Carmen Posadas - Pequeñas infamias

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Pequeñas infamias es una novela sobre las casualidades de la vida. Sobre las que se descubren con sorpresa, sobre las que no llegan a descubrirse y sin embargo marcan nuestro destino, y sobre las que se descubren pero se mantienen en secreto, porque hay verdades que no deberían saberse nunca. Puede leerse, también, como una sátira de sociedad, como el retrato psicológico de una galería de personajes, o como un apasionante relato de intriga, cuyo misterio no se resuelve hasta las últimas páginas. En la casa de veraneo de un acaudalado coleccionista de arte se reúne un variopinto grupo de personas. Juntas pasan unas cuantas horas y, a pesar de las frases agradables y los comentarios corteses, la relación acabará envenenada por lo que no se dicen. Cada una de ellas esconde un secreto; cada una de ellas esconde una infamia. La realidad adquiere de pronto el carácter de un rompecabezas cuyas piezas se acercan y amenazan con acoplarse. El destino es caprichoso y se divierte creando extrañas coincidencias.

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Karel Pligh tenía por costumbre levantarse al amanecer, a pesar de que los horarios españoles, y en especial la hora de irse a la cama, le parecían obscenos (owsenos, solía pronunciar cuando se ponía nervioso, y entonces el acento checo lo traicionaba más de lo normal). «Es obsceno, Néstor, te lo aseguro -decía-; resulta pésimo acostarse tan tarde, no da tiempo a descansar.»Para alguien como Karel resultaba muy difícil cambiar las rutinas madrugadoras de tantos años, olvidar, por ejemplo, la disciplina aprendida en Moscú, donde había pasado parte de su infancia, primero en un campamento de pioneros y luego en el cuartel de Lefortovo, al sureste de la ciudad, formando parte de la gran familia militar, como tantos otros jóvenes de los países satélites con un talento especial para los deportes. Y en Lefortovo él era conocido como Karel 4563-C, una gran promesa en la modalidad de halterofilia, la futura estrella del Este, elegido por la fortuna (y también por el Comité de Hermandad Checo-Soviético Julio Fuchik) para brillar altísimo en los Juegos Olímpicos de Atlanta que habrían de celebrarse diez años más tarde, el mismo mes en el que él cumpliría los dieciocho años.

Sin embargo, muchas cosas no previstas iban a suceder antes de que llegara el ansiado mes de julio de 1996: la más importante fue la caída del muro de Berlín en el 89, un suceso histórico que, en un primer momento, impidió a Karel regresar a su país (al fin y al cabo, una inversión deportiva en un atleta siempre es una inversión, aunque se trate de un desinteresado intercambio entre dos pueblos hermanos como el checo y el soviético). Pero curiosamente, muy pocos meses más tarde, cuando los rusos comenzaron a tener prioridades más urgentes que ganar medallas olímpicas, estuvieron encantados con la idea de recortar gastos y, así, no sólo permitieron, sino que amablemente conminaron a Karel y a otros deportistas polacos, checos y rumanos a volver a sus países. Karel no tenía más que doce años cuando regresó a Praga a comienzos de los noventa, y por eso, una vez allí, le había resultado fácil reencaminar su vocación de levantador de pesas hacia otra más acorde con los tiempos que se avecinaban. «Culturista», así lo llamaban, al parecer, en la Europa occidental, y según contaban sus nuevos camaradas de la Sportovní Skola de Praga, en los países capitalistas había importantes concursos y premios a los bíceps más perfectos o a las pantorrillas de estatua griega. Y existía también la posibilidad de que su foto saliera en revistas especializadas, que pagaban muy decentemente, esplwéndidamente incluso, aunque, según decían sus amigos de la Sportovní Skola, aspirantes a culturistas como él, eran pocos los que lograban vivir de ello, y los que lo conseguían, vivían muy mal.

Pero aun así, pensaban todos aquellos muchachos soñadores, ¿qué puede haber más hermoso en este mundo que cultivar un cuerpo perfecto?

Para Karel sólo había otra cosa comparable: cultivar los mágicos sonidos de una garganta humana. Y también a eso iba a dedicar el joven Karlícek sus afanes adolescentes, antes de abandonar definitivamente su patria.

Todo comenzó durante un postrero y fraternal abrazo entre los pueblos de Checoslovaquia y Cuba (Anno Lenini 1990), cuando Karel fue invitado a competir por la medalla juvenil José Martí en la XX Edición de la Espartaqueada, una contienda deportiva de gran interés revolucionario que ese año se celebró en Camagüey. Y fue allí, entre los camaradas de la Tierra más Hermosa (o sea, Cuba), donde Karel sucumbió a los compases de la música latina, sones, cha-cha-chas, boleros y congas, a la tierna edad de catorce años. Hasta tal punto fue presa de su embrujo que, desde el mismo día de su regreso a la Sportovní Skola en Praga, su máxima aspiración ya no fue ser levantador de pesas, ni siquiera culturista, sino llegar a formar parte algún día de un magnífico conjunto de son cubano muy reputado en toda la Europa oriental que respondía (y aún responde) al nombre de Los Bongoseros de Bratislava.

Lamentablemente (el destino casi nunca es esclavo de nuestros deseos), la música debía esperar. Pasaron otros cuatro o cinco años; 1991, 1992, 1993, 1994,1995… Y, poco después, le llegó la oportunidad de emigrar a Occidente. Primero, a Alemania, un hábitat natural para todo checo; pero las cosas allí no eran fáciles. De modo que Karel voló un poco más al sur, a Francia (complicado también), y luego aún más al sur, hasta que cayó en España, donde no encontró trabajo como culturista, ni mucho menos como cantante de cha-cha-chas, por lo que tuvo que acomodarse a ser chico para todo y mensajero con moto en una empresa de camareros y cocineros de alquiler llamada La Morera y el Muérdago.

Sin embargo, ciertas fijaciones de la primera adolescencia jamás se olvidan. Y por eso es de reseñar que, aquella mañana, a muchos kilómetros de Bratislava, y aún más de Camagüey, Cuba, cuando Karel abandonó su habitación en casa de los Teldi para bajar a la cocina y abrir la cámara frigorífica en busca de un poco de helado Häagen Dazs con el que reponerse del madrugón intemperante, lo hizo todo al compás del conocido aire El son montuno.

El son se le congeló en los labios, pues dentro de la cámara estaba Néstor, con los ojos muy abiertos, mientras la mano izquierda parecía aún arañar la puerta. En la derecha sostenía un retazo de papel. Pero no fue esto lo que llamó la atención de Karel: había cosas mucho más urgentes que hacer, como comprobar si su amigo había fallecido o si existía alguna esperanza de reanimarlo.

Largos años de adiestramiento militar, el mismo que recibieron en la antigua Unión Soviética todos los deportistas de élite, son muy útiles en estas circunstancias. Cada alumno aprende cómo se ha de actuar ante los distintos tipos de accidente. En cuanto a los casos de congelación, por ejemplo, Karel Pligh sabía que a veces no se produce la muerte, sino una especie de letargo o hibernación del que es relativamente sencillo recuperar a un accidentado, y a ello dedicó sus afanes durante unos buenos diez minutos, después de arrastrar a Néstor fuera de la cámara. Primero bombeó el corazón con una presión de puños conocida como la maniobra Boris, luego ensayó el boca a boca, y no cejó hasta la undécima o duodécima tentativa de reanimación. Fue en ese momento cuando reparó en el pedazo de papel que Néstor llevaba en la mano derecha.

Si grande era la formación de Karel en materia de primeros auxilios, su cultura televisiva o cinematográfica, en cambio, era casi nula. De no ser así, habría sabido, como todo el mundo, que no hay que tocar nada en el lugar de un accidente: «… cuidado, amigo, deje las cosas como están hasta que llegue la policía…», «…atención, que todo, e incluso lo más insignificante, puede esconder un dato, una pista…». Éstas suelen ser las cautelas habituales. Para Karel, en cambio, una vez muerto Néstor, lo único urgente era alertar a los otros huéspedes de la casa. Por eso, sin darle mayor importancia, estiró distraídamente el trozo de papel que sobresalía del puño cerrado del cocinero. Estaba rasgado ahí donde los dedos se habían hecho fuertes y sólo mostraba jirones de una lista de postres de este modo:

especialmente delicioso de café capuchi

bien admite baño de mousse con frambue

lo cual evita que el merengu

no es lo mismo que chocolate heladc

sino limón frappé

Pobre Néstor, pobre, pobre amigo, pensó Karel, al que impresionaba comprobar cómo a la muerte le gusta irrumpir en la vida de los más abnegados cuando están en el ejercicio de su amada vocación. Hasta el último aliento, todo un chef -se dijo, mientras lo despojaba del papel-. Ya continuación, hizo otro tanto con el trapo de cocina que llevaba colgado de la cintura: pequeños detalles personales que la muerte convertía en más personales aún. Lo más respetuoso, pensó, era procurar que estos objetos también tuvieran un merecido descanso ahora que su dueño dormía el sueño eterno. Así, con gran cariño (y también con cierta dificultad), Karel Pligh logró doblar el congelado paño. En cuanto a la lista de postres que llevaba el difunto en la mano, consideró que lo correcto sería guardarla en un libro de cocina. Muy bien, allí sobre la encimera de mármol podía verse la Fisiología del gusto, de Brillat-Savarin, la biblia de Néstor Chaffino, que lo había acompañado a lo largo de treinta sólidos años de profesión. Karel introdujo el papel entre las páginas del Savarin, luego puso el trapo de cocina doblado sobre el libro y lo dejó todo en una ordenada pila. Sólo entonces Karel se acercó otra vez a la puerta de la cámara frigorífica.

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