John Updike - El Centauro

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Centauro es un texto diáfano para el lector, sin zonas que para ser transitadas requieran de su complicidad, servido una vez más por la voluntad de estilo puntilloso que personaliza la prosa de Updike. Si los personajes casi nunca logran hacernos olvidar la firmeza y la elegancia formales que los especifican, es decir, la riqueza del verbo aplicado a sus vidas ficticias, se debe en gran medida a que expresamente son deudores de la leyenda mitológica que Updike quiso insertar en la historia contemporánea, con lo cual en su composición tiene más peso lo arquetípico que lo propiamente substantivo de las criaturas humanas susceptibles de desenvolverse libres de vínculos o afinidades prefijadas.
Por lo tanto, no alimento la menor duda acerca del valor de Centauro como una obra que al mismo tiempo que ejemplifica con fidelidad las maneras narrativas de John Updike -las virtudes y las servidumbres del Updike de la primera etapa-, se aparta un buen trecho del camino real que a lo largo de una cuarentena de títulos le llevarían a erigirse en el novelista por excelencia de la domesticidad norteamericana, el que con mayor profundidad ha analizado los conflictos y evolución de la pareja liberal, esto es, de la familia, y la transformación de sus esquemas sociales y morales al ritmo de los acontecimientos históricos que a su vez han modificado la sociedad desde el ya lejano mandato de Kennedy al de Bush.
Updike no ha vuelto a servirse de la mitología griega como soporte, quizá porque ha sido precisamente él, junto con Saul Bellow, quien de manera convincente ha creado una simbología no codificada del individuo moderno en una sociedad lastrada por la violencia, la dureza y el vacío espiritual, que lo perturba. En tanto que cronista veraz de esa confrontación trascendental, molesta e inquietante, John Updike es soberbio y, aunque sólo fuera por eso, habría que leer sus obras de ficción con interés y respeto.
De la Introducción de Robert Saladrigas

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Pero Hummel le sujetó.

– ¿Va bien el coche?

Hasta que fueron a vivir a quince kilómetros del pueblo, los Caldwell se las habían arreglado sin coche. En Olinger podían ir a todas partes andando, y para ir a Alton cogían el tranvía. Pero al comprar la casa del viejo Kramer, el coche se hizo imprescindible. Hummel les había conseguido un Buick del 36 por sólo 375 dólares.

– Maravilloso. Es un coche maravilloso. Me daría de bofetadas por haber roto la rejilla del radiador.

– Eso es fácil de soldar, George. Pero ¿el coche va bien?

– De ensueño. Te estoy muy agradecido, Al, no creas que no lo tengo en cuenta.

– El motor tiene que estar bien; el hombre ése nunca iba a más de sesenta por hora. Tenía una funeraria.

Hummel le había dicho aquello mismo mil veces. Aquel hecho parecía fascinarle.

– No tengo miedo -dijo Caldwell, suponiendo que para Hummel el coche estaba lleno de fantasmas.

De hecho, no era más que un sedán corriente, un cuatro puertas en el que no había espacio para transportar cadáveres. Aunque también era cierto que era el coche más negro que Caldwell había visto en su vida. A esos viejos Buick los pintaban con laca de verdad.

Su conversación con Hummel le estaba poniendo nervioso. En su cabeza un reloj hacía tictac; la escuela le llamaba con perentoriedad. Una música descoyuntada parecía dar tirones al agotado rostro de Hummel. Imágenes de junturas sueltas, hilos gastados, depósitos de carbón y metal golpeado dificultaban con sus telarañas la visión que Caldwell tenía de Hummel: ¿nos estamos separando? Una marcha se negaba a entrar en su mente, patinaba el engranaje: laca de verdad, laca, laca, laca .

– Al -protestó-, tengo que irme. ¿De verdad que no aceptarás nada?

– Ni una palabra más, George.

Así eran esos aristócratas de Olinger. No aceptaban dinero, pero su tono era siempre autoritario. Te forzaban a aceptar sus favores y aquello les convertía en dioses.

Se fue hacia la puerta, pero Hummel le siguió cojeando. Los tres Cíclopes parloteaban en voz tan alta que los dos se dieron la vuelta. Archy, que hacía brotar de su garganta un ruido que recordaba una carnicería de pájaros, señalaba el suelo. En el cemento manchado un zapato había dejado unas huellas húmedas. Caldwell examinó su pie herido; el zapato estaba empapado de sangre. Negro a la parda luz, rezumaba por encima del tacón.

– George, será mejor que te lo hagas curar -dijo Hummel.

– Iré a la hora de comer. Deja que continúe sangrando. -La idea del veneno le obsesionaba-. Que se limpie solo.

Abrió la puerta y quedaron encerrados dentro de una caja de aire frío. Al dar un paso hacia fuera, Caldwell cargó demasiado peso sobre el pie que sangraba y dio un salto, sorprendido.

– Díselo a Zimmerman -insistió Hummel.

– Lo haré.

– De verdad, George, díselo.

– No tiene remedio, Al. Los chicos de ahora no son como los de antes; Zimmerman quiere que se nos coman.

Hummel soltó un suspiro. Su mono de color pistola parecía deshinchado; una lluvia de limaduras de hierro cayó de su pelo.

– Son malos tiempos, George.

El largo rostro estirado de Caldwell hizo un raro gesto, como un pellizco; iba a hacer un chiste. No solía bromear:

– No es la Edad de Oro, indudablemente.

La actitud de Hummel era patética, decidió Caldwell al alejarse. Aquel diablo solitario no sabía callar, siempre tenía que seguir hablando. Ya no hacían falta mecánicos como él; todo se producía en serie. Desperdicios. Si se te gasta uno, cómprate otro. Zas. Bum. Rómpelos. Los únicos aprendices que ha podido encontrar para el taller son imbéciles con un solo ojo, y, mientras, su mujer se acuesta con medio pueblo, y se meten los de la Mobil y hasta se rumorea que también vendrá la Texaco, y Hummel está muerto; es deprimente. Mira que ocurrírsele oler la flecha para ver si había veneno, brr .

Pero mientras proseguía su cojeante caminar hacia el instituto, y el frío aplastaba su gastado traje marrón contra su piel, el corazón de Caldwell cambió de tono. En el garaje no hacía frío. Aquel viejo se había portado bien con él. Siempre se había portado así; Hummel era sobrino político del abuelo Kramer. Había sido el personaje más influyente de la junta del instituto cuando Caldwell consiguió su puesto, en los momentos en que más grave era la Depresión, cuando murieron todos los olivos y Ceres erraba por el país llorando la desaparición de su hija raptada. Donde caía una de sus lágrimas, no volvía a crecer la hierba. La guirnalda que llevaba se volvió venenosa, y ahora las plantas venenosas [1]florecían en todos los establos. Hasta entonces todos los elementos de la naturaleza habían tratado amablemente al hombre. Todas las bayas tenían un suave efecto afrodisíaco, y, cuando volvía de Pelión a medio galope, Caldwell había podido espiar muchas veces a la joven Cariclo, que estaba recogiendo berros.

Se acercó a la inmensa pared naranja. Bajaban planeando hasta él como copos de nieve los ruidos de las aulas. Metal golpeando un quebradizo cristal. Folos apareció en una ventana, con una pértiga en la mano, y puso cara de asombro al ver a su colega. Sus gafas rectangulares y pasadas de moda lanzaron un destello de sorpresa bajo el pulcro gorro de pelo peinado con raya en medio. En su juventud, Folos había sido un semiprofesional del béisbol y la persistente marca de la gorra seguía haciendo caer el cabello por encima de sus orejas, aunque su ancha frente era ahora un río de arrugas propias de la madurez. Caldwell saludó lacónicamente a su amigo con la mano, y exageró su cojera, como para explicar por qué había salido del instituto. Aunque se movía con la brusquedad de un juguete de diez centavos, en realidad apenas exageraba; el dolor que sentía en el tobillo seguía siendo bastante molesto después de las radiantes atenciones de Hummel. Cada dos pasos, el calor de la tierra trepaba más y más por la pierna en dirección a la rodilla. Caldwell alcanzó la puerta lateral y se agarró a la barra de latón. Antes de entrar aspiró profundamente el aire fresco y lanzó una mirada penetrante hacia arriba, como para responder a un grito. Más allá del borde de la pared anaranjada el adamantino cenit azul pronunciaba su incesante monosílabo: yo.

Una vez dentro del instituto, algo jadeante, hizo una pausa en el felpudo de goma del rellano. En la lustrosa pared amarilla seguía escrito JODER. Para evitar que Zimmerman pudiera oír desde su oficina del primer piso la trápala de sus cascos, Caldwell tomó el camino subterráneo. Bajó los escalones y dejó atrás el vestuario de los chicos, que tenía la puerta abierta. La ropa estaba esparcida desordenadamente y sobre ella holgazaneaban algunas nubes de vapor. Caldwell empujó la puerta de cristal reforzado y entró en el gran estudio del sótano. A todo lo ancho y largo de la sala los niños permanecían anormalmente quietos. Medusa, que era capaz de imponer una disciplina perfecta, estaba sentada en el pupitre principal; levantó la vista, y Caldwell, evitando mirarla a la cara, percibió los lápices amarillos que salían de su pelo revuelto. Con la cabeza alta, la mirada al frente y los labios apretados con gazmoñería, recorrió la sala junto a la pared que estaba a su derecha. Del otro lado de esta pared, que era donde se enseñaban las artes industriales, le llegaban los esforzados llantos, ¡ txz! aeiii , de la madera torturada; a su izquierda oyó el susurro de los niños que sonaba como el ruido de las piedras de una playa ante la amenazadora llegada de la marea. No volvió la cabeza hasta haber llegado a la puerta del otro extremo de la sala. Una vez allí se volvió para ver si había dejado huellas. Como temía, una pista de semicircunferencias rojas dejadas por su casco, marcaba su paso. Azorado, se pellizcó los labios; tendría que dar explicaciones a los bedeles y excusarse.

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