Jane Austen - Novelas completas

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La autora inglesa
Jane Austen (1775-1817) es una de las voces más reconocidas de la literatura de habla inglesa, y quizás de la literatura universal. Sus obras fueron consideradas adelantadas a su tiempo por la forma de abordar temas como la percepción del rol de la mujer en la Inglaterra de transición entre los siglos XVIII y XIX, el matrimonio como instrumento de control social y el hermetismo y sectarismo de la alta sociedad inglesa.Siempre con una saludable dosis de humor e ironía, Austen escribió sobre temas complejos sin perder nunca de vista el entretenimiento que una historia interesante le podía brindar a sus lectores.Este volumen recoge sus novelas completadas en vida: «Sentido y Sensibilidad» (1811), «Orgullo y Prejuicio» (1813), «Mansfield Park» (1814), «Emma» (1815), «La Abadía de Northanger» (1818), «Persuasión» (1818) y «Lady Susan» (1871), aunque estas tres últimas fueron publicadas de manera póstuma, gracias a la creciente fama de la autora después de su temprana muerte.

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La casa era hermosa y estaba magníficamente equipada, y de inmediato pusieron a disposición de las jóvenes una habitación muy cómoda. Había pertenecido a Charlotte, y sobre la repisa de la chimenea aún colgaba un paisaje hecho por ella en sedas de colores, prueba de haber pasado siete años en un gran colegio de la ciudad, con algunos resultados. Como la cena no iba a estar lista antes de dos horas después de su llegada, Elinor quiso ocupar ese espacio en escribirle a su madre, y se sentó dispuesta a ello. Poco minutos después Marianne hizo lo propio. —Yo estoy escribiendo a casa, Marianne —le dijo Elinor—; ¿no sería mejor que dejaras tu carta para uno o dos días más? —No le voy a escribir a mi madre —replicó Marianne con pesar, y como queriendo evitar más preguntas. Elinor no le dijo nada más; enseguida se le ocurrió que debía estarle escribiendo a Willoughby y de inmediato concluyó que, sin importar el misterio en que pudieran querer envolver sus relaciones, debían estar comprometidos. Esta convicción, aunque no por completo satisfactoria, la complació, y continuó su carta con la mayor celeridad. Marianne terminó la suya en unos pocos minutos; en extensión, no podía ser más de una nota; la dobló, la selló y escribió las señas con ansiosa presteza. Elinor pensó que podía distinguir una gran W en la dirección, y acababa de terminar cuando Marianne, tocando la campanilla, pidió al criado que la atendió que hiciera llegar esa carta al correo de dos peniques. Con esto se dio por terminado el asunto. Marianne seguía de muy buen talante, pero aleteaba en ella una zozobra que impedía que su hermana se sintiera totalmente satisfecha, y esta inquietud creció con el correr de la tarde. Casi no pudo probar bocado durante la cena, y cuando después volvieron a la sala parecía escuchar con extraordinaria angustia el ruido de cada carruaje que pasaba. Fue una gran tranquilidad para Elinor que la señora Jennings, por estar ocupada en sus habitaciones, no pudiera enterarse de lo que sucedía. Trajeron las cosas para el té, y ya Marianne había tenido más de una decepción ante los golpes en alguna puerta vecina, cuando de súbito se escuchó uno mucho más fuerte que no podía confundirse con alguno en otra casa. Elinor se sintió segura de que anunciaba la llegada de Willoughby, y Marianne, levantándose de un salto, se dirigió hacia la puerta. Todo estaba en calma; no duró más de algunos segundos, ella abrió la puerta, avanzó unos pocos pasos hacia la escalera, y tras escuchar durante medio minuto volvió a la habitación en ese estado de angustia que la certeza de haberlo oído lógicamente produciría. En medio del éxtasis alcanzado por sus emociones en ese momento, no pudo evitar exclamar: —¡Oh, Elinor, es Willoughby, estoy segura de que es él! Parecía casi a punto de arrojarse en los brazos de él, cuando apareció el coronel Brandon. Fue un golpe demasiado tremendo para soportarlo con tranquilidad, y pronto Marianne abandonó la habitación. Elinor también estaba desilusionada; pero, al mismo tiempo, su aprecio por el coronel Brandon le permitió darle la bienvenida, y le entristeció de manera muy especial que un hombre que mostraba un interés tan grande en su hermana advirtiera que todo lo que ella sentía al verlo era pesar y decepción. En seguida observó que para él no había pasado inadvertido, que incluso había mirado a Marianne cuando abandonaba la habitación con tal perplejidad y preocupación, que casi le habían hecho olvidar lo que la amabilidad exigía hacia ella. —¿Está enferma su hermana? —le interrogó. Elinor respondió con algo de aturdimiento que sí lo estaba, y después se refirió a dolores de cabeza, depresión y excesos de cansancio, y a todo lo que decentemente pudiera explicar la conducta de su hermana. La escuchó él con el más intenso interés, pero, aparentando sosegarse, no habló más del asunto y comenzó a explayarse en torno a su placer de verlas en Londres, con las tópicas preguntas sobre el viaje y los amigos que habían dejado atrás. Así, de manera tranquila, sin gran interés por ninguna de las partes, siguieron hablando, ambos desanimados y con la cabeza puesta en otras cosas. Elinor tenía grandes deseos de preguntar si Willoughby se encontraba en la ciudad, pero temía apenarlo con preguntas sobre su rival; hasta que finalmente, por decir algo, le preguntó si había estado en Londres desde la última vez que se habían visto. —Sí —replicó él, ligeramente confundido—, casi todo el tiempo desde entonces; he estado una o dos veces en Delaford por unos pocos días, pero nunca he podido regresar a Barton. Esto, y el modo en que fue dicho, de inmediato le recordó a Elinor todas las circunstancias de su partida de ese sitio, con la inquietud y sospechas que habían despertado en la señora Jennings, y temió que su pregunta hubiera dado a entender una curiosidad por ese tema mucho mayor de la que alguna vez hubiera sentido. La señora Jennings no tardó en aparecer en la sala. —¡Ay, coronel! —le dijo, con su encantadora alegría de siempre—, estoy contentísima de verlo... discúlpeme si no vine antes... le ruego me excuse, pero he tenido que revisar un poco por aquí y arreglar mis asuntos, porque hace mucho que no estaba en casa, y usted sabe que siempre hay un mundo de pequeños detalles que atender cuando uno ha estado alejada por un tiempo; y luego he tenido que ver las cosas de Cartwright. ¡Cielos, he estado trabajando como una hormiga desde la hora de la cena! Pero, cuénteme, coronel, ¿cómo fue a adivinar que estaría en la ciudad hoy día? —Tuve el gusto de escucharlo en la casa del señor Palmer, donde he estado cenando. —¡Ah, así fue! Y, ¿cómo están todos ahí? ¿Cómo está Charlotte? Podría asegurarle que ya debe estar de un buen tamaño a estas alturas. —La señora Palmer se veía muy bien, y me encargó decirle que sea como fuere la verá mañana. —Claro, seguro, así lo pensé. Bien, coronel, he traído a dos jóvenes conmigo, como puede ver... quiero decir, puede ver solo a una de ellas, pero hay otra en alguna parte. Su amiga, la señorita Marianne, también... como me imagino que no lamentará saber. No sé cómo se las arreglarán entre usted y el señor Willoughby respecto de ella. Sí, es una gran cosa ser joven y guapa. Bueno, alguna vez fui joven, pero nunca fui muy guapa... mala suerte para mí. Sin embargo, logré un muy buen esposo, y vaya a saber usted si la mayor de las bellezas puede hacer más que eso. ¡Ah, pobre hombre! Ya lleva muerto ocho años, y está mejor así. Pero, coronel, ¿dónde ha estado desde que dejamos de vernos? ¿Y cómo van sus cosas? Vamos, vamos, que no haya secretos entre amigos. El coronel respondió con su acostumbrada tranquilidad a todas sus preguntas, pero sin satisfacer su curiosidad en ninguna de ellas. Elinor había comenzado a preparar el té, y Marianne se vio obligada a volver a la habitación. Tras su entrada el coronel Brandon se puso más taciturno y silencioso que antes, y la señora Jennings no pudo convencerlo de que se quedara más rato. Esa tarde no llegó ningún otro visitante, y las damas convinieron en irse a la cama temprano. Marianne se levantó al día siguiente con renovados bríos y aire contento. Parecía haber olvidado la decepción de la tarde anterior ante las expectativas de lo que podía ocurrir ese día. No hacía mucho que habían terminado su desayuno cuando el birlocho de la señora Palmer se detuvo ante la puerta, y pocos minutos después entró riendo a la habitación, tan encantada de verlos a todos, que le era difícil decir si su placer era mayor por ver a su madre o de nuevo a las señoritas Dashwood. ¡Tan sorprendida de su llegada a la ciudad, aunque más bien era lo que había estado esperando todo ese tiempo! ¡Tan enfadada porque habían aceptado la invitación de su madre tras rehusar la de ella, aunque al mismo tiempo jamás las habría perdonado si no hubieran venido! —El señor Palmer estará tan contento de verlas —dijo—; ¿qué creen que dijo cuando supo que venían con mamá? En este momento no recuerdo qué fue, ¡pero fue algo tan divertido! Tras una o dos horas pasadas en lo que su madre denominaba una tranquila charla o, de otra manera, incontables preguntas de la señora Jennings sobre todos sus conocidos, y risas sin ton ni son de la señora Palmer, la última propuso que todas la acompañaran a algunas tiendas esa mañana, a lo cual la señora Jennings y Elinor accedieron rápido, ya que también tenían algunas compras que hacer; y Marianne, aunque declinó la invitación en un primer momento, se dejó convencer de ir también.Читать дальше
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