Pier Paolo Pasolini - Sobre el deporte

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Además de uno de los más radicales y perdurables autores del cine moderno italiano, poeta, novelista y lúcido pensador, Pier Paolo Pasolini (1922-1975) fue también
tifoso del Bolonia FC el equipo de su ciudad natal y jugador de fútbol amateur Pasolini recuerda como las tardes más bellas de su vida aquellas en las que jugaba durante horas en los Prados de Caprara, en la periferia de Bolonia, de extremo izquierda. Fruto de esta pasión, la presente antología recoge los artículos que publicó en vida, desde finales de los años 50 a principios de los 70, en los que Pasolini articula algunas brillantes y siempre polémicas ideas sobre el fútbol, el boxeo, el ciclismo y las Olimpiadas de Roma de 1960. Este compendio se cierra con una
entrevista publicada póstumamente, pocos días después del fatídico asesinato de Pasolini, y un
postfacio a cargo de Javier Bassas, autor también de la traducción de este volumen.

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En Italia, el fútbol no ha tenido todavía el honor de captar una atención inteligente. No se ha convertido en uno de esos problemas que, aun siendo sustancialmente actuales, se acaban volviendo, de repente, efectivamente actuales. Una especie de nueva virginidad, digámoslo así, que te permita leer, acompañada de una fotografía, la opinión de un escritor, de un director, de un sastre y también de un grupo de sociólogos y de psicólogos. ¿Cómo es posible que la inteligencia de Olivetti todavía no lo haya hecho? ¿Cómo es posible que el director de un rotativo, por encima al menos de los doscientos mil ejemplares, todavía no haya tenido esa gran idea ?

Pues bien, la tendrás tú. Una idea así requiere, ante todo, deshonestidad; luego también un conformismo presentado, como siempre, bajo la forma de escándalo moral; y, finalmente, crueldad. El objeto de esta crueldad será, en efecto, el pobre Dios.

Eres libre de elegir entre dos o tres posibilidades. Podrías escoger como campeón, por ejemplo, al extremo derecha de la Roma, Orlando. En este caso, el Dios podría provenir de tus barrios (el Casilino, el Prenestino), y piensa entonces qué dramático encuentro. El pequeño, feroz, insensible y sórdido reportero, exitoso a su manera, que manipula al Dios —también exitoso, naturalmente, que para eso es Dios, pero con infinitas menos garantías para el futuro— y las dos familias semejantes —más pobre la familia del Dios, subproletaria, que vive quizá en chozas junto a barrancos o acueductos, o en casuchas para expulsados, abarrotadas de ropa extendida, con chiquitajos color del barro, etc—. Piensa en las dos infancias que han tenido la misma experiencia. En definitiva, dos deseos que se miran y, de sus miradas, surge una Roma lluviosa, invernal, manchada de barro, con largas colas de escolares bajo los bastidores colosales de la vía Appia Nuova o de la Tuscolana16, una Roma carnavalesca porque los pobrecillos son máscaras —especialmente en invierno, con la ropa de franela harapienta o de lana gastada, la pobre ropa comprada en el Upim17 y destrozada por la mísera usura del trabajo, por las míseras alegrías cotidianas, etc., etc—.

Pero también podrías coger como modelo a Rivera18, un tipo muy diferente. Un muchacho de la burguesía campesina y provincial. Sus amigos hablan véneto; educados en plazoletas donde las madres y el cura pueden vigilar a los chicos en todo momento, excepto cuando se van a los prados junto al río (¡el Brenta!19), con sus dignas camisas, los pantalones grises de obrero, estudiantes vénetos (altos de estatura) llenos ya de recíproco respeto y con la idea del trabajo y de la carrera, que es como una segunda naturaleza (de modo que los consejos de los padres y de las madres solo se refieren a pequeños detalles, a las fanfarronadas típicas de la juventud). El moralismo como color de su cabello, especialmente donde están bien rapados, a la manera alemana, y el mechón largo y liso, color del oro un tanto descolorido. En definitiva, apáñatelas tú mismo. No será fácil, en efecto, encontrar puntos débiles en un tipo así, por la «forma» bastante constante, entre otras cosas, y por la claridad igualmente constante de las relaciones con el entrenador. Quizá podría servirte, para introducir en la «sordidez como dimensión de mundo», un pedazo de mundo honesto, módicamente vital y por ello coloreado —desgarrado, arrancado de la superviviente trama italiana que el joven Rivera arrastra consigo—.

Lo mejor de todo sería, probablemente, un «oriundo», pero verdaderamente oriundo, al que se le pueda leer en los pómulos, en las comisuras, en la pelvis, el abuelo del Abruzzo o de Como, la abuela de Andria, de Sulmona, de Caorle. Es cierto que esto implicaría un Dios ya Dios, sin carrera, sin nacimiento; sacrificado enteramente a San Paolo20, espíritu sin despojos. Siendo ora caprichoso, ora delicado, ora consciente. Quizá tampoco estaría tan mal. El género «Ha nacido una estrella», como diría un director, ya no está de moda.

Los flashes brillan desde el principio: un gran resplandor de flashes, un relámpago descremado a la derecha, otro descremado a la izquierda, con el baile de vampiros. Y él, en la escalerita del transatlántico o del jet, con todo el prestigio todavía puro que brilla sobre su cabeza, como una aureola, resistiendo al uso que Italia ya se prepara para darle. (Pero pídele a Gadda21 que te describa esta parte, él también sabe español.)

Yo creo que debería jugar como portero porque, ya me entiendes, no es lo típico: mientras que el delantero centro —incluso con las nuevas tácticas de juego— es convencional y el centrocampista es poco popular (aunque… aunque…), el portero implica tradicionalmente un carácter diferenciado, como su mismo uniforme deportivo en el terreno de juego. Recuerdas a los grandes, de Zamora a Moro, los estrafalarios como Ghezzi, los delicados tipo Buffon, etc. Además, todo el mundo es capaz de apreciar la habilidad de un portero, incluso un profesor de instituto, que se quedaría totalmente indiferente ante una triangulación suprema de Montuori o de Schiaffino en sus mejores momentos. No niego que un interior como Lojacono funcionaría, pero a un tipo como Lojacono le falta la ligereza de la adolescencia, la cara de niño mimado. En definitiva, te aconsejaría que no perdieras de vista a Sívori.

El muchacho vive su halo de divinidad sin autocrítica, sin dudas, sin cálculos: casi en un estado de disociación. Su único instrumento de conocimiento es el más inmediato empirismo: por eso todo lo lleva al nivel de la práctica, incluso los estados más estáticos, las situaciones más impalpables del Éxito. Su reducción constante a la prosa de la práctica no logra, en cualquier caso, colmar la desproporción entre su normalidad y la anormalidad de su destino. Diría que en esta desproporción consiste, precisamente, su divinidad. Dejadlo incluso dar discursos (¡increíble!) científicos y tácticos sobre el equipo, el juego, etc. No son más que aspectos de la Aparición; como Baco bebiendo un vaso de vino o Mercurio atándose una sandalia.

Llega, se instala, etc. Primer contacto con el mundo profesional. El más aburrido de la historia. Pero ten en cuenta dos cosas. Primero, el aspecto técnico. La idea de asistir a un entrenamiento puede producir, sin duda, una sensación de desconsuelo irremediable. Y en cambio, eh… incluso ahí, como siempre, si buscas bien, si eres realmente curioso, incluso ahí… La técnica es, ciertamente, el fenómeno más interesante de nuestro mundo de Alienados. Tienes que estudiar, profundizar, traducir la técnica, las técnicas (naturalmente, sin que se note). Segunda cosa: los entrenamientos, las horas en el estadio desierto, los intríngulis del trabajo psicofísico, son el ambiente típico del androceo22. Como en un buque de carga, un barco navegando por el océano en el que todos son machos, desde el capitán hasta el mozo. Mundo solo de machos. O de machos solos. En definitiva, acuérdate de Billy Budd23 o incluso de las cacerías de Hemingway, marineros y cazadores, cómplices en pasiones viriles, o acuérdate incluso de una taberna llena de cazadores alpinos bebiendo. La atmósfera de campo de concentración, grosera, cruel, angustiada, que fermenta como el aire cálido de una sierra. El suspense de la descripción del mundo técnico-profesional del Dios debe incubarse en ese ambiente, con la función paterna del entrenador y las complicidades fraternales de los jóvenes jugadores, y los odios, las envidias, los rencores que implican.

En las grandes ciudades (pienso especialmente en Milán) hay todo un mundo desconocido que, de vez en cuando, se te aparece ante los ojos a través de la persona física de alguien que lo conoce y que es, de algún modo, su representante. Se llama Piero o Walter, un nombre de la pequeña burguesía inmigrada (podrías descubrirle unos abuelos meridionales) empapado del spleen 24 de un apartamento sombrío con muebles del siglo pasado de poco valor, etc.; el spleen de las escaleras de su caserón popular en el centro de la ciudad, del olor de vendedor de fruta en la calle eternamente fría e invernal justo debajo de casa. Fue un mal hijo, un mal estudiante, sin culpa. Pálido, con los ojos azules bordeados de negro y de sangre, quizá también tísico, en cualquier caso femeninamente débil: predispuesto, por un terrible destino, a ser un posible espía, un rufián, un traficante de cocaína, un productor de espectáculos de cuarta categoría, etc. Acabará siendo un vendedor. Y muy pronto. Es un representante de la vida nocturna de la ciudad, del night club y del striptease , tal y como el vigilante de un cementerio es el vigilante de un cementerio. Durará poco en esta función de preeminencia, de competencia, de especialización, de complicidad; durará muy poco tiempo, aunque parezca destinado a durar eternamente. Luego se esfuma por las calles de Milán o de Roma, y parece imposible que todavía siga vivo.

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