Vicente Blasco Ibáñez - La araña negra, t. 1

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La araña negra, t. 1: краткое содержание, описание и аннотация

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– En cuanto a ti, hija mía – continuó don Esteban con acento enternecido – , algún día te acordarás con pena de este infeliz que ahora te causa espanto. Tal vez dentro de algunos años, cuando te veas víctima de estas gentes que hoy te rodean, llames en tu auxilio a tu padre y éste no podrá acudir por haber muerto ya, o encontrarse lejos de la patria e imposibilitado de volver a ella.

Y el infortunado, al decir esto último, rompió a llorar, y como si no quisiera dar tal prueba de flaqueza ante sus enemigos, salió corriendo de la habitación, después de lanzar a su hija una postrera mirada de cariño.

Al pasar frente a la portería dió un rudo empujón al hermano Andrés, que quiso acercársele con su ademán obsequioso, y montando en el carruaje de alquiler que aguardaba a la puerta del colegio, gritó al cochero:

– ¡A la fonda!

Al apearse don Esteban y atravesar el patio del hotel oyó que le llamaban, y volviéndose, tropezó con Benito, su antiguo asistente, después ayuda de cámara, y en el momento, compañero de aventuras políticas.

– Arriba, en el cuarto, aguardan, don Esteban. Son varios correligionarios de esta ciudad que desean saber por usted la actitud que deben tomar.

– ¿Cómo han sabido que estamos aquí?

– No lo sé. ¡Qué diablos!, cree uno que no lo conocen, y donde menos lo espera… En fin, que esto nos demuestra la necesidad de marcharnos a Francia cuanto antes. Esta tarde, a las cuatro, sale vapor para Marsella.

– Arréglalo todo para embarcarnos a tal hora, y alejémonos pronto de aquí. Ahora vamos a ver qué quieren esos amigos, aunque yo no tengo hoy la cabeza para estas cosas.

Cuando don Esteban entró en su habitación levantáronse de sus asientos para saludarle respetuosamente tres hombres de rostro honrado y enérgico que por sus trajes demostraban pertenecer a esa clase de pequeños industriales que son el principal nervio del país y el primer elemento de toda revolución.

Venían a cambiar impresiones, a recibir órdenes, a ofrecer su vida y la de algunos centenares de amigos en defensa de la forma de gobierno que acababa de caer. Habían sabido por un compañero que reconoció a don Esteban al bajar del tren que el célebre agitador se hallaba en la ciudad y deseaban ponerse a sus órdenes si es que el antiguo revolucionario quería desenvainar la espada vengadora contra los pretorianos del 3 de enero.

Aquellos honrados patriotas demostraban en su palabra defectuosa, pero firme, una completa confianza. Aún no era tarde; la reacción había triunfado en Madrid, pero todavía podía desvanecer tal victoria una protesta armada en las provincias, y para ello nada mejor que iniciarla en una capital de importancia.

Don Esteban oía con agrado aquellas valientes proposiciones, y por única contestación decía con triste acento:

– No puede ser; es ya muy tarde. Juzgamos por nuestro entusiasmo al país y éste se halla frío e indiferente.

Cuando los revolucionarios agotaron todos sus argumentos para convencer a don Esteban, éste les dijo:

– Es inútil que ustedes insistan. Saben hace ya mucho tiempo que estoy dispuesto a todas horas a dar mi vida por las doctrinas que profeso; pero en esta circunstancia no me arriesgaré a nada porque conozco perfectamente la situación. Nuestra República ha caído en medio de la mayor indiferencia del país; triste es confesarlo, pero entre nosotros debemos guiarnos ante todo por la verdad. Nació cuando menos lo esperábamos, y más por las desavenencias de nuestros enemigos los progresistas que por nuestro propio esfuerzo; se implantó sin ser precedida de esas tremendas, pero saludables convulsiones revolucionarias, y ha sido semejante a esas criaturas exiguas y débiles que al venir al mundo no producen a sus madres los dolores de un laborioso parto, pero que en cambio carecen de vida y llevan en su sangre la más espantosa anemia. Creedme, ciudadanos, no nos empeñemos en dar vida a un feto abortado. La República vino cuando la nación estaba ya cansada por las repetidas e infructuosas agitaciones de los partidos, y lo que hoy desea el país es paz, y por esto se irá, indudablemente, con aquel que se la dé. ¿Quién sabe si, guiado por tal deseo, aceptará dentro de poco la restauración monárquica? Afortunadamente, el espíritu republicano y federal existe cada vez más arraigado en el pueblo español, y algún día fructificará dando resultados más firmes y duraderos. En resumen, amigos míos, guarden ustedes su energía sin límites para el porvenir, y no expongan en el presente, sin esperanza alguna, unas vidas que son preciosas y de las que necesita nuestro partido.

Los tres revolucionarios, si no convencidos, mostráronse anonadados por la certeza de tales observaciones, y se despidieron de don Esteban tristes por no poder realizar sus nobles deseos.

Algunas horas después don Esteban Alvarez y su fiel acompañante salían de la fonda en un carruaje cerrado, dirigiéndose al puerto donde se preparaba a levar anclas el vapor que semanalmente salía para Marsella.

III

– ¡Qué escándalo, padre mío!

Estas fueron las primeras palabras que, elevando los ojos al cielo y poniendo las manos juntas en dulce actitud, pronunció la directora del colegio apenas don Esteban salió de su despacho, y la niña fué internada nuevamente en el colegio.

– Efectivamente, reverenda madre – contestó el cura – ; ese hombre es un pecador empedernido que para atacar a los representantes de Dios no vacila en insultar al rey de cielos y tierra.

– Decir que Dios… Vamos, que el cielo me libre de repetir, ni aun de recordar tanta blasfemia.

– ¡Y atacar tan calumniosamente a nuestra Compañía!

– A la Compañía de Jesús, reverendo padre; a esa inmortal institución del más grande de los santos; del glorioso Loyola, que supo crear con su Orden la más firme columna del catolicismo y del Santo Padre.

– Es abominable. Ese infeliz tiene a Satanás en el cuerpo…

– Y a Voltaire en la lengua.

El reverendo padre acogió con una amable sonrisa este rasgo de erudición de la religiosa, y tras esto quedaron ambos silenciosos como pensando en un asunto importante, pero que ninguno de los dos quería ser el primero en exponer.

– Ese hombre – dijo por fin la superiora, no pudiendo resistir más tiempo el silencio – es un ser peligroso que algún día puede introducirse en la noble familia de Baselga, como ya lo hizo en otros tiempos, y matar la santa influencia que sobre ella ejerce la Compañía.

– Eso no puede ser, reverenda madre; don Esteban Alvarez no volverá nunca a España.

– Padre mío las amnistías políticas son frecuentes en este país, y aunque ahora se vea perseguido ese hereje, pronto podrá volver a España.

– Eso sucedería si nuestro hombre sólo fuera culpable de delitos políticos; pero ya arreglaremos las cosas de modo que aparezca complicado en delitos comunes para los que no haya indultos y que forzosamente conduzcan a un presidio. Esto le mantendrá alejado de España mientras viva.

– No es eso fácil, padre.

– ¡Santa mujer! Para la Compañía no hay nada difícil. Don Esteban Alvarez, meses antes de la caída de don Amadeo, mandó partidas republicanas en los montes de Cataluña, y ya sabemos que en España esa guerra irregular de guerrillas siempre es causa de atropellos, de los que bien pueden sacarse responsabilidades criminales para hacerlas caer sobre quien convenga. Nosotros tenemos en todas las esferas buenos amigos que nos sirven bien, y además, los sucesos políticos no pueden marchar mejor. Esto se va, reverenda madre, y pronto quedará desvanecido el andrajo de revolución que aun nos cubre. Dentro de poco, o triunfan los carlistas, cada vez más poderosos en el Norte, o surge victoriosa la restauración borbónica en la persona de don Alfonso. Nosotros jugamos en ambas partes, ayudamos a las dos causas, y resulte quienquiera victoriosa, los amos seremos siempre nosotros; ved pues, si podremos lograr que ese hombre peligroso no vuelva a España.

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