Array Array - Cuentos de mujeres infieles

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— Esas cosas se dicen para calentar el ambiente entre amigos —me dijo Tefes-. Pero no se hacen.

— ¿Y Nahuel? — pregunté.

— Bueno, vos sabes: Inés había venido a casa a estudiar unos nuevos mapas.

Tefes e Inés eran profesores de geografía, y los seis nos habíamos conocido en el profesorado. Mi esposa e Inés trabajaban en la misma escuela; Tefes, Diego y yo en otra. La esposa de Tefes enseñaba en el instituto de la Fuerza Aérea.

— Cuando la vi caer con Nahuel, pensé que no pasaba nada. Máxime, cómo se portó el pibe. Un quilombo bárbaro. No paraba de hacer lío. Nunca lo vi así.

— ¿Intuía algo? — pregunté.

— No sé. Pero eso pensé yo.

— ¿Y cómo los dejó tranquilos para que pudieran llegar tan lejos? Si estaba revoltoso…

— Eso fue lo peor.

— ¿Qué?

— El chico estaba más que revoltoso. Gritaba, se puso a llorar… Entonces Inés le dio un calmante.

— ¿Un calmante, al nene?

— Sí.

— ¿Estás seguro? ¿No habrá sido una aspirineta o algo así?

— Un calmante. Lo sé porque lo sacó de mi botiquín. Un valium, de los que toma Norma. — ¿Y vos la dejaste?

En silencio, Tefes me expresó con una mueca que, aunque ahora avergonzado, en aquel momento había estado dispuesto a todo con tal de acostarse con Inés.

— Y después lo hicieron–dije.

— Sí, pero ya no fue lo mismo. ¿Sabes cómo te sentís mientras pensás que hay un chico dopado en el comedor? Se lo llevó dormido.

— Bueno, Tefes, me tengo que ir.

— Pero para… si todavía no te conté nada.

— Ya me contaste todo–le dije-. Mal, pero me lo contaste.

— Es que no me das tiempo.

— Estoy envidioso. Prefiero irme.

— Che… — me dijo Tefes cuando yo ya me había levantado-. Que ni se te escape delante de tu jermu. — Tranquilo–respondí yéndome.

Al poco tiempo cené en la casa de Inés, lamentablemente en una cena intermatrimonial. Inés estaba despampanante. Llevaba el pelo recogido hacia arriba, y un vestido negro, como de piel de delfín, adherido a su cuerpo inquieto.

Podía asegurarse que Tefes había sido su primera relación extramatrimoníal, y había convocado a la ninfa agazapada entre los pliegues de su vida cotidiana. Mi esposa, Patricia, no podía terminar de esconder la sensación de escándalo que se le pintaba en la cara. Pero Diego no registraba el cambio. No descubría la mutación.

— Soy maestro–dijo Diego-. Y enseño ciencias. Pero no creo en la ciencia: hace cinco años que no pruebo ningún medicamento recetado por médicos.

— ¿Y para qué vas a verlos? — preguntó ingenuamente Patricia.

— Todavía no pude despegarme del todo de la institución médica–dijo Diego-. Pero la voy a ir dejando de a poco.

— Pero si todos nos volcáramos a la homeopatía–intercedí-, fatalmente terminaría convirtiéndose también en una institución. Con sus autoridades y su código de conducta.

— ¡Nunca! — exclamó Diego militante-. La homeopatía está basada en un concepto democrático: vos compartís el saber de la cura. El paciente es también médico.

— Me hace acordar a Paulo Freiré–dijo Patricia-. El educador es también el educando. Aprende del educando. Nunca pude comprender ese concepto. Si yo enseño matemáticas a un sexto grado, los chicos no saben una palabra del tema hasta fin de año. Realmente, lo máximo que llegué a aprender de mis alumnos es a esquivar las tizas.

Inés no hablaba. Parecía sumida en el recuerdo de su pecado. ¿O quizás en su interior se refocilaba una y otra vez en la cama de Tefes, con su hijo dormido en el living? ¿O planeaba nuevas aventuras, en las que mi protagonismo no era imposible?

— Uno aprende mucho de su alumno —dijo Diego—. Mucho más que él de vos.

— Pero si vos aprendes mucho más de tu alumno que él de vos–dije-, entonces él es el maestro, y vos, el alumno.

— Posiblemente–aceptó, un poco confundido, Diego.

— Y si él es el maestro y vos el alumno, continúa existiendo una relación vertical. Diego Larraquí permaneció unos segundos confundido.

— Pero la institución… — comenzó a decir. Se interrumpió y recapituló-: Mira el caso de Nahuel… — No–habló por primera vez con decisión en la noche Inés. — ¿No qué, mi amor? — preguntó Diego.

— No involucres a Nahuel en tus teorías. No lo pongas de ejemplo.

— ¿Dónde está? —pregunté.

— Durmiendo —me dijo Inés.

— ¿Puedo verlo?

— En su pieza–aceptó Diego.

Entré sigilosamente en la pieza de Nahuel. A la veintena de dinosaurios crucificados con chinches en la pared más larga, se había sumado la foto de la última película de marcianos. Dormía con la luz encendida. Del techo colgaba el

muñeco de otro marciano, de la misma película, con un arma colgada del hombro. Sobre la cabecera de la cama, la foto enmarcada de Nahuel bebé y su abuelo, el padre de Inés, a quien yo no había llegado a conocer. La respiración del niño ei3i más que recular. Si el sueño fuera un estanque, podía decirse que Nahuel estaba hundido, con una piedra a los píes, en lo más profundo. Sospeché que el calmante narrado por Tefes, en su casa, no había sido el primero ni el último.

Y con una concepción mágica infantil, supuse que si Inés había narcotizado al chico para acostarse con Tefes; el verlo así dormido me acercaba un tranco más a ser el próximo agraciado.

— Diego es un imbécil–me dijo Patricia-. E Inés no abrió la boca en toda la noche.

No contesté. Quería meterme en la cama y dormirme pensando en Inés.

— Lo que abrió es el escote–dijo Patricia-. Parecía una puta. ¿No se estarán volviendo locos?

— Siempre fueron los más normales–dije—. Es el más rápido camino hacia la locura.

Patricia rió y se me ofreció. Apagué la luz y pensé en Inés; luego dormí.

A la madrugada, me despertó Patricia. Inmediatamente pensé en Nahuel: en la tranquilidad con que dormía y en lo ligero que es el sueño de los adultos. Nunca volvemos a dormir así: nos cuesta conciliar el sueño y lo perdemos con facilidad. Sin embargo, recordé, Nahuel dormía bajo el efecto de un narcótico.

— Che… — me dijo Patricia-. ¿No te habrá querido levantar, Inés?

— Cuando nos conocimos–respondí, porque ya estaba preparado-, todas ustedes eran chicas excitantes; vos sos la única que lo sigue siendo. Pero si no ocurrió nada entonces, ¿por qué ocurriría ahora, cuando deberían comenzar a gustarme las chicas en lugar de las señoras?

— Cuando conocimos a Inés, estaba embarazada–dijo Patricia-. Y te puedo hacer una estadística de que el primer año posterior al parto debe ser el de menor índice de infidelidad entre las mujeres.

— Bueno, me quedaban cuatro años para encontrarme con una Inés joven y despampanante. Te puedo jurar que no me la encontré.

— ¿Cuántos años pensás que tiene Inés?

— Sé que tiene cuarenta.

— No importa–siguió Patricia-. Cuando estas señoras se vuelven putas, son más peligrosas que las quinceañeras.

— Pensé que era tu amiga–le dije.

— Ya no lo sé–siguió Patricia-. Me molestó mucho lo de hoy.

Cerré los ojos e insulté a Inés. ¿Qué necesidad tenía de vestirse así? Insulté también a Diego: ¿por qué se lo permitió?

La cena había sido el miércoles, y el domingo me llamó Tefes. Quería ir a jugar al paddie de a dos, un sinsentido al que nos habíamos acostumbrado. Le dije que sí. En el vestuario regresó al tema.

— Fue todo muy normal–me dijo.

— No le supiste sacar el jugo–dije groseramente.

— Qué sé yo. Tampoco es nada del otro mundo.

— No la viste el miércoles–dije-. Era algo de otro mundo.

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