Array Array - Cuentos de mujeres infieles
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En el camino no pensé más que en aquella época. Volví a ver todo claramente. La casa acogedora en la que viví y el jardín con sillas y mesas laqueadas de verde, la pequeña ciudad con sus calles tranquilas y blancas, las colinas que desaparecían en la niebla a la distancia, y más arriba un trozo de cielo azul pálido, tan propio del lugar como si no hubiera en el mundo otro tan pálido y tan azul. También volví a ver a la gente, a mis compañeros de escuela, a mis profesores, incluso al marido de Friederike. No lo vi como en aquel momento final, sino con su rostro suave, algo cansado, cuando salía a caminar rumbo a la escuela y nos saludaba afectuosamente, o cuando se sentaba a la mesa en silencio, entre Friederike y yo. Lo recordé como solía verlo desde mi ventana: sentado a la mesa del jardín, corrigiendo nuestros trabajos escolares. Friederike le llevaba café al jardín y se volvía sonriendo a mi ventana, con una mirada que sólo entendería… hasta aquel momento final. Ahora sé que he recordado todo esto frecuentemente, pero no como algo vivo sino como un cuadro que cuelga quieto y pacífico en la pared de la casa.
Hoy estuvimos sentados en la playa, hablando como si no nos conociéramos. El niño jugaba con piedras y arena a nuestros pies. No es que algo pesara sobre nosotros: conversamos del tiempo, de la región, de la gente, también de música y de algunos libros recientes, como personas que no se interesan la una por la otra y que sólo han sido reunidos por azares de la vida en el balneario. No era en modo alguno desagradable estar a su lado, pero cuando se levantó para irse sentí algo insoportable. Hubiera querido decirle: «al menos déjame algo», pero no me habría entendido. Y si lo pienso bien, ¿qué otra cosa podía esperar yo? El hecho de que me haya saludado tan afectuosamente en el primer encuentro se debió por lo visto a la sorpresa y quizá también al gusto de encontrar a un conocido en un sitio extraño. Ahora, en cambio, ya ha tenido tiempo de recordarlo todo igual que yo, aquello que deseó olvidar para siempre ha reaparecido con toda intensidad. No puedo juzgar lo que tuvo que sufrir por mi culpa, y lo que tal vez aún tiene que sufrir. Que se quedó con él se ve a las claras; el niño de cuatro años es una prueba evidente de la reconciliación, aunque uno se puede reconciliar sin perdonar, y se puede perdonar sin olvidar. Debería irme, sería mejor para los dos.
Aquel año se alza frente a mí con una extraña y dolorosa belleza y lo vivo de nueva cuenta. Los detalles vuelven a mí. Recuerdo la mañana de otoño en que llegué acompañado de mi padre a la pequeña ciudad donde debía estudiar el último año de bachillerato; vuelvo a ver nítidamente el edificio de la escuela en medio de un parque de árboles inmensos; recuerdo mi trabajo tranquilo en el cuarto agradable y espacioso, los paseos por la carretera con los compañeros, hasta llegar al siguiente pueblo, y estas pequeñeces me afectan tan profundamente como si encerraran el significado de mi juventud. Es probable que todos esos días hubieran quedado en las profundas sombras del olvido de no ser por el misterioso resplandor de aquel momento final. Y lo más curioso es que desde que Friederike está cerca de mí aquellos días parecen más cercanos que los de mayo pasado, cuando amé a la señorita que se casó en junio con el relojero.
Al asomarme a la ventana hoy temprano vi a Friederike en la terraza de allá abajo, sentada a la mesa con el niño. Eran los primeros huéspedes en desayunar. Su mesa quedaba justo bajo mi ventana. Le grité los buenos días. Ella alzó la mirada.
— ¿Despierto tan temprano? — dijo-. ¿No se nos une?
Al minuto siguiente estaba sentado a la mesa. Era una mañana admirable, fresca y asoleada. Hablamos de cosas tan intrascendentes como durante la vez pasada y sin embargo todo fue distinto. Detrás de nuestras palabras relumbraba el recuerdo. Fuimos al bosque. Entonces empezó a hablar de sí misma y de su casa. — Todo sigue igual en casa–dijo-. El jardín está má s hermoso. Desde que tenernos al niño mi marido se ocupa del jardín con mucha dedicación, el año entrante incluso pondremos un invernadero.
Siguió hablando:
— Desde hace años tenemos teatro, se actúa todo el invierno hasta el domingo de ramos. Voy dos, tres veces por semana, casi siempre con mi madre que es muy aficionada.
— ¡Yo también teatro! — gritó el pequeño, a quien Friederike llevaba de la mano.
— Claro que sí. Los domingos en la tarde–y se volvió hacia mí, explicativa-: a veces interpretan piezas infantiles y voy con el niño; eso también me gusta mucho.
Tuve que contarle algo de mí. Preguntó por mi profesión y demás asuntos serios, pero más bien le interesaba saber en qué ocupaba mi tiempo libre y le dio gusto enterarse de las diversiones de la gran ciudad.
La conversación se fue animando. No hubo una sola mención a aquel recuerdo común, que seguramente estaba tan presente para ella como para mí. Paseamos durante horas y casi me sentí feliz. A veces el pequeño caminaba entre nosotros y entonces nuestras manos se encontraban en sus hueles, pero fingíamos no darnos cuenta y seguíamos hablando como si nada.
Cuando estuve solo otra vez el buen humor se fue de repente. De nuevo sentí que no sabía nada de Friederike. Era increíble que esta incenidumbre no me hubiera molestado durante nuestro diálogo. Era extraño que, Friederike no sintiera necesidad de hablar al respecto, pues aun aceptando que entre ella y su marido no se pensara más en el asunto, era imposible que ella lo hubiera olvidado. Algo decisivo debía haber sucedido después de mi despedida. ¿Cómo no había hablado de ello? ¿Esperaba tal vez que yo empezara? ¿Qué me impidió hacerlo? ¿La misma reserva que acalló sus preguntas? ¿Nos da miedo tocar el tema? Es muy posible. Sin embargo, tendrá que ocurrir, pues hasta entonces habrá un obstáculo entre nosotros, y nada me duele tanto como saber que algo nos separa.
En la tarde vagué por los caminos del bosque que recorrí con ella. Anhelaba algo que en realidad nunca había dejado de querer. Después de buscarla infructuosamente en todas partes, pasé por su casa. Estaba en la ventana. Le grité como ella lo hizo hoy en la mañana:
— ¿No viene usted?
— Estoy cansada. Buenas noches–dijo con frialdad, según me pareció, y cerró la ventana.
Friederike se me presenta en el recuerdo en dos formas distintas. Casi siempre veo a una mujer pálida y dulce en un blanco vestido de mañana, sentada en el Jardín, y que para mí es como una madre que me acaricia las mejillas. De haberla vuelto a encontrar así, con toda seguridad continuaría pasando las tardes en calma, tendido bajo las frondosas hayas como en los primeros días de mi estancia.
Pero también se me presenta totalmente distinta, como sólo la vi en una ocasión, en la última hora que pasé en la pequeña ciudad.
Fue el día en que recibí mi certificado de bachillerato. Comí al mediodía con el profesor y su mujer, igual que siempre, y como no deseaba ir acompañado a la estación nos despedimos al levantarnos de la mesa. No sentí emoción alguna; sólo al sentarme en la cama en mi cuarto desnudo, el equipaje a mis pies y la ventana muy abierta sobre el suave follaje del jardín, hacía las nubes blancas que reposaban en las colinas, el dolor de la despedida se apoderó de mí con facilidad, casi agradablemente. De pronto se abrió la puerta. Friederike entró. Me levanté de prisa. Se acercó, se recargó en la mesa y me vio con seriedad. Dijo muy quedo:
— ¿Así es que te vas hoy?
Asentí y por primera vez supe lo triste que era tener que partir. Me miró un rato, en silencio. Después alzó la cabeza y se acercó más a mí. Tocó mi pelo con suavidad, como ya lo había hecho muchas veces, pero en ese momento supe que se trataba de algo distinto. Luego sus manos se deslizaron lentamente por mis mejillas y su mirada me recorrió con una ternura infinita. Agitó la cabeza, atormentada, como si no entendiera algo.
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