David Monteagudo - Invasión

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"¿Estoy loco, o es el mundo el que se ha vuelto loco?" se pregunta García, un hombre discreto y más bien taciturno que trabaja desde hace años en una compañía de seguros. García, que no tiene hijos aunque vive en pareja, ha conseguido una cierta estabilidad material y emocional, y a lo único que aspira es a que le dejen en paz y nada turbe la mediocridad confortable que poco a poco se ha ido construyendo. García tiene las cosas muy claras, pero ahora unos extraños sucesos pondrán a prueba los fundamentos de toda su existencia. A lo largo de la novela, iremos viendo si García elude este nuevo problema, como ha eludido tantos otros en su vida, o se enfrenta a esa realidad delirante que todos parecen empeñados en imponerle. Y al final será el lector quien deba dilucidar si la de García es simplemente una crisis personal o asistimos a una transformación radical de su entorno y del mundo.

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Todavía en la calle, García miró al interior por un ventanal amplio que había al lado de la puerta, y lo que vio le dejó clavado frente al cristal, incapaz de moverse, incapaz de dar los dos pasos que le separaban de la puerta de entrada al local. Lo primero que vio fue a un gigante, una mujer gigante que se movía allí dentro, por entre las mesas. Después se dio cuenta, con un estremecimiento de pánico, de que aquella mujer era Mara. García reconocía cada movimiento, cada gesto, la forma de andar, el peinado, la ropa que llevaba puesta, la sonrisa. Todo era lo habitual, lo de siempre, sólo que con un tamaño, en una proporción con todo lo que la rodeaba, que la convertía en algo monstruoso, y de alguna manera grotesco. El local era irregular, con espacios a diferentes niveles y algunas rampas de suave pendiente. Mara, con el abrigo colgado del brazo, seguía al camarero con cierta torpeza, encorvándose exageradamente y mirando hacia arriba, para no tocar el techo con la cabeza. Al final de una breve rampa, el camarero se detuvo frente a una mesa solitaria, resguardada entre una columna y la pared. Mara despidió al camarero con una sonrisa, inclinó y plegó trabajosamente su cuerpo hasta hacerlo caber en el espacio que quedaba entre la silla y la mesa, y en cuanto estuvo sentada empezó a consultar su teléfono móvil. De pronto alzó la cabeza, y miró a su alrededor. García se apartó de un salto, porque en su barrido rápido pero totalizador, los ojos de Mara habían apuntado por un instante a la ventana tras la que él se encontraba. Pero la de la giganta era la mirada miope de quien acaba de levantar la vista de la lectura y no ha tenido tiempo de enfocar, y era evidente que no le había visto, porque –según pudo comprobar García, asomando con cautela un único ojo– al poco rato estaba de nuevo consultando el teléfono con la misma indiferencia de hacía unos segundos.

De nuevo sintió cómo se derrumbaba, de un solo golpe brutal, toda la serenidad y la esperanza frágil que con tanta dificultad había conseguido edificar –después de su última alucinación– durante una interminable hora de dudas y reflexiones. Pero ahora, además, tenía que hacer algo, tenía que actuar, porque su mujer estaba allí, en el restaurante, esperando su llegada. Pero él no podía llegar. Por encima del miedo, de la sofocada angustia, de la necesidad que tenía en este caso de tomar alguna decisión y actuar cuanto antes, sintió García la certeza de que no podía entrar allí, que no sería capaz, que no tendría fuerzas para sentarse delante de Mara –de esa Mara absurda e inconcebible que ahora estaba viendo– y hablar con ella con una mínima coherencia, fuera para confesarle abiertamente lo que estaba viendo, o para disimular y explicarle tan sólo lo otro, las otras alucinaciones, las que nada tenían que ver con ella. No, no sería capaz, su mente retrocedía asustada en cuanto intentaba imaginar los detalles concretos de lo que sería aquella escena, el rostro de ella mirándole desde aquella altura, la posibilidad de que, sin previo aviso, alargara una mano para tocar la suya por encima de la mesa… Apartó de su mente aquellas imágenes estremecedoras. Una vez más sintió cómo la angustia se apoderaba de su mente, y una vez más hizo denodados esfuerzos por no dejarse arrastrar por ella. Se apartó de la ventana y empezó a desandar el camino que había hecho, como si quisiera volver a su casa; pero se alejó de ésta, la dejó atrás y siguió andando con un impulso centrífugo, que le llevaba hacia los barrios periféricos de la pequeña ciudad provinciana. Mientras tanto, iba pensando. Pensó en llamar a Mara por teléfono, después en enviar un mensaje, y después de nuevo en llamarla, aunque ello significaba preparar muy bien lo que pensaba decir, y tener capacidad de reacción, de improvisación, en caso de que ella le descolocara con alguna pregunta inesperada.

Al final decidió que le enviaría un mensaje. No sería ni rápido ni fácil, por su escasa habilidad en el manejo del teléfono, y porque la redacción del texto tenía que ser muy precisa y bien meditada. Buscó un banco para sentarse, bajo una farola –caminaba por una avenida ancha y solitaria, que moría ya a campo abierto– y sacó el teléfono con la intención de empezar a teclear. Entonces se dio cuenta de que tampoco podía ir a dormir a su casa esa noche, que no podía exponerse a un encuentro con Mara hasta que no hubiera hablado con el psiquiatra, hasta que no hubiera empezado a tomar la medicación que sin duda alguna iba a recetarle. Se trataba, tan solo, de un inoportuno desfase, de unas pocas horas que tenía que cubrir como fuese –tendría que buscar un hotel para pasar la noche–, y que ahora, con unas pocas palabras, tenía que justificar de forma que se entendiera, pero que tampoco resultara demasiado alarmante. Por su mente pasó la idea de inventarse una mentira, una inaplazable llamada de auxilio de algún familiar lejano, de su amigo Marcos, o mejor, de su hermano. Sí, eso: un viaje relámpago a París, por algún asunto que se tendría que inventar. Poco tardó en rechazar esa idea, por absurda, porque necesitaría –como todas las mentiras– de una cadena de pequeñas mentiras suplementarias, y porque Mara conocía todos sus contactos, e incluso era ella la que se había preocupado de guardar todos los teléfonos y las direcciones, y podía acceder en unos pocos segundos, con mucha más facilidad que él, a cualquiera de esas personas supuestamente necesitadas de auxilio.

Al final acabó redactando un texto muy neutro, en el que suprimió incluso cualquier referencia a la salud, y que en esencia incidía en su imposibilidad de contactar con ella hasta el día siguiente, aplazando para ese momento todas las explicaciones. Concluía el mensaje tranquilizando a su destinataria, y asegurándole que su ausencia nada tenía que ver con la infidelidad ni con su vida de pareja.

Una vez hubo repasado el texto varias veces, y enviado el mensaje, empezó a pensar en el asunto del hotel. Rechazó de buen principio la idea de ir a alguno de los hoteles del extrarradio, establecimientos de medio pelo, aunque modernos y confortables, que habían nacido al amparo de la autopista y la carretera general. Lo rechazaba porque significaba tener que sacar el coche del garaje, que estaba en los bajos del edificio de su vivienda, y por lo tanto le exponía a un encuentro con Mara. Por el mismo motivo, y considerando que se acababa de duchar y cambiar de ropa, no se arriesgó a pasar por el piso a recoger un pijama, una muda de ropa o el cepillo de dientes, convencido de que –aun en el hipotético caso de que tuviera que pasar una segunda noche fuera de casa– podía hacerse con esos objetos al día siguiente, por la tarde, antes de entrar en la oficina.

Decidió ir al antiguo hotel de la plaza del mercado, el único –aparte de algunas fondas de dudosa categoría– que estaba en el núcleo urbano de la población. El hotel, con un nombre que hacía referencia al pasado romano de la comarca, había recuperado hacía poco su tercera estrella, con una reforma que había traído consigo el último cambio de propietario.

García sólo quería dormir: cenar algo y acostarse cuanto antes, dormir como un tronco hasta las ocho, y luego pasar la mañana en la oficina, hasta la hora de ir a ver al psiquiatra. Se levantó del banco, dispuesto a recorrer, caminando sin prisas, el kilómetro escaso que le separaba del hotel. Entonces sonó su teléfono. Cuando vio que era una llamada de Mara, dejó que siguiera sonando en su bolsillo mientras empezaba a andar en la dirección contraria a la que le había llevado hasta allí.

Cenó en el mismo hotel, en un comedor silencioso y no muy bien iluminado, en el que él era el único comensal. Un camarero, tan silente como el propio comedor, asistió desde una esquina de la barra a toda la cena de García, con la única tregua de los pocos momentos en que desaparecía en busca del siguiente plato.

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