Hija mía, no sé exactamente qué es lo que te preocupa. Bueno…, tengo una idea aproximada. Y, si bien en todas estas cosas tú eres quien más las sufre, esta ignorancia se le hace a tu padre insoportable. Porque, más que padecer por algo en particular, me siento atormentado por todo . No me atrevo a cerrar los ojos por temor a lo que pueda ver. Te suplico que me expliques qué es lo que sucedió realmente en la Casita Amarilla, querida. (¿Quién te sorprendió allí?) Y creo firmemente que tú misma te darás cuenta de que también es mejor para ti que yo lo sepa. Porque, aunque hubieras tenido algo así como un revolcón con cualquiera de esos apuestos chicos árabes…, ¿qué importaría eso?
Y todos esos buitres… Nuestra postura oficial es que los materiales son falsos. Tú y yo somos conscientes de que, al menos en parte, no son falsos. Mi confianza en eso es menor que la de Brendan. Sin embargo, no ha habido ningún desmentido, ni refutación de la falsedad, por más que esos materiales están presumiblemente en manos de nuestros enemigos. Esto ha sido una gran suerte (pues las cosas se han calmado un tanto). Brendan dice que su silencio refleja cierta incapacidad por su parte. Y hay otra posibilidad muy alentadora, que te comentaré en cuanto te decidas a hablarme.
Acabo de leer todo esto, y lo encuentro como el huevo del cura: «¡Bueno en según qué partes!»…, [22] por más que sea asqueroso en realidad. Trato de expresar el amor incondicional y la simpatía que siento por ti, pero veo que mis palabras suenan egoístas y pomposas. ¡Lo siento, hija…! Es mi triste modo de ser…
Cariño, hija, mi tesoro…, te lo suplico: pasemos esto juntos. Estoy deseando abrazarte y sentir físicamente la presión de tus hombros. Recuérdalo. Somos nosotros dos ahora.
5. 14 FEBRERO (1.10 P. M.): 101 HEAVY
Comandante John Macmanaman: ¿Cómo está nuestro mecánico de vuelo?
Primer oficial Nick Chopko: Se ha dormido.
Macmanaman: Reconozco que ha sido capaz de arreglar el ordenador. Yo lo habría apagado, y habría pasado a control manual… ¿Has visto esas tejas que utilizan en Inglaterra: láminas de pizarra gris?
Chopko: Afiladas como machetes.
Macmanaman: La vio venir… A Rennie le pareció que era un pájaro muerto… Pero giró hacia él. Derecha a su cabeza.
Chopko: ¡Joder!
Macmanaman: … Estaba escrito que Royce Traynor sólo volaría en CigAir cuando estuviera en el estado en que se encuentra hoy.
Chopko: Muerto.
Macmanaman: Muerto. Para él era como una misión. Rennie decía que no había nada -repito, nada- que le gustara tanto como decirle a alguien que apagara un cigarrillo. Era capaz de levantarse en mitad de la noche y llamar un taxi, si existía una buena posibilidad de poder decirle a alguien que apagara su cigarrillo. Y fíjate bien: Rennie estuvo fumando un paquete diario durante cuarenta y tres años, sin que él lo supiera. La hubiera matado. Seguro que la hubiera matado. Pienso que debía de ver algo en él, algo que la hacía sentirse apegada a él. ¿Por qué la gente no se suelta, Nick? ¿Por qué no abandonan a uno sin más?
Chopko: Yo tampoco lo sé.
Macmanaman: Una personalidad adictiva… No me gusta cómo están las cosas aquí. Hay demasiada claridad. No me gusta el aspecto físico de todo esto. La diferencia entre potencia máxima y entrar en pérdida es sólo de un par de nudos. Es como estar patinando sobre hielo negro. Pide permiso para subir a tres siete cero. Aguarda…, la cizalladura del viento: tengo la sensación de que se mueve detrás de nosotros. Es como… Oh, haz que se sienten todos, Nick. Y también las chicas, en cuanto hayan asegurado bien los carritos. Es la tercera vez que la siento llegar. Hay aire poco denso fuera, una turbulencia en aire claro. Esta vez la noto.
Cuatro minutos después, el vuelo 101 descendía mil metros a la velocidad de la gravedad: nueve con ocho metros por segundo cada segundo. El ataúd de Royce Traynor saltó desde el piso de la bodega 3 y golpeó su techo. Tras el golpe, se precipitó hacia abajo de nuevo. Fue a dar de canto contra uno de los bidones de material inflamable. Primero se produjo un fuerte escape de líquido denso rosado, al que siguió una salida continua y regular. Al cabo de veinticinco minutos, el ya dominante charco de líquido rosado comenzaría a despedir vapores.
Joseph Andrews estaba arriba, en su despacho. Dos planchas inclinadas de vidrio, formando un triángulo isósceles con el piso. Podías distinguir cada manchita de su piel, cada pelillo. Tenía en la mano un micrófono: abultado, con cable; el micrófono de un cantante melódico de antaño. El botón de pausa hacía un pequeño clic cada vez que lo soltaba o accionaba.
«[ Clic. ] Quiero contarle mi vida. De hombre a hombre. Y que me juzgue. Que seas usted quien me juzgue… [ Clic. ] … ¡Joder! ¿Por dónde iba…? Sigamos, pues. Adelante. [ Clic. ]
»Yo tenía tal fama de aguantar el dolor que, cuando el dentista de la cárcel se ofreció a ponerme una inyección anestésica, me sentí en la obligación de pegarle un puñetazo.
»Así que él tuvo que ir a ver a su dentista. Y después, claro, los guardias me encerraron en la celda de castigo. Lo normal. Pero seguí siendo el mismo. Cuando el dentista volvió [ clic ] con su jodida mandíbula en cabestrillo… [ Clic ] Bueno…, se vengaron. Yo estaba dentro de una camisa de fuerza, con la cabeza en un cepo, y me abrieron la boca con una hoja de sierra. Oh…, aquel dentista… Tuve un absceso y me dieron permiso para volver a visitarlo. ¡Santo cielo! Estaban vigilándome a ver si me estremecía. Pero no lo hice. [ Clic. ]
»[ Clic .] No hay forma de castigo aplicada en las prisiones de Su Majestad que yo no haya padecido. A pan y agua, privación de colchón, bloque de irreductibles… En la enfermería me han administrado medicinas para atontarme y purgarme. Te las echan en el café. Las primeras no son tan malas, sólo hacen que camines como si te fallaran las piernas… Pero los laxantes… Bueno, puedes matar a un hombre con ellos en una semana. He recibido azotes con el látigo y con la vara de fresno. Es una falacia eso de que yo silbara mientras me aplicaban el castigo. Pero al decimotercer golpe, yo solía emitir un simpático bostezo…, lo que hacía que al guardia le entraran prisas por darme los cinco golpes finales. Tratando de hacerme gritar, claro. Pero ni por ésas. La vara es lo peor. Es… atenta más contra la dignidad del hombre porque los golpes te los dan en el culo. Quiero decir que el látigo, cuando hiere, hiere la espalda de un hombre. Pero al que se le azota en el culo se le considera sólo un bebé.
»Éstos son sólo los castigos oficiales. Se han meado en mi té y defecado en mi rancho. Durante cinco semanas me han tenido en la celda atado a un tablón: otro atentado contra mis derechos. Pero ya te puedes quejar… Como cuando mi madre fue a verme a Durham -un viaje de dos días en aquellos tiempos- y se encontró con que una hora antes de su llegada ¡me habían trasladado a Strangeways! Así son de rastreros. Son hombres que viven para ver a otros hombres encerrados. Cuando te sueltan por algún tecnicismo, ves en ellos una risita de complicidad. Ves la mirada que descubre su rostro, y entonces sabes que volverás a verlos. Que sólo es cuestión de cuándo. Y de cuándo te atrapen, por supuesto. Es la realidad de la vida. [ Clic .]
»[ Clic .] Quiero contarle mi historia, de hombre a hombre. Correcta o no, júzguela usted mismo.
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