Kate Morton - La Casa De Riverton

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Un suicidio inesperado marcará para siempre a los habitantes de Riverton Manor
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.

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– La clase media -coreó el señor Frederick, frunciendo levemente el ceño, como si por primera vez comprendiera que esa clase existía más allá de los tratados de teoría social.

– La clase media -repitió Simion-. Hasta ahora no ha sido explotada y sus filas se están engrosando. Si no encontramos el modo de llevarnos su dinero, ellos encontrarán el modo de llevarse el nuestro -afirmó y meneó la cabeza-. Como si los obreros no causaran suficientes problemas.

Frederick frunció el ceño, dubitativo.

– Sindicatos -gruñó Simion-. Asesinos de empresas. No descansarán hasta que se hayan apropiado de los medios de producción y nos dejen fuera de combate. Especialmente a las pequeñas empresas como la suya.

– Mi padre ha ilustrado muy vividamente la situación -comentó Teddy con sonrisa insegura.

– Es así como veo las cosas -aseguró Simion.

– ¿Y usted? -preguntó Frederick a Teddy-. ¿También ve una amenaza en los sindicatos?

– Creo que pueden adaptarse.

– Tonterías -opinó Simion, saboreando un sorbo de vino dulce-. Teddy es un moderado -señaló con desdén-. Estella y yo no logramos entender de quién ha podido heredar eso.

– Papá, por favor, soy un conservador.

– Con ideas utópicas.

– Simplemente propongo que escuchemos a las dos partes.

– A su debido tiempo comprenderá -declaró Simion meneando la cabeza-. Una vez que le muerdan la mano aquellos a los que ha alimentado como un tonto -aseguró. Luego se quitó las gafas y siguió con su lección-. Creo que no comprende cuan vulnerable sería, Frederick, si ocurriera algo imprevisto. El otro día conversaba con Ford, con Henry Ford… -En ese punto Simion hizo una pausa, ignoro si por motivos éticos o retóricos-. No debería divulgarlo -agregó, haciéndome una seña para que le acercara un cenicero-, tan sólo diré que en las actuales circunstancias debe orientar su empresa hacia la rentabilidad. Y cuanto antes. -El empresario parpadeó-. Sé lo que me va a decir. Que no quiere venderme un porcentaje mayor, pero si las cosas siguieran el rumbo que han tomado en Rusia, y hay ciertos indicios de que es posible, sólo un gran margen de ganancia puede protegerlo. -El señor Luxton tomó un cigarro de la caja de plata que le ofrecía el señor Hamilton-. Y usted debe estar protegido, ¿verdad? Usted y sus encantadoras hijas. ¿Quién si no cuidará de ellas? -preguntó, sonriendo a Hannah y Emmeline-. Por no mencionar esta gran mansión. ¿Desde cuándo dijo que pertenece a su familia? -inquirió como si la pregunta fuera resultado de una súbita curiosidad.

– No lo he dicho. -En la voz del señor Frederick se advirtió un matiz de recelo que trató de disipar rápidamente-. Trescientos años.

– Y bien -intervino Estella con voz arrulladora-. ¿Acaso eso no significa algo? Yo adoro la historia de Inglaterra. Las familias antiguas, como la suya, son fascinantes. Uno de mis pasatiempos favoritos es leer sobre ellas.

Fascinantes. Como una pintura, pensé. O un libro antiguo. Valiosas por su singularidad, pero sin utilidad real.

– Tal vez nosotras podríamos retirarnos al salón mientras los hombres siguen conversando de negocios -sugirió Estella-. Me encantaría escuchar la historia de los Ashbury.

Hannah fingió una expresión de amable aceptación, pero pude percibir su ansiedad. Estaba a merced del enemigo. Deseaba quedarse allí y oír más, pero sabía que su deber de anfitriona era retirarse con las damas al salón y esperar a los hombres.

– Sí, por supuesto -contestó-. Aunque me temo que no podremos contarle mucho más de lo que pueda encontrar en las genealogías que publica Debrett.

Los hombres se pusieron en pie. Simion tomó la mano de Hannah y Frederick ayudó a Estella. Simion recorrió el rostro y la joven figura de Hannah, sin poder ocultar su aprobación. Besó el dorso de su mano con los labios húmedos. Ella disimuló su disgusto. Luego siguió a Estella y Emmeline, que se dirigían a la puerta, y cuando estaba a punto de salir me miró de reojo. La fachada que había construido se desvaneció súbitamente cuando me sacó la lengua y puso los ojos en blanco antes de desaparecer hacia la sala.

Cuando los hombres volvieron a sentarse y reanudaron su conversación de negocios, el señor Hamilton apareció detrás de mí.

– Puedes irte, Grace -susurró-. Myra y yo terminaremos con esto. -Luego añadió mirándome-: Y busca a Alfred. No podemos permitir que uno de los invitados del amo se asome a la ventana y descubra a uno de los sirvientes paseando por el jardín.

Desde el rellano de piedra que conducía a la escalera trasera, escudriñé en la oscuridad. La luna bañaba de reflejos plateados la hierba, transformando los rosales silvestres de la pérgola en terroríficos esqueletos.

Los diseminados rosales, gloriosos durante el día, parecían un torpe grupo de ancianas huesudas y solitarias.

Por fin, en el último peldaño de la escalera distinguí una sombra que no era proyectada por ninguna de las plantas del jardín.

Me armé de valor y me deslicé en la oscuridad. A cada paso el aire se volvía más frío y desapacible. Llegué al último escalón y me detuve junto a él, pero Alfred no dio señal alguna de advertir mi presencia.

– Me envía el señor Hamilton -anuncié con cautela-. No pienses que te estoy siguiendo.

No obtuve respuesta.

– Y no me ignores. Si quieres que me vaya dímelo y lo haré.

Alfred siguió mirando los espigados árboles del Camino Largo.

– ¡Alfred! -Mi voz quebró el frío.

– Todos pensáis que soy el mismo Alfred que se fue de aquí -declaró suavemente-. Las personas parecen reconocerme, por lo que mi aspecto físico debe de ser casi el mismo. Pero en muchos otros aspectos soy diferente, Grace.

Sus palabras me desconcertaron. Me había preparado para otro ataque, para que volviera a pedirme que lo dejara en paz. Su voz se convirtió en un susurro y tuve que acercarme más para oírlo. Le temblaba el labio inferior; no supe precisar si a causa del frío.

– Los veo, Grace, durante el día no es tan grave, pero por la noche, los veo y los oigo. En el salón, en la cocina, en las calles del pueblo. Dicen mi nombre. Pero cuando me vuelvo para mirarlos… no están… todos están…

Habría deseado saber quiénes eran «ellos», pero no se me ocurrió cómo preguntarlo. Me senté. La gélida noche había transformado la piedra de los escalones en hielo. Bajo la falda y los calzones mis piernas se entumecieron.

– Hace mucho frío -indiqué-. Vamos adentro y te prepararé una taza de chocolate.

Él no dio señales de oírme y continuó mirando la oscuridad.

– ¿Alfred?

Rocé su mano con la yema de los dedos e impulsivamente los apoyé sobre los suyos.

– No. -Alfred retrocedió, sorprendido. Yo crucé las manos sobre el regazo. Mis mejillas ardían como si me hubiera abofeteado-. No lo hagas.

Alfred apretó los párpados. Yo observé su cara, preguntándome qué habían visto esos ojos cerrados para tener que ocultarse tan frenéticamente bajo los párpados blanqueados por la luna.

Entonces me miró y contuve el aliento. Tal vez fuera un efecto nocturno, pero sus ojos -pozos oscuros y profundos- me parecieron vacíos. Me miraba sin ver, como si buscara algo, tal vez la respuesta a una pregunta no formulada. Cuando habló su voz sonó suave.

– Pensaba que a mi regreso… -La frase inconclusa quedó flotando en la noche-. Tenía tantos deseos de verte… Los doctores dijeron que si me mantenía ocupado.

De su garganta salió un ruido seco, un chasquido. La coraza que protegía su cara se desmoronó, arrugándose como una bolsa de papel, y comenzó a llorar. Se cubrió la cara con ambas manos tratando inútilmente de ocultarse.

– No, no… No me mires, por favor, Grace, por favor… Soy un cobarde.

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