es de quita y pon. No puedes ponértela un día y quitártela al día siguiente. Incluso si tuviéramos tierras, la gente no diría que somos rancheros. Seguiríamos siendo cangaceiros. Peor todavía, seríamos cangaceiros camuflados de otra cosa. Gomes seguiría queriendo nuestras cabezas. Siempre habrá algún coronel que querrá luchar contra nosotros si no puede pisarnos el cuello, y algún otro coronel que nos reconocerá como amigos y nos invitará a comer a su mesa para luego odiarnos por estar ahí. No hay escapatoria para nosotros.
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