– ¿La felicidad? Qué es, sino recibir el veneno de la vida servido en una copa de oro -dijo el griego Lascaris, que se había convertido en apátrida tras la caída de Constantinopla y a quien había sido confiada la educación de los príncipes ducales.
– Sólo existe un bien que considero verdaderamente valioso e incluso insustituible, y es el tiempo. El que puede disponer de él a su antojo es dichoso, es rico. Yo, señores, pertenezco a los más pobres de entre los pobres.
Esta queja del consejero de Estado Della Teglia no reflejaba pesadumbre, sino satisfacción, amor propio y orgullo, pues desde hacía años el duque, que depositaba en él la máxima confianza, le enviaba a las grandes y pequeñas cortes de Italia con misiones políticas y en cuanto concluía una le esperaba la siguiente.
– La felicidad, la verdadera felicidad es crear obras que no desaparecen en un día, sino que perduran durante siglos -dijo con resignación el repostero de la corte.
– Entonces, la verdadera felicidad sólo se encontraría en el callejón de los caldereros -opinó el joven Guarniera, uno de los pajes de cámara del duque, aficionado a hacer los honores de las efímeras creaciones del repostero.
– Felicidad es poder vivir para la tarea que uno ha elegido en sus años jóvenes, y yo considero fútiles todas las demás dichas -declaró el caballerizo Cencio, que se encargaba de proveer de arreos y monturas a los caballos de las caballerizas ducales-. Por lo tanto me contaría, sin duda, entre los felices si de vez en cuando pudiese escuchar una simple palabra de reconocimiento por lo que hago. Pero ya se sabe que…
Se calló, y encogiéndose de hombros dejó que los demás dedujesen si dadas las circunstancias podía ser considerado feliz.
El poeta Bellincioli tomó la palabra.
– Tras muchos años de esfuerzos, he conseguido, como saben mis amigos, reunir una colección de libros raros e importantes y adquirir también un cierto número de cuadros escogidos, de los mejores maestros. Sin embargo, la posesión de estos tesoros no me ha convertido en un hombre feliz, sólo me ha dado la satisfacción de poderme decir que no he malgastado por completo mi vida. Y con eso tengo que contentarme. Pues a los espíritus pensantes no les ha sido concedido sentirse felices en este mundo.
Vio a Leonardo que se aproximaba al grupo, le saludó con la cabeza y, con la esperanza de que le oyese, prosiguió:
– También me aflige que desde hace años exista en mi colección un hueco; está reservado para el Tratado de la Pintura de messere Leonardo que este gran maestro comenzó hace ya bastante tiempo, pero… ¿quién puede decir cuándo lo terminará?
Leonardo, sumido en sus pensamientos, no vio el saludo ni oyó las palabras de Bellincioli.
– No se da cuenta que se habla de él -dijo el consejero de Estado Della Teglia-. No está con su mente en este mundo estrecho sino en las estrellas. Quizás se pregunta en este preciso instante cómo se mantiene la luna en su equilibrio.
– Muestra un semblante tan sombrío -dijo el chambelán Becchi que estaba al frente de la administración doméstica- que se diría que está pensando sobre la manera de representar la caída de Sodoma o la desesperación de los que no lograron escapar del diluvio.
– Se dice -retomó la palabra el joven oficial de la guardia del palacio- que ha inventado unos procedimientos sorprendentes con los que podría proporcionar, tanto a los sitiados como a los sitiadores de una fortaleza, una victoria rápida.
– No cabe duda de que está ocupado con pensamientos profundos -dijo el griego Lascaris-. Quizás medita sobre la manera de pesar en quilates el espíritu de Dios que contiene el universo.
– O se pregunta si en algún lugar del mundo existe un ser como él -opinó en tono burlón el consejero de Estado Tiraboschi.
– Todo el mundo sabe que no le amáis -dijo el poeta Bellincioli-. Os parece un hombre extraño. Pero quien le conoce, por poco que sea, no puede evitar quererle.
El consejero de Estado Tiraboschi esbozó con sus labios finos una sonrisa de superioridad y la conversación derivó hacia otros temas.
Messere Leonardo no había tenido ojos ni oídos para los cortesanos, pues mientras atravesaba la galería, sus pensamientos se hallaban realmente en el cielo, ocupados con esas aves que sin mover las alas, logran mantenerse en las alturas planeando a favor del viento, y ese misterio le llenaba de asombro y veneración desde hacía tiempo. Pero entonces la dama Lucrezia le sacó de su ensimismamiento dándole una palmadita en el hombro.
– Messere Leonardo, no podía desear nada mejor que encontrarme con vos -le dijo la amante del duque-, y si tenéis la bondad de escucharme…
– Señora, estoy a vuestra entera disposición -dijo Leonardo liberando del juego de sus pensamientos a las garzas que planeaban en las nubes.
– Me dicen -comenzó la bella Lucrezia Crivelli-, de todas partes me llega el rumor, que os interesáis por la arquitectura, la anatomía e incluso por el arte de la guerra, en lugar de centraros, como es el deseo de su excelencia en…
Leonardo no le dejó terminar.
– Es cierto -le aseguró-, con todo lo que habéis nombrado podría satisfacer a su alteza mejor que nadie. Y si el duque me hiciese la merced de recibirme, le revelaría algunos de los secretos que se refieren a la construcción de máquinas de guerra. Podría mostrarle dibujos de mis vehículos inexpugnables, que al penetrar en las filas enemigas siembran la muerte y la destrucción, y ni siquiera el mayor número de hombres armados podrá resistirles.
– ¡Os ruego que no me habléis de esos vehículos! -exclamó la dama Lucrezia-. ¿Es la idea del tumulto y del derramamiento de sangre lo que os aparta ya desde hace tanto tiempo del pacífico arte de pintar?
– Debo también -prosiguió Leonardo, apasionándose-, recordar a su alteza que el Adda necesita ser dotado de un nuevo cauce para que pueda transportar barcos, activar molinos, almazaras y otros ingenios, e irrigar campos, prados y jardines. He calculado en qué lugares deben construirse estanques y diques, esclusas y presas para regular el caudal de agua. Y esa obra mejorará el campo y reportará a su alteza unas rentas anuales de sesenta mil ducados-¿Arqueáis las cejas, noble dama, sacudís la cabeza? ¿Os parece exagerada la suma que he nombrado? ¿Pensáis que he cometido un error en mis cálculos?
– Habláis, messere Leonardo, de muchas cosas -dijo Lucrezia-. Pero evitáis tratar del asunto que le importa a su excelencia tanto como a mí. Me refiero al cuadro cuya realización os ha sido encomendada. Hablo de nuestro salvador y sus apóstoles. Me dicen que miráis vuestro pincel con recelo y que sólo lo cogéis con fastidio y desgana. Y de esto y no de almazaras ni de vehículos de guerra quisiera que hablaseis.
Messere Leonardo vio que no había conseguido eludir las preguntas que le resultaban enojosas sobre esa Cena. Sin embargo, no perdió el talante sosegado que le caracterizaba.
– Dejad que os diga, noble dama -explicó-, que todo mi ser está centrado en ese trabajo; y lo que la gente, con su escaso conocimiento de estos asuntos, os ha contado está tan alejado de la verdad como la oscuridad de la luz;. Y he rogado al venerable padre, le he rogado como se suplica a Cristo, que tenga paciencia y deje por fin de acusarme, atormentarme y apremiarme todos los días.
– Yo pensaba que os complacería llevar a término una obra tan piadosa. ¿O acaso os sentís tan debilitado y agotado por el trabajo que habéis dedicado a ese cuadro que…
– ¡Noble dama! -la interrumpió Leonardo-. Habéis de saber que una obra que me atrae, conmueve y acapara tan poderosamente no puede cansarme. Pues así me ha hecho la naturaleza.
– ¿Y por qué -preguntó la amante del duque- no procedéis con ese hombre viejo como procede un buen hijo con su padre? Pues obedeciéndole a él también obedecéis a su excelencia.
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