Array Array - Cuentos de mujeres infieles
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Repetí lo que le había dicho a Lemos pero en vez de escuchar las grabaciones en otro cuarto traje el tocadiscos al salón y le pedí a Luciana que se quedara un rato conmigo, yo mismo preparé el té y arreglé las luces para que estuviera cómoda.
Por qué cambias de lugar esa lámpara, dijo Luciana, queda bien ahí. Quedaba bien como objeto pero echaba una luz cruda y caliente sobre el sofá donde se sentaba Luciana, era mejor que sólo le llegara la penumbra de la tarde desde la ventana, una luz un poco cenicienta qu e se envolvía en su pelo, en sus manos ocupándose del té. Me mimas demasiado, dijo Luciana, todo para mí y vos ahí en un rincón sin siquiera sentarte.
Desde luego puse solamente algunos pasajes de Rosas, el tiempo de dos tazas de té» de un cigarrillo. Me hacía bien mirar a Luciana atenta al drama, alzando a veces la cabeza cuando reconocía mi voz y sonriéndome como si no le importara saber que el miserable cuñado de la pobre Carmencita comenzaba sus intrigas para quedarse con la fortuna de los Pardo, y que la siniestra tarea continuaría a lo largo de tantos episodios hasta el inevitable triunfo del amor y la justicia según Lemos. En mi rincón (había aceptado una taza de té a su lado pero después había vuelto al fondo del salón como si desde ahí se escuchara mejor) me sentía bien, reencontraba por un momento algo que me había estado faltando; hubiera querido que todo eso se prolongara, que la luz del anochecer siguiera pareciéndose a la de la galería cubierta. No podía ser, claro, y corté el tocadiscos y salimos juntos al balcón después que Luciana hubo devuelto la lámpara a su sitio porque realmente quedaba mal allí donde yo la había corrido. ¿Te sirvió de algo escucharte?, me preguntó acariciándome una mano. Sí, de mucho, hablé de problemas de respiración, de vocales, cualquier cosa que ella aceptaba con respeto; lo único que no le dije fue que en ese momento perfecto sólo había faltado el sillón de mimbre y quizá también que ella hubiera estado triste, como alguien que mira el vacío antes de continuar el párrafo de una carta.
Estábamos llegando al final de Sangre en las espigas, tres semanas más y me darían vacaciones. Al volver de la radio encontraba a Luciana leyendo o jugando con la gata en el sillón que le había regalado para su cumpleaños junto con la mesa de mimbre que hacía juego. No tiene nada que ver con este ambiente, había dicho Luciana entre divertida y perpleja, pero si a vos te gustan a mí también, es un lindo juego y tan cómodo. Vas a estar mejor en él si tenes que escribir cartas, le dije. Sí, admitió Luciana, justamente estoy en deuda con tía Poli, pobrecita. Como por la tarde tenía poca luz en el sillón (no creo que se hubiera dado cuenta de que yo había cambiado la bombilla de la lámpara) acabó por poner la mesita y el sillón cerca de la ventana para tejer o mirar las revistas, y tal vez fue en esos días de otoño, o un poco después, que una tarde me quedé mucho tiempo a su lado, la besé largamente y le dije que nunca la había querido tanto como en ese momento, tal como la estaba viendo, como hubiera querido verla
siempre. Ella no dijo nada, sus manos andaban por mi pelo despeinándome, su cabeza se volcó sobre mi hombro y se estuvo quieta, como ausente.
¿Por qué esperar otra cosa de Luciana, así al filo del atardecer? Ella era como los sobres lila, como las simples, casi tímidas frases de sus cartas. A partir de ahora me costaría imaginar que la había conocido en una confitería, que su pelo negro suelto había ondulado como un látigo en el momento de saludarme, de vencer la primera confusión del encuentro. En la memoria de mi amor estaba la galería cubierta, la silueta en un sillón de mimbre distanciándola de la imagen más alta y vital que de mañana andaba por la casa o jugaba con la gata, esa imagen que al atardecer entraría una y otra vez en lo que yo había querido, en lo que me hacía amarla tanto.
Decírselo, quizá. No tuve tiempo, pienso que vacilé porque prefería guardarla así, la plenitud era tan grande que no quería pensar en su vago silencio, en una distracción que no le había conocido antes, en una manera de mirarme por momentos como si buscara, algo, un aletazo de mirada devuelta enseguida a lo inmediato, a la gata o a un libro. También eso entraba en mi manera de preferirla, era el clima melancólico de la galería cubierta, de los sobres lila. Sé que en algún despertar en la alta noche, mirándola dormir contra mí, sentí que había llegado el tiempo de decírselo, de volverla definitivamente mía por una aceptación total de mí lenta telaraña enamorada. No lo hice porque Luciana dormía, porque Luciana estaba despierta, porque ese martes íbamos al cine, porque estábamos buscando un auto para las vacaciones, porque la vida venía a grandes pantallazos antes y después de los atardeceres en que la luz cenicienta parecía condensar su perfección en la pausa del sillón de mimbre. Que me hablara tan poco ahora, que a veces volviera a mirarme como buscando alguna cosa perdida, retardaban en mí la oscura necesidad de confiarle la verdad, de explicarle por fin el pelo castaño, la luz de la galería. No tuve tiempo, un azar de horarios cambiados me llevó al centro un fin de mañana, la vi salir de un hotel, no la reconocí al reconocerla, no comprendí al comprender que salía apretando el brazo de un hombre más alto que yo, un hombre que se inclinaba un poco para besarla en la oreja, para frotar su pelo crespo contra el pelo castaño de Luciana.
La mujer de Bath
GEOFFREY CHAUCER
Prólogo del cuento de la mujer de Bath
Aunque ninguna autoridad hubiera en este mundo, sériame muy suficiente la experiencia para hablar de las miserias que encierra el matrimonio. Porque, señores, desde que cumplí doce años de edad (gracias sean dadas a Dios, que es eterno), he llevado cinco maridos al porche de la iglesia, pues yo me he casado muchas veces; y todos fueron hombres dignos en su clase. Mas a mí me han dicho, ciertamente, no hace mucho tiempo, que puesto que Cristo no fue jamás sino una vez a las bodas de Cana, de Galilea, por ese mismo ejemplo Él me enseña que yo no debía de haberme casado sino una sola. Escuchad y ved también, a este propósito, las severas palabras que Jesús, Dios y hombre, pronunció junto a un pozo, reprendiendo a la Samaritana: «Tú has tenido cinco maridos, y el hombre que ahora te posee no es tu marido», dijo Él en verdad. Lo que quiso significar con eso yo no sé manifestarlo; mas pregunto: ¿por qué el quinto hombre no era marido para la Samaritana? ¿Cuántos podía ella tener en matrimonio? A mi edad todavía no he oído jamás interpretación clara acerca de este número, pudiéndose conjeturar y explicar de uno y otro modo. Lo que yo sé con toda exactitud y sin mentir es que Dios nos mandó crecer y multiplicarnos; ese texto excelente lo comprendo a maravilla. Bien sé yo también que Él dice que mi marido dejará a su padre y a su madre para tomarme; pero no hace mención de número alguno, ni de bigamia u octogamia. ¿Por qué censurarlo?
Ved al rey sabio, don Salomón. Me parece que él tuvo más de una mujer. ¡Así quisiera Dios me fuese permitido recrearme la mitad de veces que él! ¡Qué don recibió de Dios mediante todas tus mujeres! Ningún ser de este mundo lo alcanzó. A mi juicio, este noble rey sabe Dios cuántos alegres accesos tuvo la primera noche con cada una de ellas: ¡tan bien le fue en vida! ¡Bendito sea Dios, que yo me he casado con cinco! A los cuales he saqueado lo mejor de su bolsa y de su arca. Diversas escuelas producen sabios perfectos, y varias prácticas en muchos trabajos diferentes hacen, en verdad, perfecto al artífice. Yo soy estudiante de cinco maridos.
Bienvenido el sexto cuando quiera que haya de venir. Porque, realmente, yo no deseo mantenerme casta del todo; luego que mi marido salga de este mundo, algún cristiano tiene que desposarme enseguida, pues el Apóstol dice que entonces estoy libre para casarme, en nombre de Dios, como me plazca. El asegura que casarse no es pecado, y que mejor es casarse que quemarse. ¿Qué cuidado se me da, aunque la gente hable mal del perverso Lamech y de su bigamia? De sobra sé yo que Abraham fue un santo varón, así como también Jacob, según mi entender; sin embargo, cada uno de ellos tuvo más de dos mujeres, e igualmente otros muchos hombres santos. ¿Cuándo visteis vosotros jamás, en época alguna, que el Altísimo prohibiera el matrimonio con palabras expresas? Os ruego me lo digáis. ¿O dónde prescribió Él la virginidad? Yo sé tan bien como vosotros, sin duda alguna, lo que dice el Apóstol acerca de la virginidad, a saber: que no hay precepto ninguno respecto de ella. Se puede aconsejar a una mujer que permanezca virgen; pero el consejo no es mandamiento. Él lo deja a nuestro propio juicio; porque si Dios hubiese ordenado la doncellez, por ese mero hecho habría condenado el matrimonio; y, verdaderamente, si no se hubiera sembrado ninguna semilla, ¿de dónde procedería entonces la virginidad? Por último, Pablo no se atrevió a mandar una cosa acerca de la cual no dictó precepto su Maestro. El dardo está colocado en la meta para la virginidad; obténgalo el que pueda, y veamos quién corre más. Pero esta palabra no se refiere a todos sino a quien Dios le place concederla, en virtud de su poder. Yo bien sé que el Apóstol era virgen; mas aunque él escribió y dijo que desearía fuesen todos como él, no era sino aconsejando la virginidad. Indulgentemente me dio licencia para ser mujer casada; así que no es censurable que yo me case si mi marido muere, sin que haya en esto caso de bigamia, bien que fuera bueno no tocar a mujer–él quiere decir en el lecho, en la cama-; porque es peligroso juntar fuego y estopa. Ya .sabéis la significación de este ejemplo. En suma: él tenía virginidad más perfecta que matrimonio con fragilidad. Llamo yo fragilidad a si él y ella se mantienen castos toda su vida.
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