– En fin, poco a poco iremos completando la lista. Matías dio la cara por su amigo. Se lo llevó primero a los soportales de la Rambla, deteniéndose en los escaparates y viendo al paso expresiones de asombro. Luego, a la Dehesa, cuyos árboles, por la proximidad de la primavera, empezaban a vestirse de gloria. Luego al barrio antiguo, pasando por delante de la jefatura de Policía, de la que antaño fue amo y señor! San Félix, la catedral, los baños árabes, el palacio episcopal… Matías iba comentándole: "Está en proyecto un paseo arqueológico… El obispo actual, que se llama Gregorio Lascasas, sufrió hace poco una angina de pecho y pidió ser oído en confesión…" Julio, de vez en cuando, le interrumpía. "Y la Andaluza? Está todavía por ahí?". "Pues claro. Y sigue abanicándose hasta en invierno". Iba acordándose de todo el mundo. Y Matías, a su lado, también. Hablaron del gigantón Teo, con su carro desbocado. Y de Porvenir, el gimnasta suicida. Y del Responsable y sus hijas y de su sobrino el Cojo…
"Teo y Porvenir están bajo tierra, ya lo sé. Pero los demás, por dónde andarán?". En las escalinatas de la catedral se acordaron de Cosme Vila, que quería incendiarla. "Cómo se las hubiera arreglado?". En las murallas se acordaron del coronel Martínez de Soria, padre de Marta. "Me hubiera gustado salvarle, pero no pudo ser". Bajaron hacia el barrio de Pedret, San Pedro de Galligans y la calle de la Barca. Ahí pensaron en César, pero ninguno lo nombró. Entraron en el bar Cocodrilo y se llevaron la gran sorpresa. El patrón les dijo: "Perdonen, pero en este momento me disponía a cerrar".
Julio comprendió. El patrón acababa de darle con la puerta en "las narices. Matías comentó: "Me lo temía. Todo el mundo está muerto de miedo". Nadie les saludaba al pasar, aun cuando Julio reconocía muchas caras.
Matías estaba desolado.
– Ya te lo advertiría Amparo. El ambiente es hostil… Todo el mundo teme comprometerse.
– Pero, Jaime…! Los hermanos Costa!
– Ésos más que nadie. Un resbalón y les pegan un palo.
Julio meditaba. Se ladeó el sombrero. Dónde sería bien recibido? Tal vez en la cárcel… Recalaron en el café Nacional, pese a no ser día ni hora de tertulia. Albricias! Ramón, el camarero, se acercó a Julio y le apretó con fuerzas las manos.
– Qué les sirvo?
– Dos cafés…
– Ah, don Julio! Qué tiempos aquellos… Me contará cosas de América, verdad?
* * *
Subieron al piso de la Rambla. Eloy estaba contentísimo con la pelota de rugby que trajo Julio.
– Se la he enseñado al mister y le ha gustado mucho.
– Quién es el mister?
– El entrenador del Gerona Club de Fútbol.
– Ah, claro!
Matías intervino.
– Eloy juega de delantero centro. Es una promesa.
– Una promesa? Pues a ver si la cumples, majo.
La caminata había sido de aupa y Carmen Elgazu les invitó a que descansaran.
– Una taza de chocolate? Es de estraperlo…
– No, gracias. Carmen. Acabamos de tomar café ahí enfrente, en el Nacional.
Ni una palabra sobre los chascos recibidos. Matías no quería que Carmen Elgazu se enterara. Y para evitar que Julio se pusiera de malhumor se acercó al teléfono y empezó a marcar números para concretar citas. El resultado fue estimulante. Estaba invitado a comer o cenar en casa de Ignacio y Ana María. En casa de Alfonso Reyes y su hijo, Félix, el de los pies planos. En casa de la Torre de Babel y Paz. Manolo y Ésther, que vivían en el piso que antaño ocuparan Julio y doña Amparo, no podían concretar fecha. "Esto, de entrada. Luego ya veremos. Pilar vendrá aquí con el niño, para que le conozcas. Ya sabes que se llama César. Lo que no sabes es que crece tanto que si sigue así pronto hará el servicio militar".
Julio suspiró. No estaba acostumbrado a ser rechazado. Al contrario. Lo mismo en París, que en Londres, que en Washington, se disputaban su compañía. Y he ahí que en Gerona cualquier mequetrefe se atrevía a darle la espalda.
En aquel momento se oyó en la cocina un plaf! estruendoso. Eloy fue el primero en llegar y gritó: "Tío Matías!". Éste y Julio acudieron en seguida y encontraron a Carmen Elgazu tendida en el suelo. No había perdido el sentido, pero estaba pálida, tenía un sudor frío y balbuceó:
– Azúcar, por favor… Y un poco de chocolate.
Coma diabético. Moncho se lo había advertido a ella y a Matías. La diabetes daba estas sorpresas. De pronto se producía un bajón de azúcar y el enfermo sentía sudores de muerte, una gran fatiga, mareo y un hambre atroz. Matías actuó con la rapidez del rayo. Trasladaron a Carmen Elgazu a la cama y en seguida le dieron a beber un vaso de azúcar mezclado con agua y una buena porción de chocolate. Entretanto, llamaron a Moncho. Cuando éste llegó, al cabo de un cuarto de hora, Carmen Elgazu ya se había recuperado. Incluso se había incorporado y estaba sentada en el balancín del comedor.
Moncho le tomó el pulso, la tensión, le miró el fondo de los ojos y diagnosticó: "La crisis ha pasado". No obstante, ello les serviría de aviso. Carmen Elgazu debía llevar siempre consigo azúcar. A lo mejor el coma no le repetía, a lo mejor sí. Ello era imprevisible.
– Supongo que ha guardado la dieta necesaria…
– Cómo! Ni mirarme los pasteles. Y todo sin azúcar. Ya estoy acostumbrada.
Moncho fue presentado a Julio García. Ignacio le había hablado mucho de él.
– Lamento conocerle en estas circunstancias.
– Ya tendremos ocasión.
Eloy lloriqueaba en un rincón. Él hubiera deseado que "tía Carmen" se quedara en la cama. Le pareció imprudente, casi temerario, que se fuera al balancín.
Moncho se marchó, ante el desespero de Eloy.
– Eloy, hijo, ya todo ha pasado. No lo ves? -y Carmen Elgazu se puso en pie.
– Sí, pero yo preferiría que Moncho estuviera en casa.
Matías le acarició la cabeza.
– Anda, tranquilízate… Y luego desafías a don Julio a un partido de futbolín…
La conversación se generalizó en torno al tema de las enfermedades. Matías tenía reuma y era hipertenso. Debía cuidarse. El último invierno, con la humedad de Gerona, lo pasó fatal. Carmen Elgazu, desde que le diagnosticaron la diabetes sufría trastornos visuales, pero no había perdido un ápice de su energía habitual. Daba gloria verla planchar y limpiar los cristales. Julio sólo había tenido, en Londres, un amago de angina de pecho, "lo mismo que el ilustrísimo señor obispo". Pero se había recuperado por completo. Amparo, una salud insultante, con sólo periódicos sofocos debidos a la edad.
– Y Pilar?
– Excepto el accidente del parto, perfecta.
– Ignacio?
– No lo viste? Hecho un atleta. Moncho lo vigila y le obliga a hacer excursiones y a esquiar.
– Mateo?
– La lesión de la cadera, nada más… -Matías añadió-: Se empeñó en ir a Rusia y se trajo como recuerdo un icono y una bala.
Hablaron de Rusia y de los Estados Unidos. Posiblemente fueran las dos potencias que habían ganado de verdad la guerra. "Aunque los Estados Unidos llevan la delantera. Su dios es el dólar y parece ser que es un dios que protege a quienes creen en él y le son fieles".
La velada terminó con el partido de futbolín de Eloy y Julio. Eloy le demostró que era algo más que una promesa. "Quiero llegar a ser internacional, como Pachín".
Al llegar por la noche al hotel Julio García se encontró con el anónimo: "Distinguido señor cabrón. Si no desapareces antes de una semana te levantaremos la tapa de los sesos. Recuerdos a tus hermanos de la logia Ovidio".
Subió a su habitación. Intentó sonreír, pero no pudo. Encendió únicamente la lámpara de la cabecera de la cama, se sentó en la butaca y nuevamente se puso a meditar. Procedió por eliminación. Mister John Stern le había dicho: "Desde el punto de vista oficial no tiene usted nada que temer. Ni le llamarán para declarar, ni le encerrarán en la cárcel, ni tomarán decisión alguna contra usted". Pero, claro, mister John Stern no conocía lo bastante el temperamento español y conocía mucho menos la actuación que él, Julio García, tuvo a lo largo de la preguerra y al comienzo de la guerra. Tampoco, como buen americano, le daba importancia al hecho de ser masón. A decir verdad, a Julio le hubiera extrañado que sus "adversarios", los fanáticos del Régimen, no dieran fe de vida. El propio Matías le había contado la paliza que recibió el librero Jaime y mil detalles de la represión. Seguro que el anónimo procedía de la Falange. Pero los máximos responsables de la Falange eran el gobernador, Mateo y Marta. El gobernador no querría de ningún modo enfrentarse con el cónsul y dedicarse a enviar papelitos. Y Mateo y Marta quedaban descartados, a menos que él no entendiera ni jota acerca del corazón humano.
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