El azor es un libro idiosincrásico. Sin embargo, fue escrito en tinta verde con la caligrafía cuidadosa y pequeña de White, en las páginas que le sobraron de los cuadernos encuadernados en tela que White había usado para su exitoso libro de ensayos sobre deportes de campo, England Have my Bones. Con respecto a su forma (un diario rico en digresiones) y a muchas de sus preocupaciones estilísticas y morales, es en gran medida una continuación de ese trabajo. Pero en muchos otros sentidos, El azor es un presagio de La espada en la piedra, el libro basado en el primero capítulo de La muerte de Arturo, de sir Thomas Malory sobre la educación del joven rey Arturo que White escribió al año siguiente y que le otorgó la fama. Pues este libro también es una obra sobre la educación, el poder y la transformación animal, y el medievalismo que aparece en las páginas de El azor brilla con más fuerza en él. Posteriormente, White escribió Camelot, su épica reescritura de la leyenda artúrica para el siglo xx, sin embargo, detrás de esa gran obra, a la sombra de la historia, se encuentra la figura delgada, moteada, encorvada y emplumada de Gos, sin duda uno de los mejores y más memorables personajes no humanos de la literatura inglesa.
Helen Macdonald
Attilae Hunnorum Regi hominum truculentissimo,
qui flagellum Dei dictus fuit, ita placuit Astur, ut in insigni,
galea, & pileo eum coronatum gestaret.
[A Atila, rey de los hunos, el más truculento de los hombres,
a quien solía llamarse «el flagelo de Dios»,
el azor le gustaba tanto que lucía uno coronado
en su escudo, su casco y su píleo].
Aldrovandi
Martes
La primera vez que lo vi era una cosa redonda como un cesto de la ropa cubierto con arpillera. Sin embargo, era tumultuoso y amenazador, repulsivo de la misma forma en que las serpientes resultan amenazadoras para quienes no las conocen, o peligroso como el movimiento súbito de un sapo cerca del umbral cuando uno sale de noche al rocío con una linterna. La arpillera se había cosido con cuerda, y él golpeaba contra ella desde abajo: golpe, golpe, golpe, incesantemente, con claros indicios de locura. El cesto latía como un gran corazón febril. Profería extraños gañidos de protesta, histérico, aterrorizado, aunque furioso y autoritario. Se habría comido vivo a cualquiera.
Cómo habría sido su vida hasta entonces. Cuando era una cría, todavía incapaz de volar y cubierta de plumón, todavía esa especie de sapo moteado, móvil y boquiabierto que encontramos al mirar en los nidos de los pájaros en mayo; cuando, además, era ciudadano de Alemania, tan lejana; entonces, un hombre de mirada penetrante llegó al nido de su madre con un cesto como este y lo metió dentro. Él nunca había visto a un ser humano, nunca lo habían encerrado en una caja parecida, que olía a oscuridad, manufactura y al hedor del hombre. Tuvo que sentir que era como la muerte (aquello que nunca podemos conocer de antemano), cuando, mientras sus garras torpes tanteaban en busca de un asidero antinatural, encogieron y empaquetaron su consciencia de polluelo dentro de aquel entorno oblongo y extraño. Las voces guturales, la guarida inadecuada a la que lo llevaron, las manos escamosas que lo aferraban, el segundo cesto, el olor y el ruido del automóvil, el estruendo insoportable y regular del aeroplano que llevó hasta Inglaterra aquellas garras que botaban y patinaban sobre el traicionero suelo tejido; calor, miedo, ruido, hambre, lo opuesto a la naturaleza: habiendo tenido que soportar esto, aterrorizado, pero todavía noble y locamente desafiante, el azor niego llegó a mi pequeña casa en el campo en su cesto maldito. Era una criatura adolescente y salvaje cuyos padres lo habían alimentado en nidos de águila con carne sangrienta aún temblorosa de vida, un extranjero de lejanas colinas de pinos negrales, donde un puñado de ramas empinadas y algunos excrementos blancos, junto a unos pocos huesos y plumas esparcidos a los pies del árbol, habían sido su herencia ancestral. Había nacido para volar, ladeándose, libre sobre el verdor de aquellas tierras altas teutonas, para asesinar con sus patas feroces y para devorar con ese pico persa curvado, él, que ahora saltaba arriba y abajo en el cesto de la ropa con una cierta precocidad imperiosa, con la impaciencia de un mimado pero noble heredero natural del Sacro Imperio Romano.
Recogí el cesto con cuidado y lo llevé al granero. La casa en la que vivía se construyó durante el reinado de Victoria, con granero, pocilga y tahona, y en ella vivió una vez un guardabosque. Allí, en el bosque, hace mucho tiempo, cuando los ingleses vivían una vida en la que el deporte era algo intrínseco, en vez de competir en juegos con tediosos y abstractos bates de tenis, palos de críquet y mazas de golf, como hacen hoy, el guardabosque que vivía en la casa había criado faisanes. No había alambradas en su época, y las ventanas del bajo granero estaban cerradas con listones de madera, clavados de forma entrecruzada, una celosía de rombos. Dejé a Gos allí, en su cesto, y estaba abriendo la cabeza de un conejo para coger el cerebro, cuando dos amigos a los que había acompañado recientemente en su triste ocupación vinieron para llevarme a un pub por última vez. El azor salió del cesto volando con fuerza y voló hacia las vigas mientras su amo, armado con dos pares de guantes de cuero en cada mano, se encogía de miedo cerca del suelo; y entonces ya no hubo tiempo. Había pretendido ponerle un par de pihuelas de inmediato, pero se elevó antes de que hubiese recobrado la compostura; y solo cuando el gran puñado de plumas jóvenes se posó en las vigas vimos que ya las tenía puestas. Pihuelas era como se llamaban las correas que le guarnecían las patas. Dejé el azor para que se acomodara, aún sin los cascabeles, posado en la parte de arriba del viejo granero del guardabosque, siniestro y extraordinario; y nosotros tres salimos al pub para celebrar una especie de Última Cena, en la que ninguno estuvo más impaciente por irse que el invitado al que se despedía.
Me trajeron de vuelta sobre las once, y para la medianoche ya les había dado algo de beber y deseado buena suerte. Eran buena gente, tanto como su raza lo permitía, pues eran de los pocos miembros de esta de corazón amable, pero me alegré de que se fueran; me alegré de sacudirme con su marcha el último vestigio de una antigua vida humana y volver al edificio anexo lleno de telarañas donde Gos y un nuevo destino esperaban juntos con obstinada arrogancia.
El azor estaba en la viga más alta, fuera de alcance, mirando hacia abajo con la cabeza ladeada y un leve aire a Lars Porsena. 1La humanidad no podía llegar allí.
Afortunadamente, mis movimientos humanos perturbaron a la criatura y la hicieron abandonar la elevada percha que le pertenecía por naturaleza y a la que no estaba habituada, porque sí lo estaba a que llegaran a por ella sin miramientos con ruidos mecánicos, la agitaran con sacudidas industriales y le doblaran las plumas caudales de forma que parecieran la parodia de una mopa.
Aturdido por tantas experiencias, el pájaro abandonó la percha en la que habría sido inexpugnable. Había tristeza en aquella evasión inapropiada. Un azor, demasiado grande para una especie británica, y solo ocho centímetros más pequeño que el águila real, no debería huir, sino perseguir. Como resultado de estar en ese momento aprisionado entre paredes de ladrillo desconocidas, voló torpemente en todas direcciones en aquella habitación inhóspita, hasta que, tras algunas vueltas, lo cogí por las pihuelas y me vi, estupefacto ante tal temeridad, con el monstruo en el puño.
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