Paullina Simons - Tatiana y Alexander

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Tatiana, embarazada y viuda a sus dieciocho años, huye de un Leningrado en ruinas para empezar una nueva vida en Estados Unidos. Pero los fantasmas del pasado no descansan: todavía cree que Alexander, su marido y comandante del Ejército Rojo, está vivo. Entre tanto, en la Unión Soviética Alexander se salva en el último momento de una ejecución.
Tatiana viajará hasta Europa como enfermera de la Cruz Roja y se enfrentará al horror de la guerra para encontrar al hombre de su vida… Dolor y esperanza, amistad y traición se mezclan en esta conmovedora novela protagonizada por dos personajes entrañables y llenos de coraje, capaces de desafiar por amor al destino más cruel.

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– El teniente general tiene toda la razón -declaró Martin cuando Tatiana terminó de traducir las palabras de Stepanov-. No tenemos nada que hacer aquí, no sabemos en qué terreno nos estamos moviendo.

Pero Tatiana, en lugar de traducir esta frase al ruso, dijo:

– La Cruz Roja es una entidad neutral que no puede tomar partido por ningún bando.

– Si vieran los campos, lo tomarían… -aseguró Stepanov, moviendo la cabeza consternado-. He intentado resolver los problemas del reparto de alimentos, las malas condiciones higiénicas y la arbitraria aplicación del reglamento. Hace cuatro meses introduje una serie de medidas destinadas a mejorar la situación, pero no sirvió de nada. El organismo encargado de gestionar los campos rusos se niega a castigar a los soldados que no cumplen sus funciones, lo cual no hace más que exacerbar las hostilidades.

– ¿Los campos rusos? -repitió Tatiana-. ¿No estamos hablando de campos para prisioneros alemanes?

– En ellos también hay prisioneros rusos, enfermera Barrington -precisó Stepanov, mirándola a los ojos-. O al menos los había hace cuatro meses.

Tatiana se echó a temblar.

– ¿Cuál es el organismo responsable de administrar los campos? Tendría… Tendríamos que hablar con ellos.

– En ese caso, deberán ir a Moscú y hablar con Lavrenti Beria -dijo Stepanov, con una sonrisa desalentada-. Pero no se lo recomiendo… Dicen que «tomar café» con Beria puede ser una experiencia letal.

Tatiana apretó las manos entre los muslos para controlar el temblor de su cuerpo. ¡De modo que el NKVD gestionaba los campos de concentración instalados en Alemania!

– ¿Qué ha dicho el coronel, Tat… enfermera Barrington? -preguntó Penny-. Se ha olvidado de seguir traduciendo.

– No vamos a ir, está decidido -intervino Martin-. Sería mal gastar recursos.

Tatiana se volvió hacia él.

– Tenemos recursos de sobra, doctor Flanagan. Todo Estados Unidos es un recurso… El teniente general dice que en los campos hace falta ayuda urgente. ¿Vamos a echarnos atrás, sabiendo que nos necesitan aún más de lo que imaginábamos?

– La enfermera Barrington ha hablado muy bien, doctor Flanagan -dijo Penny, muy seria.

– Lo esencial es ayudar a quienes tienen posibilidades de salvarse -declaró Martin.

– Propongo una cosa: primero los ayudamos, y luego dejamos que ellos decidan si se salvan o no. -Tatiana se volvió hacia Stepanov y preguntó en voz baja-: ¿Cómo ha venido a parar aquí, señor?

– ¿Qué le ha preguntado? -dijo Bishop.

– Me trasladaron tras la caída de Berlín -contestó Stepanov-. Estaba consiguiendo demasiadas cosas en Leningrado… Me servirá de escarmiento. Pensaron que aquí podría hacer lo mismo, pero esto no es Leningrado ni los problemas son los mismos. Hay escasez de comida, de viviendas, de ropa de abrigo y de combustible, sí, pero además hay un enfrentamiento entre diferentes países, diferentes poblaciones, diferentes sistemas económicos y diferentes visiones de la justicia, los castigos y las represalias. Es un terreno pantanoso, que amenaza con engullirme. -Stepanov hizo una pausa y luego añadió-: Creo que no estaré mucho tiempo por aquí.

Tatiana le cogió la mano. El gobernador militar, Martin y Penny la miraron boquiabiertos.

– ¿Dónde está el hombre que fue en busca de su hijo? -susurró Tatiana.

Stepanov agitó la cabeza, mirando fijamente las manos de Tatiana.

– ¿Dónde?

Stepanov alzó la vista.

– En Sachsenhausen, el campo especial número 7.

Tatiana le oprimió la mano y la soltó.

– Gracias, teniente general.

– ¿Qué ha dicho de Sachsenhausen? -preguntó Martin-. Está usted dejando cosas sin traducir. Tal vez deberíamos llamar a un intérprete.

– Ha dicho que es donde más se me necesita -dijo Tatiana, haciendo un esfuerzo para incorporarse del asiento. Tenía la boca seca y apenas se sostenía en pie-. Le agradecería que nos indicara cómo llegar a los campos, señor. ¿No tendría un mapa de la zona? ¿Podría enviar un telegrama anunciando nuestra visita? Nosotros telegrafíaremos a la Cruz Roja de Hamburgo para solicitar que envíen más convoyes a Berlín. Le prometo que repartiremos alimentos y medicinas en los campos rusos. No resolveremos la situación, pero podremos mejorarla un poco.

Se despidieron con un apretón de manos. Tatiana miró a Stepanov, que asintió moviendo la cabeza.

– No esperen mucho, los prisioneros rusos lo están pasando muy mal -dijo-. En los últimos meses han empezado a enviarlos a los presidios de Kolima. Es posible que lleguen demasiado tarde para servirles de ayuda.

Cuando salían del despacho, Tatiana se volvió y lanzó una última mirada a Stepanov, que volvía a sentarse muy erguido detrás del escritorio. Stepanov alzó la mano en su dirección.

– Corre usted peligro -le advirtió-. Está en la lista de enemigos de clase. Y yo también. Pero quien más peligro corre es él.

– ¿Qué ha dicho? -preguntó Martin en el corredor.

– Nada.

– ¡Esto es ridículo! -protestó Martin. Se volvió hacia Bishop y añadió-: Gobernador, es obvio que la enfermera Barrington nos está ocultando información importante.

– Creo que usted habla solamente un idioma, doctor Flanagan -dijo Bishop-. No sabe que cuando se traduce una conversación, se resumen los puntos esenciales.

– Eso es lo que he hecho -aseguró Tatiana.

Cuando salieron del edificio, tuvo que sentarse en un bloque de cemento que afeaba lo que antes había sido una preciosa fuente.

Bishop se le acercó y se inclinó para hablarle al oído:

– Cuando salíamos, he oído pronunciar la palabra «vrag», «enemigo». ¿Qué le ha dicho Stepanov?

Tatiana tuvo que tomar aire varias veces para poder hablar.

– Ha dicho que el ejército soviético considera a Estados Unidos su enemigo -explicó en voz baja-. No podemos hacer nada al respecto, pero no he querido traducirlo porque el doctor -señaló a Martin con la cabeza- es muy susceptible con estos temas.

– Entendido -dijo el gobernador, sonriendo. Le dio una palmada en el hombro y miró a Tatiana con expresión satisfecha-. Usted no lo es tanto, ¿verdad?

Tatiana se levantó y los dos volvieron junto a Martin y Penny.

– ¿Cree usted que deberíamos ir a Sachsenhausen, gobernador? -preguntó Martin.

– En mi opinión, doctor, no tienen más remedio. Para eso vinieron a Europa. Su enfermera ha conseguido que nos autoricen a entrar en los campos. ¿Cómo lo ha logrado, enfermera Barrington? Es un hito muy importante para la Cruz Roja. Voy a telefonear a Hamburgo inmediatamente para pedir que envíen cuarenta mil lotes más.

– Sí, Tania -dijo Penny-. Explícanos cómo te las has arreglado para cogerle la mano a un general soviético y convencerlo de que nos permita entrar en los campos sin que nos enviara a la policía secreta.

– Soy enfermera, le doy la mano a todo el mundo -dijo Tatiana.

– No debería mostrarse tan amistosa con los soviéticos -la censuró Martin-. Recuerde que la Cruz Roja es neutral.

– Neutral no significa indiferente, Martin -dijo Tatiana-. Y tampoco insolidario o frío. Neutral significa que no podemos tomar partido por ningún bando.

– Al menos en el ámbito profesional -precisó el gobernador-. Pero no olvide, enfermera Barrington, que los soviéticos son unos salvajes. ¿No sabe que tras la rendición alemana acordonaron durante ocho semanas la ciudad de Berlín? Ninguno de nuestros ejércitos estaba autorizado a entrar. ¿Qué cree que estaban haciendo mientras tanto?

– No quiero imaginarlo -dijo Tatiana.

– Violaban a mujeres jóvenes como usted, asesinaban a hombres jóvenes como el doctor Flanagan, saqueaban las pocas casas que quedaban en pie, arrasaban la ciudad… ¡Durante ocho semanas!

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