No temeremos porque Dios sabrá cómo ampararnos.
Aun muestre su vigor Satán y su furor,
Dañarnos no podrá,
Pues condenado es ya por la Palabra Santa.”
( Himnario Bautista de la Gracia , PFG, pg. 70).
Juan Calvino refutó a los que “hablan de los diablos como nada más que emociones malvadas” al señalar textos que prueban la existencia de Satanás y sus demonios. Afirmó que las enseñanzas de la Escritura sobre Satanás y sus demonios deberían alertarnos “para tomar precauciones contra sus estratagemas” ( Institución de la Religión Cristiana, 1.14.13 – 19), especialmente al ataviarnos con fe, oración y todas las demás piezas de la armadura de Dios que Pablo expone en Efesios 6:10-18. Sin embargo, como Lutero, Calvino habló en contra de los excesos católicos romanos concernientes a la actividad demoníaca; evitó las supersticiones del momento e incluso visualizó la posesión demoníaca como una realidad actual.
Los Puritanos enfatizaron particularmente la forma en que Satanás imita la obra del Espíritu Santo. Reflexionando sobre el Gran Despertar de la década de 1740, Jonathan Edwards escribió: “…para Satanás es fácil reproducirlas. Si puede sugerirles a los hombres pensamientos, también les puede sugerir imágenes. Sabemos del Antiguo Testamento que los profetas falsos recibían sueños y visiones de espíritus falsos; véase Deuteronomio 13:1-3, 1 Reyes 22:21-23, Isaías 28:7, Ezequiel 13:1-9, Zacarías 13:2-4. Si Satanás puede imprimir en la mente estas ideas imaginarias, no pueden servir entonces de evidencia de que Dios es quien está obrando.” ( Afectos Religiosos, pg. 51).
La actividad demoníaca no es coherente con la percepción moderna del mundo y por ello ha sido marginada o, en muchos casos, negada. Siguiendo el naturalismo de los siglos XIX y XX, los cristianos liberales y neo-ortodoxos rechazaron la existencia literal de Satanás como una superstición primitiva. Uno de esos escépticos, Rudolf Bultmann, escribió: “Es imposible utilizar luz eléctrica y preciarnos de los modernos descubrimientos médicos y quirúrgicos, y creer al mismo tiempo en el mundo de demonios y espíritus del Nuevo Testamento”. Hoy en día, la ciencia y la tecnología enfatizan la ideología dominante de que solamente existe el “mundo natural”. David Powlison cuestiona: “¿Puede un ser moderno creer que Dios controla los rayos y truenos si un meteorólogo puede utilizar fotografías de satélite y modelado por computadora para predecir una tormenta una semana antes de que suceda?” ( Power Encounters [Encuentros de Poder] , p. 23).
Incluso quienes se congregan han exorcizado al diablo de su vocabulario cotidiano. De acuerdo con un reciente estudio, 76% de los Anglicanos niegan la realidad de Satanás. Muchos teólogos y psicólogos han reinterpretado los incidentes bíblicos de posesión demoníaca para adecuarlos a sus propias teorías teológicas y psicológicas. Irónicamente, esta negación del diablo bíblico por parte de hombres de la iglesia y teólogos ha sido acompañada de la explosión de un nuevo interés en la brujería, astrología, paganismo y satanismo. Hoy en día, los aquelarres, las bandas burlonas de paganos, y congregaciones de “la Iglesia de Satanás” florecen en ciudades de Europa y América del Norte. Algunos autores sugieren que hay 500 grupos satánicos identificables solamente en Estados Unidos y cerca de 10,000 miembros en todo el mundo. Es difícil establecer estos números dado que muchos de estos grupos carecen de sedes oficiales y organizaciones, y no publican sus estadísticas. Sin embargo, sabemos que el satanismo se practica abiertamente como una religión legal en Estados Unidos.
El satanismo moderno fue introducido en Norte América por Aleister Crowley (b. 1875), quien fue criado en un buen hogar en Inglaterra, y donde fue introducido a las técnicas e ideas del ocultismo por un afamado ocultista, Eliphas Levi. Las enseñanzas de Crowley sobre que Satanás es más poderoso que Dios, en combinación con sus extraños rituales religiosos y sexuales, frecuentemente realizados bajo la influencia de drogas, influyeron en otro inglés, Gerald Gardner. Los libros de Gardner, quien se autoproclamó como brujo, ayudaron a establecer rituales de brujería moderna con base en la diosa Madre. Gardner, y posteriormente Anton LaVey (b. 1930), quien fundó la Iglesia de Satanás en 1966, popularizaron la imagen de Baphomet, el honrado dios, como símbolo de la brujería y el satanismo. “Dios está muerto y Satanás vive” se ha convertido en la contraseña de rituales en muchas grutas o “congregaciones” locales de LaVey. Desde la década de 1970, numerosos grupos se han separado de la iglesia de LaVey y han formado otros grupos satánicos.
Situados entre aquellos que niegan a Satanás y quienes lo adoran, tanto los pentecostales como los carismáticos han enfatizado crecientemente la realidad de Satanás y la importancia de la guerra espiritual. Frecuentemente caen en el error de promover un interés irracional en los demonios. Encuentran un demonio detrás de cada problema que enfrentan; la responsabilidad personal cede el paso a la influencia demoníaca y los actos de la carne se convierten en demonios a los que hay que exorcizar. Todo lo anterior promueve una creciente espiritualidad popular oculta. Los remedies supersticiosos, como los mapas espirituales y los rituales de exorcismo, se han vuelto más populares que la respuesta de las Escrituras a la confesión del pecado, el arrepentimiento y la nueva obediencia a Cristo.
En los últimos años, muchas personas han tomado más conciencia de Satanás y sus diablos. Las librerías cristianas y seculares están atestadas de libros sobre ángeles y demonios. Escritores populares, como M. Scott Peck, están convirtiéndose abiertamente en creyentes de la realidad de Satanás. Hoy es el momento oportuno para que los evangélicos centrados en la Palabra promuevan una visión balanceada de Satanás y los demonios que evite tanto la negación como la obsesión.
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