La expresión de Jean le Viste no se modificó, pero hizo un gesto de asentimiento y eso bastaba.
– ¿Sabes qué es lo que tiene que hacer ese unicornio?
– Sí, monseigneur, lo sé.
– De acuerdo, entonces. Díselo a Léon. Y preséntame los dibujos antes de Pascua -Jean le Viste se volvió para cruzar el patio. Le hice una reverencia cuando ya estaba de espaldas.
Convencerlo no me había costado tanto como temía. Estaba en lo cierto al deducir que Jean le Viste querría lo que pensaba que tenían todos los demás. Porque eso es lo que sucede con la nobleza que carece de la tradición de muchas generaciones: imita más que inventa. A Jean le Viste no se le ocurría que pudiera aumentar su prestigio encargando tapices de batallas cuando nadie más lo hacía. Pese a lo seguro de sí mismo que parecía, no estaba dispuesto a abrir caminos. Yo estaba a salvo mientras no descubriera que no existían otros tapices de unicornios. Tendría, por supuesto, que dibujar los mejores tapices posibles, tapices que hicieran que otras familias desearan otros parecidos y de los que Jean le Viste se sintiera orgulloso por haber sido el primero en encargarlos.
Aunque no quería complacerlo sólo a él, también pensaba en su mujer y en su hija. No estaba seguro de qué era lo que más me importaba, si el bello rostro de Claude o la tristeza del de Geneviéve. Tal vez hubiera sitio para ambos en el bosque del unicornio.
Aquella noche bebí en Le Coq d'Or para celebrar el encargo y después dormí mal. Soñé con unicornios y damas rodeados de flores, una muchacha que mascaba un clavo de olor, otra que contemplaba su reflejo en un pozo, una dama con joyas en la mano junto a un cofrecillo, una muchacha dando de comer a un halcón. Era una mezcolanza que no logré ordenar. Tampoco se trataba de una pesadilla, sino de añoranzas.
Cuando desperté a la mañana siguiente, tenía la cabeza clara y estaba listo para dar realidad a mis sueños.
Mamá le preguntó a papá por los tapices después de misa el domingo de Pascua y fue entonces cuando oí que el artista volvería. Regresábamos a casa por la rue du Four, y Jeanne y Geneviéve querían que corriera delante con ellas y saltara los charcos, pero me quedé atrás para escuchar. Es algo que sé hacer bien cuando se supone que no debería.
Mamá procura siempre no molestarlo, pero papá parecía estar de buen humor: ¡probablemente contento como yo de salir al sol después de una misa tan larga! Cuando mamá le preguntó, dijo que ya tenía los dibujos y que Nicolas des Innocents vendría pronto para hablar de ellos. Hasta ahora ha dicho muy poco sobre los tapices. Incluso dar una información mínima parecía irritarlo. Creo que lamenta convertir la batalla en unicornios; a papá le encantan las batallas y su Rey. Luego nos dejó de repente, con el pretexto de que tenla que hablar con el mayordomo. Béatrice y yo nos miramos y nos dio la risa, de manera que mamá nos miró ceñuda.
¡Menos mal que tengo a Béatrice! Me lo ha contado todo: el cambio de la batalla a los unicornios, su juego de palabras tan ingenioso sobre Viste y, lo mejor de todo, el nombre de Nicolas. Mamá nunca me hubiera dicho nada, y la puerta de su cuarto es demasiado gruesa; no oí lo que decían cuando estuvo allí con ella, excepto la risa de Béatrice. Por fortuna me cuenta cosas y pronto será mi dama de honor. A mamá no le hace falta y prefiere mi compañía: se divertirá mucho más.
Mamá está insoportable últimamente; sólo tiene ganas de rezar. Ahora insiste en ir a misa dos veces al día. En ocasiones tengo clases de baile durante tercia o sexta, pero me lleva a vísperas por la música, y me impaciento tanto que me dan ganas de gritar. Cuando me siento en Saint-Germain-des-Prés, los pies empiezan a movérseme y las mujeres de mi banco lo notan, pero no saben de dónde viene, a excepción de Béatrice, que me pone una mano en la pierna para calmarme. La primera vez que lo hizo di un salto y chillé, tanto me sorprendió. Mamá se inclinó hacia delante y me fulminó con la mirada. El sacerdote también se volvió. Tuve que meterme la manga en la boca para no reírme.
Ahora parece que irrito mucho a mamá, aunque no sé qué es lo que tanto la molesta. También ella me irrita a mí diciéndome que me río demasiado o que ando demasiado deprisa, o que mi vestido está sucio o que se me ha torcido el tocado. Me trata como a una niña pero, por otra parte, espera que sea una mujer. No me deja salir cuando quiero; dice que soy demasiado mayor para jugar en la feria de Saint-Germain-des-Prés durante el día y demasiado pequeña para ir allí de noche. No soy demasiado pequeña: otras chicas de catorce años van a la feria de noche para ver a los juglares. Muchas se han prometido ya. Cuando pregunto, mamá me dice que le falto al respeto y que debo esperar a que papá decida cuándo y con quién me tengo que casar. No puedo más de impaciencia. Si tengo que ser mujer, ¿dónde está mi hombre?
Ayer traté de escuchar la confesión de mamá en Saint-Germain-des-Prés para descubrir si tiene remordimientos por tratarme tan mal. Me escondí detrás de una columna cerca del banco donde se sienta con el sacerdote, pero bajaba tanto la voz que, a rastras, tuve que acercarme muchísimo. Todo lo que oí fue « Ça c 'est mon seul désir » antes de que uno de los curas me viera y me echase. « Mon seul désir », murmuré para mis adentros. Mi único deseo. La frase resulta tan mágica que me la he repetido durante todo el día.
Cuando tuve la seguridad de que Nicolas venía a casa, supe también que tenía que verlo. C 'est mon seul désir . ¡Ah! Ése es mi hombre. He pensado en él a todas horas de todos los días desde que lo conocí. Como es lógico no le he dicho nada a nadie, a excepción de Béatrice, quien, para mi sorpresa, no se ha mostrado muy amable con él. Es la única falta que le encuentro. Estaba describiendo sus ojos: cómo son tan marrones como castañas y tienen patas de gallo, de manera que parece un poco triste incluso cuando claramente no lo está.
– No es digno de ti -me interrumpió Béatrice-. Nada más que un artista y muy poco de fiar. Deberías pensar más bien en grandes señores.
– Si no fuese de fiar, mi padre nunca lo habría contratado -repliqué-. Tío Léon no lo habría permitido.
León no es de verdad mi tío, sino un mercader viejo que se ocupa de los asuntos de mi padre. Me trata como a una sobrina: hasta hace poco me acariciaba la barbilla y me traía dulces, pero ahora me dice que ande derecha y que me peine.
– Dime qué clase de marido quieres y veré si hay uno maduro en el mercado -le gusta decir.
¡Cómo se sorprendería si le describiera a Nicolas! No lo tiene en mucha estima, estoy segura; le oí hablar con papá, cuando trataba de desautorizar los unicornios de Nicolas, diciendo que no estarían bien para la Grande Salle. La puerta de papá no es tan gruesa, y si pego la oreja al ojo de la cerradura le oigo. Pero papá no cambiará otra vez de idea. Eso se lo podría haber dicho yo a Léon. Cambiar una vez ya era difícil, pero volver atrás sería impensable.
Cuando supe que Nicolas vendría a la rue du Four, busqué al mayordomo para saber exactamente en qué momento. Como de costumbre, estaba en los almacenes, contando cosas. Siempre le preocupa la posibilidad de que nos roben. Todavía puso más cara de horror que Béatrice cuando mencioné a Nicolas.
– No queréis tener nada que ver con esa persona, mademoiselle -dijo.
– Sólo he preguntado cuándo viene -sonreí con dulzura-. Si no me lo decís, tendré que ir a papá y contarle que no habéis querido serme útil.
El mayordomo torció el gesto.
– El jueves a la hora de sexta -murmuró-. Léon y él.
– Ya veis, no era tan difícil. Debéis decirme siempre lo que quiero saber y así estaré contenta.
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