Taquaritinga estaba a una semana de viaje de la costa, sobre la cima de una montaña, cerca de la frontera con el estado de Paraíba. Lo primero que veía la gente cuando trepaba por el sendero curvo de montaña era el campanario de la iglesia; pero durante la estación lluviosa del invierno sólo podían ver una nube de bruma. La plaza principal, alrededor de la iglesia, había sido de tierra hasta que el coronel encargó que fuera empedrada, y durante meses hubo montones de rocas y se escucharon los sonidos de trabajadores levantando los mazos y machacando la piedra contra la tierra. Emília preguntaba a menudo al padre Otto cómo eran las ciudades de verdad.
– Atiborradas de gente -respondía él, y Emília lo imaginaba con la oscura capa de sacerdote abriéndose paso a través de multitudes de mujeres y niños que llevaban vestimentas coloridas y sombreros decorados con plumas de avestruz-. Atiborradas de gente y ni la mitad de hermosas que Taquaritinga -le aseguró el padre Otto. Emília no lo creía.
En su primera comunión, el padre Otto les había regalado a Emília y Luzia dos biblias blancas del tamaño de la palma de la mano, especialmente encargadas en Recife. Tenían las biblias abrazadas al pecho cuando posaron para su retrato de comunión. Tía Sofía había ahorrado durante tres meses para pagar al fotógrafo. El hombre delgado tomaría tan sólo una instantánea. Emília quería que el retrato fuera perfecto. Se quedó quieta durante lo que le pareció una eternidad, esperando que pulsara el botón disparador. Las comisuras de sus labios temblaban. Intentó permanecer totalmente quieta, para que el rosario que colgaba de sus dedos no se meciera. Luzia no se quedó quieta. Tal vez estuviera avergonzada de su brazo doblado, que el fotógrafo disimuló cubriéndolo con un retazo de encaje. Tal vez no le agradara el tímido hombre que se ocultaba bajo la tela negra de la cámara. O quizá fue porque Luzia no se dio cuenta, como Emília, de que tenían una sola oportunidad para que saliera bien la fotografía, de que con un clic quedarían plasmadas para siempre.
Justo en el momento en que se disparó el flash, Luzia se movió. Su rosario se balanceó, su velo de comunión se torció, y el retazo de encaje se deslizó de su brazo y se cayó al suelo. Cuando el retrato volvió del laboratorio del fotógrafo, Emília se sintió amargamente decepcionada. Su hermana aparecía borrosa. Parecía como si hubiera un fantasma que se movía detrás de Luzia, como si hubiera tres niñas en la foto en lugar de dos.
El sol se elevó lentamente sobre el campanario amarillo de la iglesia. Luzia caminó a paso rápido. Se colgó el costurero sobre el brazo doblado. Había encontrado modos sutiles de sacarle provecho al brazo gramola, como si lo prefiriera así. Emília intentó mantenerse al paso de las largas zancadas de Luzia, pero le dolían los pies. Tenía un par de zapatos negros de charol que alguna vez habían sido de doña Conceiçáo. Las tiras y los estrechos costados del zapato se le incrustaban en los pies. Caminó con cautela por el sendero de tierra.
Las clases de costura tenían lugar en Vertentes, un pueblo de verdad. Había un angosto camino de tierra que lo conectaba con Surubim y luego iba más allá. Tenía el primer médico oficial de la región y el primer abogado, ambos diplomados de la Universidad Federal de Recife. Emília sabía que en Vertentes la gente era juzgada por los zapatos. La gente respetable usaba alpargatas con tiras de cuero y suela de goma. Los granjeros usaban chancletas de esparto. Los pobres no usaban zapatos, directamente; tenían que rasparse las plantas de los pies cubiertas de barro seco con los filos romos de sus cuchillos antes de entrar en las tiendas o asistir a misa. Los caballeros usaban zapatos con cordones, y las damas -las damas de verdad- llevaban zapatos con tacón. Tía Sofía no aprobaba los zapatos con tacón, así que Emília escondía los zapatos en su bolsa de costura y se los ponía después de salir de casa.
Luzia redujo la marcha. Miró con desaprobación los zapatos de Emília, pero no dijo nada. Emília agradeció el silencio de su hermana; no quería volver a discutir. Dos mujeres barrían las escaleras frente a sus casas, levantando una nube de polvo alrededor de sus pies. Se apoyaron sobre sus escobas cuando vieron pasar a Emília y Luzia.
– Buenos días -dijo Luzia, con un gesto de la cabeza.
– Hola, Gramola -respondió la mujer mayor.
– Hola, Emília -dijo la más joven de las dos, y luego se tapó la boca para reprimir la risa. La mujer mayor sonrió y sacudió la cabeza. Emília asió fuerte el pañuelo que cubría su cabeza rapada.
– Estás muy bien -susurró Luzia. Dirigió una mirada de repudio a las mujeres que se escondían tras sus tontas risitas, y gritó-: ¡Si queréis reír, comprad un espejo y mirad vuestra propia cara!
Emília sonrió. Dio un apretón a la mano de su hermana. Unos meses antes, Emília había visto un sombrero en Fon Fon, una hermosa creación con plumas que se sujetaba al pelo con horquillas, como un pequeño casquete. Emília quedó tan prendada del sombrerito que confeccionó uno para ella. No pudo hallar plumas negras suaves como las que había en el sombrero de la modelo, así que cuando tía Sofía sacrificó un gallo, Emília guardó las plumas más bonitas: rojas, naranjas y algunas negras moteadas de blanco. A pesar de las objeciones de tía Sofía, Emília usó su casquete con plumas para ir al mercado. Se sentía muy elegante, pero a medida que caminaban entre los puestos del mercado la gente se reía y la llamaban gallina exótica. Emília quería arrancarse el sombrero de la cabeza de pura vergüenza, pero Luzia le susurró: «No te lo quites». Le ofreció el brazo doblado y Emília lo agarró. Mientras dejaban atrás los puestos de verduras y rodeaban los de los carniceros, Luzia miró hacia delante, con el cuerpo alto y erguido y el rostro ferozmente quieto. Luzia no tenía el aspecto pálido y delicado de una modelo Fon Fon, pero había adoptado su aire de elegancia, su ademán de confiado desdén. Emília había intentado copiar esa mirada en su pequeño espejo. Jamás pudo conseguirlo.
– ¿Sabes?, Lu, eres bastante buena manejando la nueva máquina de coser -susurró Emília.
Luzia se encogió de hombros:
– Tú lo haces mejor. Siento lo de tu jabón.
Emília asintió. Podría haber sido peor. Al menos Luzia no había revelado nada acerca de las notas. Emília había comprado un fajo de tarjetas azules en la papelería de Vertentes. Todos los meses enviaba una al profesor. Afilaba el grueso lápiz de costura hasta lograr una punta perfecta (no tenían pluma de escribir, aunque Emília deseaba fervientemente una) y componía sus mensajes sobre pedazos de papel de estraza antes de transcribir cuidadosamente las palabras a la tarjeta. Los mensajes eran dubitativos al principio:
Me gustaría felicitarlo por sus habilidades para enseñar.
Sinceramente,
María Emília do Santos
El profesor Celio le respondió:
El motivo es que tengo alumnas con talento.
Y los mensajes de Emília se volvieron más audaces:
Estimado profesor:
Mi corazón late con fuerza cada vez que se pone al lado de mi máquina de coser.
Y él replicó de forma adecuada, en su nota favorita hasta el momento:
Mi querida Emília:
He observado la manera en que guías la tela a través de la máquina.
Tienes dedos hermosos y ágiles.
Atentamente,
Profesor Celio Ribeiro da Silva
Emília le dio una palmadita a su bolsa de costura. El sobre que estaba dentro tenía dos círculos húmedos en donde Emília había rociado su perfume -agua de colonia de jazmín que había compra do con una parte sustancial de sus ahorros-. Esta tarjeta era la más audaz hasta el momento, y sugería un encuentro después de la clase. Emília sintió que un temblor nervioso la recorría. Se aferró más fuerte a su bolso.
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