Array Array - Cuentos de mujeres infieles
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Apenas hubo abierto la puerta de aquel gabinetito (el cual no falta en casi ninguna casa), salió de él un olor insoportable, que ya habíamos olfateado, quejándose de ello Ercolano; pero su mujer se excusó diciendo que no era otra cosa que el vapor de un poco de azufre que había quemado para blanquear alguna ropa que extendiera en aquel sitio, a fin de que se sahumara. Habiéndose disipado algún tanto el humo, Ercolano registró el escondrijo, y vio al que había estornudado, y que acababa de hacerlo nuevamente merced a la fuerza del mineral cuyos vapores le subían a la cabeza, faltando muy poco para que ahogara. Entonces el marido, volviéndose hacia su mujer le dijo: «Ya comprendo ahora por qué nos hiciste aguardar tan largo rato a la puerta. Tal procedimiento merece una recompensa, y soy demasiado equitativo para negártela: será tan buena la que te dé, que me envanezco de que no la olvidarás mientras vivas». Al oír estas palabras la mujer ha escapado sin tratar de justificarse siquiera: Ercolano, desatendiendo a su mujer, repitió varias veces al estornudador que saliera de su escondrijo; empero, como estaba más muerto que vivo, no por eso se movió; entonces lo agarró de una pierna y lo arrastró afuera, hecho lo cual fue en busca de su espada con intención de matarlo. El temor de verme envuelto en una causa de asesinato me hizo precipitar a su encuentro oponiéndome a que hiriera a aquel hombre. Mis gritos y el ruido que hacía para defender al culpable atrajeron a algunos vecinos, quienes, viendo al joven más muerto que vivo, se lo llevaron no sé adonde. He aquí cuál ha sido nuestra cena. Sólo había tragado el primer bocado cuando empezó dicha escena; así, pues, juzgad si tendré apetito.
Este relato dio a comprender a la señora que no era ella sola la que tenía amantes, a pesar de los peligros a que éstos exponían. De buena gana hubiese excusado a la mujer de Ercolano; empero como le parecía que censurando las faltas de las otras le sería más fácil ocultar las suyas, empezó a criticar a su modelo en estos términos:
— ¡Vaya una conducta! ¡Quién lo hubiera creído! Yo la tenía por la más honesta virtuosa y santa de las mujeres. ¡Fiaos, después de esas devotas, que se hacen las remilgadas sólo para ocultar mejor sus manejos! Y nadie puede excusar a ésta, que ni es joven, ni mal casada. Debemos convenir en que da buen ejemplo a las otras mujeres. ¡Maldita sea la hora en que vino al mundo! ¡Que esa mujer impura sea objeto de maldición, ya que vive encenagada en el crimen y los desórdenes! ¡Criatura indigna! Es la vergüenza y el oprobio de nuestro sexo. ¿Es ésta la recompensa que tenía reservada a la honradez de su marido, de ese hombre generalmente respetado que la trataba con todas las consideraciones y miramientos posible? ¡Ingrata! En premio de sus beneficios no ha titubeado en deshonrarse ella misma. Mujeres de esta clase merecerían ser quemadas vivas, sin conmiseración.
Después de este discurso» y no olvidándose de que su galán permanecía debajo de la jaula, dijo a su marido que era hora de acostarse. Éste, que tenía más ganas de comer que de dormir, le preguntó si no le había sobrado alguna cosa de la cena.
— ¡De mi cena! —repuso ella—; en verdad que no acostumbro a regalarme mucho cuando tú estás ausente de mi lado. Sin duda me tomas por la mujer de Ercolano… Ve a acostarte, te repito, y mañana almorzarás con mejor apetito.
Aquella misma noche los colonos de Vinciolo le habían traído algunos objetos de una de sus alquerías, y colocaron sus jumemos, sin abrevar, en un a pequeña caballeriza que comunicaba con la galería donde el galán estaba enjaulado. Sucedió que uno de aquellos animales, instigado por la sed, se desató y salió de la caballeriza, olfateando a uno y otro lado en busca de agua. Vagando de esta suerte el cuadrúpedo pasó junto a la jaula donde estaba escondido el joven enamorado, y le pisó los dedos, que tenía un poco afuera del escondrijo, pues el desdichado se veía obligado, por la forma de la jaula, a mantenerse encorvado de cara al suelo apoyando las manos en él para no fatigarse tanto. El dolor que le causó la patada del jumento le hizo lanzar un doloroso grito. Vinciolo lo oyó y quedó sorprendido al reflexionar que no podía salir de otro sitio que de su casa. Por lo tanto, dejó la habitación, y como el galán seguía quejándose, pues el asno continuaba teniendo las patas sobre sus dedos, preguntó:
— ¿Quién hay por aquí? — y corrió derecho hacia la jaula-. La levantó, y encontró al pajarito, que temblaba como un azogado, temeroso de que el irritado marido no le hiciese pasar un mal rato. Empero, como lo reconociera Vinciolo, por haberle él mismo hecho la corte durante mucho tiempo aunque sin resultado, se limitó a preguntarle qué venía a hacer a su casa. La única respuesta que obtuvo del mancebo fue una súplica para que no le hiciese daño alguno.
— Levántate–le dijo entonces Vinciolo— y nada temas; pero a condición que me digas por qué medios y a qué viniste a mi casa —lo cual hizo sin titubear el joven.
El marido, tan satisfecho de haber encontrado a su Adonis, como triste y afligida estaba su cara mitad, lo tomó de la mano y lo condujo a presencia de la infiel, cuyo temor y turbación no es fácil explicar.
— Y bien, querida mía–le dijo encarándose con ella—, ¿cómo vais a justificaros ahora? ¿Opináis todavía que deben ser quemadas todas las mujeres de la estofa de la Ercolano? ¿Estaba bien que os exaltarais tanto contra ella, siendo así que vos tenéis iguales defectos? ¿Honráis acaso más a vuestro sexo? Sólo censurasteis a aquélla con tanto ardor para ocultar mejor vuestra intriga. He aquí cómo sois todas las mujeres: ninguna vale más que la otra. ¡Ojalá el demonio «os llevara a todas juntas!
Viendo la dulcinea que sólo la maltrataba de palabra, y Juzgando que saldría del lance a menos costa de lo que había creído, no le cupo duda de que su marido estaba muy contento de tener atrapado en sus redes a un mozo tan gallardo. Semejante idea la reanimó, y le contestó sin el menor embarazo:
— ¡Tú quisieras que el diablo nos llevara a todas! No lo dudo, y ello no me sorprende en lo más mínimo, ya que aborreces de nuestro sexo; pero, a Dios gracias, no se cumplirán tus deseos. Y añado, ya que ha llegado la hora de las explicaciones, que tus imprecaciones no me causan temor alguno. Al fin y al cabo, ¿puedes con razón quejarte de mi conducta? Hay una gran diferencia entre la mujer de Ercolano y la tuya: aquélla es una gazmoña, una hipócrita, una verdadera furia, a quien su marido concede cuanto pide: ella no hace ningún ayuno, a pesar de sus años. Todo lo contrario me acontece a mí. Convengo que en lo tocante a trajes y adornos muy poco tengo que envidiar a las demás; pero ¿acaso a una mujer de mis años le basta eso? No ignoras cuánto tiempo hace que no me has prodigado la más pequeña caricia… Preferiría estar descalza y mal vestida con tal de que cumplieras con tus deberes conyugales, a ir la más galana de toda la ciudad. Escúchame, Pedro; ya que debo hablarte sinceramente, quiero que sepas de una vez por todas que soy mujer como las demás: lo que éstas desean, lo deseo yo también; como ellas, tengo pasiones y debo tratar de satisfacerlas. Si tú no quieres contentarme, ¿puede saberte mal que recurra a
otros? A lo menos te honro en mi elección, puesto que no me abandono ni a criados ni a chanflones. No puedes negar que el galán que he elegido es todo un buen mozo.
El. marido, que, según ya he dicho, aborrecía a las mujeres, y ya empezaba a cansarse de la vocinglería de la suya, la interrumpió de esta suerte:
—Vamos, mujer, no se hable más de esto; espero que estarás contenta de mí a este respecto. Ya sabes que soy blando como una malva; así, pues, afuera reproches por uno y otro lado. Lo único que pido es cenar, pues yo creo que este joven está en ayunas como yo.
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