Virginie T. - Baila Ángel Mío

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—Estás magnífica, cariño. Pero trabajas demasiado y eso se ve. Tienes que descansar.

—Lo pensaré, abuelita.

Levanta una ceja con cara escéptica. Me conoce demasiado bien.

—Vale. Haré un esfuerzo durante estos días contigo.

—Bien. Cuento con pasar el mayor tiempo posible en tu compañía. Después de tanto tiempo, estoy segura de que tenemos muchas cosas que contarnos.

Lo dudo, pero eso no tiene importancia. Todo lo que quiero es estar con ella, aunque no nos digamos nada. Y si yo no tengo nada que contar, puede que ella sí lo tenga. Sé que le encanta su nueva casa en medio de ninguna parte. Y su vecino. Sobre todo su vecino. Me habla de él cada vez que me llama. Creo que sueña, secretamente o no, con casarme con él. Mi abuela aún tiene sueños para mí. Es adorable.

—¿Estás preparada para salir, Caitlyn? Tus padres nos esperan para ir a cenar al restaurante.

Ah, sí. ¡La famosa cena familiar! La cena que solo tiene lugar las noches de mis estrenos y que hoy es mi único contacto con mis progenitores. Y sin embargo, a pesar de nuestra total ausencia de contacto el resto del año, no tengo absolutamente nada que decirles, o más bien, no consigo hablar con ellos, y esta cena se transforma enseguida en una comida silenciosa e incómoda en la que mi abuela se esfuerza durante dos horas en recrear vínculos familiares que nunca han existido realmente. Me hace tan feliz esta idea como dejarle mi lugar de primera bailarina a Agatha.

—Eres mucho más expresiva de lo que crees, Caitlyn Cat. No pongas esa cara, cariño. Esta cena es importante para nuestra familia.

—¡Qué va!

—Bueno, de acuerdo. Es muy importante para mí. Quiero reunir a mi hijo y a mi nieta.

Esos ojos suplicantes… Durante mucho tiempo, quise tenerlos yo también. ¡Seguro que me habrían cambiado la vida!

—Eres una manipuladora, abuelita. Solo tengo que cambiarme y estaré lista.

—Eres la mejor nieta del mundo.

—Seguro que sí.

Se para justo antes de cruzar la puerta para darme un sobre que han metido por debajo. Lo cojo con manos temblorosas. Ahora, las cartas me asustan.

—Y Cat, ponte un vestido bonito, por favor. No quiero que a tu madre le dé un ataque al verte aparecer con jeans desgarrados como la última vez.

Verle la cara en aquel momento, realmente mereció la pena. Pero en este momento, no estoy para bromas. Abro el sobre rojo sangre sabiendo de antemano lo que contiene. Todas las cartas amenazantes que he recibido eran idénticas a esta. Reconozco inmediatamente la letra llena de violencia que cubre el papel. Es grosera y violenta, tanto por las palabras como por la forma de escribir tan seca y escrita con tanta presión que se han formado agujeros en la hoja por la virulencia de los gestos.

«No me escuchaste. Te dije que eras mía y te prohibí mostrar tu culo con tutú a todo el mundo. Deberías haberte retirado tú misma cuando tuviste la ocasión en lugar de comportarte como una zorra. Ahora, yo me encargaré del asunto. Solo bailarás para mí. Voy a buscarte».

Mi respiración es corta y está entrecortada y mis manos tiemblan tanto que la hoja cae al suelo. Es la primera vez que el hombre escribe su intención de venir a verme, porque se trata de un hombre, estoy segura. Las primeras cartas que me llegaron me habían hecho pensar en un fan demasiado posesivo. Relataba en sus cartas la vida en pareja que imaginaba para nosotros, con gran acompañamiento de palabras sucias. Al cabo del tiempo, las descripciones se volvieron más crudas, más amenazantes. Pasó de «serás mía en todos los sentidos» a «te voy a clavar mi pito y follarte hasta que grites de dolor». También me reprocha mi falta de reacción y de implicación en nuestra pareja. ¿Qué pareja? No conozco a nadie lo suficientemente retorcido para inventarse una historia tórrida conmigo. La manera como me imagina demuestra claramente que no nos conocemos. Pero parece ser que ha decidido remediar eso. Saco mi móvil del bolso intentando recuperar el control de mí misma. Desde que las cartas se han convertido en una fuente de angustia, se las remito al director del ballet que ha avisado a la policía. Desgraciadamente, de momento, los inspectores no tienen ninguna pista y según ellos, no debo preocuparme. Dicen que la mayoría de los acosadores anónimos nunca pasan a la acción. ¿Y el resto? No me han dado ninguna respuesta. Como si fuera una paranoica. Bueno, lo soy un poco. Digamos que tengo una tendencia natural a extrapolarlo todo. Pero es hora de que cesen estas cartas.

—¡Caitlyn! Has estado fabulosa. Los comentarios de los espectadores son muy buenos.

—Gracias, señor, pero no le llamo para eso.

Le oigo suspirar al otro lado del aparato. Él tampoco me aprecia especialmente. Me soporta porque le soy útil. Le hago ganar mucho dinero y se siente obligado a hacer esfuerzos conmigo.

—¿Qué puedo hacer por ti?

—He recibido una nueva carta.

—Ya hemos hablado de eso. Debes pasar a otra cosa y tirarlas sin abrirlas. Ese hombre nunca pasará a la acción.

—Mire, he recibido una en mi casa y otra en mi camerino por debajo de la puerta.

El silencio que sigue me reconforta. Quizá me tomen ahora en serio.

—Dáselas a los de seguridad al salir del teatro. Se las llevaré a la policía.

—Gracias, señor.

—De nada, Caitlyn. Disfruta de tu velada. Te la has merecido. Nos veremos mañana para hablar de la investigación.

—De acuerdo. Adiós.

Me siento aliviada tras esta llamada. Solo espero que estas nuevas cartas ayuden a avanzar en el caso. Ya me asusta bastante el mundo que me rodea para añadir el miedo a un psicópata.

Me preparo rápidamente. No porque tenga prisa por ver a mis padres, sino porque quiero deshacerme de estas malditas cartas que no soporto ver en mi tocador cuanto antes. Salgo del teatro después de un último vistazo en el espejo entregando ese correo a los agentes de seguridad.

Capítulo 3

Caitlyn

Mis padres no han cambiado ni un ápice. Mi padre sigue teniendo su cabello canoso despeinado y su mirada azul penetrante como la mía, y mi madre está de punta en blanco con su riguroso traje pantalón y su moño sin un mechón fuera de sitio. Su manera de mirarme tampoco es diferente de cuando era pequeña: como si fuera una extraterrestre imposible de descifrar.

—Gracias por honrarnos con tu presencia, Caitlyn. ¡Te has tomado tu tiempo para venir con nosotros! Y sin embargo, sabes que tu madre no puede estar de pie mucho tiempo.

Es cierto que mi madre tiene algunos problemas en las rodillas debidos a la debilidad en sus articulaciones, pero solo le duelen cuando el tiempo está frío y lluvioso, y esta noche, el cielo está completamente despejado.

—Hola, papá. Hace muy buen tiempo para la temporada, ¿no te parece? Hasta se pueden distinguir las estrellas.

—No seas insolente, Caitlyn.

Pues sí. Mis padres siempre han permanecido unidos, especialmente cuando se trata de ir contra mí. Mi abuela interviene antes de que la cena se vuelva muy corta. Más que muy corta incluso, porque ni siquiera estamos en el restaurante.

—Vamos a cenar. Me muero de hambre.

Mi abuela me coge del brazo y caminamos en silencio por la acera, a la cabeza de nuestra pequeña comitiva. Tengo la desagradable impresión de que me observan. Como si una mirada me quemara la espalda provocándome sudores fríos a lo largo de mi columna vertebral. Podría pensar que esta sensación procedía de la presencia de mis padres, pero ellos nunca me han causado una reacción tan epidémica. Me estremezco observando los alrededores, pero la débil luz de la luna y las pocas farolas dispersas no me dejan distinguir bien la zona. Como mucho, crean inquietantes sombras en la penumbra.

—¿Tienes frío, cariño?

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