Morgan Rice - La Marcha De Los Reyes

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LA MARCHA DE LOS REYES nos lleva más allá del viaje épico de Thor hacia la mayoría de edad, cuando empieza a darse cuenta de quién es, qué poderes tiene, mientras se embarca para convertirse en guerrero. Después de escapar del calabozo, Thor queda aterrado al saber que había habido otro intento de asesinato hacia el Rey MacGil. Cuando MacGil muere, el reino se convierte en un caos. Como todos aspiran al trono, la Corte del Rey está más repleta que nunca, con sus dramas familiares, luchas de poder, ambiciones, celos, violencia y traición. Se debe elegir un heredero entre los hijos, y la antigua Espada del Destino, fuente de todo su poder, tendrá la oportunidad de ser blandida por alguien nuevo. Pero todo esto puede ser cambiado drásticamente: recuperan el arma asesina, y la trama cambia al encontrar al asesino. Simultáneamente, los MacGil enfrentan una nueva amenaza de los McCloud, quienes están decididos a atacar otra vez el Anillo. Thor lucha por recuperar el amor de Gwendolyn, pero tal vez no haya tiempo; le dicen que empaque, que se prepare con sus hermanos en armas para Los Cien, cien días extenuantes de infierno en la que todos los miembros de Legión deben sobrevivir. La Legión tendrá que cruzar el Barranco, más allá de la protección del Anillo, y navegar por el Mar Tartuvio hacia la Isla de la Niebla, que se rumora es patrullada por un dragón para su iniciación de la mayoría de edad.

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Su cerebro se atormentó por la confusión, mientras trataba de ponerle un nombre al rostro.

La figura se situó por encima de él, sosteniendo el cuchillo, MacGil logró de alguna manera levantar la mano y empujarlo del hombro, tratando de hacer que se detuviera. Sintió la explosión de la fuerza del viejo guerrero surgir dentro de él, sintió la fuerza de sus antepasados, sintió algo en su interior que lo convirtió en rey, que no se daría por vencido. Con un enorme empujón, logró hacer retroceder al asesino con todas sus fuerzas.

El hombre era más delgado, más frágil de lo que MacGil pensó, y se fue tropezando con un grito, tambaleando por la habitación. MacGil logró levantarse y con un esfuerzo supremo, se agachó y sacó el cuchillo de su pecho. Lo arrojó al otro lado de la habitación y cayó golpeando el suelo de piedra con un ruido metálico, deslizándose a través de él, y se estrelló contra la pared del otro extremo.

El hombre, cuya capucha había caído sobre los hombros, se puso de pie y miró hacia atrás, con los ojos abiertos de par en par. El hombre se volvió y echó a correr por la habitación, deteniéndose solamente lo suficiente para recuperar la daga antes de escapar.

MacGil trató de perseguirlo, pero el hombre era muy rápido y de pronto el dolor se incrementó punzando su pecho Se sintió muy débil.

MacGil se quedó ahí parado, solo en la habitación, y miró la sangre brotando de su pecho hacia la palma de sus manos. Cayó de rodillas.

Sintió que su cuerpo se enfriaba y se reclinó hacia atrás y trató de gritar.

“¡Guardias!”, se escuchó un grito débil.

Respiró profundamente y en suprema agonía, logró recuperar su voz grave. La voz del otrora rey.

“¡GUARDIAS!”, gritó.

Oyó pasos en algún pasillo lejano, acercándose poco a poco. Escuchó que una puerta distante se abría, sintió que se acercaban algunos cuerpos. Pero la habitación giró de nuevo, y esta vez no fue por la bebida.

Lo último que vio fue el frío suelo de piedra, levantándose para encontrarse con su cara.

CAPÍTULO DOS

Thor agarró la aldaba de hierro de la inmensa puerta de madera delante de él y tiró con todas sus fuerzas. Se abrió lentamente, crujiendo, y reveló ante él la cámara del rey. Dio un paso, sintiendo el vello de sus brazos cosquilleando mientras cruzaba el umbral. Podía sentir una gran oscuridad aquí, permaneciendo en el aire, como una niebla.

Thor dio varios pasos hacia la cámara, escuchando el crujido de las antorchas en las paredes, mientras se abría camino hacia el cuerpo, acostado en el suelo. Ya presentía que era el rey, que había sido asesinado—que él, Thor, había llegado demasiado tarde. Thor no podía dejar de preguntarse dónde estaban todos los guardias, por qué nadie estaba ahí para rescatarlo.

Las rodillas de Thor se debilitaron mientras daba los últimos pasos hacia el cuerpo; se puso de rodillas sobre la piedra, le agarró el hombro, ya frío, y giró al rey.

Ahí estaba MacGil, su antiguo rey, allí tendido, con los ojos bien abiertos, muerto.

Thor miró hacia arriba y vio de repente al asistente del rey parado ante ellos. Sostenía una gran copa enjoyada, la que Thor reconoció de la fiesta, hecha de oro macizo y cubierto de hileras de rubíes y zafiros. Mientras miraba a Thor, el asistente lo vertió lentamente en el pecho del rey. El vino salpicó toda la cara de Thor.

Thor oyó un chirrido, y volteó a ver a su halcón, Estopheles, encaramado en el hombro del rey; lamiendo el vino de su mejilla.

Thor oyó un ruido y se volvió para ver Argon, de pie junto a él, mirando hacia abajo seriamente. En una mano, sostenía la corona, brillando. En la otra, su vara.

Argon se acercó y colocó la corona firmemente en la cabeza de Thor. Thor podía sentirla, se hundía con su peso, ajustándose adecuadamente, con el metal abrazando su sien. Miró a Argon, asombrado.

“Ahora tú eres el rey”, dijo Argon.

Thor parpadeó, y cuando abrió los ojos, delante de él estaban todos los miembros de la Legión, de los Plateados, cientos de hombres y niños hacinados en la cámara, todos mirándolo. Todos se arrodillaron, hicieron una reverencia, con las caras dirigidas hacia abajo.

“Nuestro rey”, se oyó un coro de voces.

Thor se despertó sobresaltado. Se sentó respirando con dificultad, mirando alrededor. Estaba oscuro ahí, y húmedo, y se dio cuenta de que estaba sentado en el suelo de piedra, de espaldas a la pared. Entrecerró los ojos en la oscuridad, vio las barras de hierro a lo lejos y más allá de ellas, una antorcha con la luz parpadeante. Entonces recordó el calabozo. Había sido arrastrado hasta aquí, después de la fiesta.

Recordó al guardia pegándole en la cara, y se dio cuenta de que debía haber estado inconsciente; no sabía por cuánto tiempo. Se sentó, respirando profundamente, tratando de olvidar el horrible sueño. Había parecido tan real. Rezó para que no fuera verdad, para que el rey no hubiera muerto. La imagen del rey muerto se alojó en su mente. ¿Realmente Thor había visto algo? ¿O había sido solamente su imaginación?

Thor sintió que lo pateaban en la planta del pie, y miró hacia arriba y vio a alguien de pie, delante de él.

“Ya era hora de que despertaras», dijo la voz. “Llevo horas esperando”.

En la tenue luz, Thor distinguió la cara de un adolescente, como de su edad. Era delgado, bajito, con las mejillas hundidas y la piel picada de viruela—pero parecía haber algo amable e inteligente detrás de sus ojos verdes.

“Soy Merek”, dijo él. “Tu compañero de celda. ¿Por qué te trajeron aquí?

Thor se incorporó, tratando de reaccionar. Se apoyó contra la pared, pasó sus manos por su cabello, y trató de darle sentido a todo.

“Dicen que trataste de matar al rey”, continuó diciendo Merek.

“Él trató de matarlo y vamos a hacerlo pedazos si sale de detrás de esas rejas»”, gruñó una voz.

Se escuchó un coro de ruidos metálicos; las copas de estaño golpeaban las barras de metal y Thor vio el corredor, lleno de celdas, con prisioneros grotescos sacando sus cabezas contra las barras, con las luces parpadeantes de las antorchas, burlándose de él. La mayoría no se había afeitado, no tenían algunos dientes, y algunos lo miraban como si llevaran años ahí. Era un espectáculo horrible, y Thor se obligó a apartar la mirada. ¿Realmente estaba él ahí? ¿Se quedaría ahí para siempre con esa gente?

“No te preocupes por ellos”, dijo Merek. “Sólo somos tú y yo en esa celda. Ellos no pueden entrar. Y me importa un comino si envenenaste al rey. Yo mismo quisiera matarlo”.

“Yo no envenené al rey”, dijo Thor, indignado. “Yo no envenené a nadie. Estaba tratando de salvarlo Lo único que hice fue tirar su copa”.

“¿Y cómo supiste que la copa estaba envenenada?”, gritó una voz desde el pasillo, que estaba escuchando. “¿Supongo que con magia?”

Se escuchó un coro de risas cínicas por todo el corredor de las celdas.

“¡Es psíquico!”, gritó uno de ellos, burlándose.

Los otros rieron.

“¡No, solo adivinó!”, bramó otro, para deleite de los demás.

Thor los miró con ira, resintiendo las acusaciones, queriendo dejar las cosas en claro. Pero sabía que era una pérdida de tiempo. Además, no tenía que defenderse de esos criminales.

Merek lo estudió, con una mirada no tan escéptica como la de los otros. Parecía que estaba debatiendo.

“Creo en ti”, dijo en voz baja.

“¿En verdad?”, preguntó Thor.

Merek se encogió de hombros.

“Después de todo, si ibas a envenenar al rey, ¿serías tan tonto de avisarle?”.

Merek se dio la vuelta y se alejó, a unos pasos del costado de la celda y se inclinó contra la pared y se sentó frente a Thor.

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