Presenté mi hoja de vida y luego una entrevista con el padre Mauricio García, en ese momento coordinador del equipo de Urabá. Me contrataron a partir de julio de 2000 para apoyar la estrategia de formulación e implementación de proyectos productivos para las familias de desplazados del norte del Chocó, en el municipio de Riosucio y que estaban en proceso de retorno, luego de durar casi cuatro años, desplazadas de sus tierras, y vivir en cambuches en el municipio de Mutatá y Ca-repa (Antioquia). El equipo de trabajo era fascinante: sicólogos, abogados, y un ingeniero agrónomo que trabajaba directamente conmigo; el trabajo también: desarrollar una estrategia para que más de 5.000 familias, recuperaran su territorio a partir del fortalecimiento organizativo, la formación política y la recuperación de sus procesos productivos, base de su seguridad alimentaria (cultivos como ñame, plátano, arroz, maíz, pesca artesanal, gallinas ponedoras); las familias se distribuían por cinco cuencas, de muchas más, tributarias del río madre, el río Atrato, que atra-vesaba mansamente el territorio chocoano, de sur a norte, hasta su desembocadura en el golfo de Urabá, entre Turbo (Antioquia) y Unguía y Acandí (norte de Chocó, frontera con Panamá).
Mi trabajo específico consistía en visitar las comunidades de estas cinco cuencas (de los ríos Montaño, Curvaradó, Domingodó, Truandó, Salaquí, Jiguamiandó), revisar sus necesidades, sus habilidades para la producción, apoyar la formulación de sus proyectos, comprar los insumos para los mismos, entregarlos y hacerles seguimiento. Una labor humanitaria, de mucho significado para estas familias que intentaban recuperar sus vidas y sus territorios, a partir de recuperar sus cultivos, sus animales, su pesca, los lugares para sus actividades tradicionales, fortalecer la estructura organizativa y sus compromisos con la vida, luego de que atravesaran un período de muerte, destrucción y violencia, generado por el enfrentamiento de los paramilitares bajo el mando de Carlos Castaño y su lugarteniente alias “el Alemán” con el frente 57 de la guerrilla de las Farc, para mantener el control de la zona, un corredor estratégico para el tráfico de coca y el comercio de armas, hacia Centro y Norteamérica.
Allí estaba yo, feliz, lejos de la bestia, aportando a la reconstrucción de esta zona del país, trabajando para el Cinep, una de las instituciones más antiguas en la defensa de los derechos hu-manos. Pero nada es para siempre y no hay felicidad completa. La bestia, en su egoísmo, no podía aceptar esta situación y se despertó y rugió como nunca lo había hecho, un fatídico viernes 9 de marzo de 2001, a escasos 13 meses de cumplirse el tiempo para la prescripción de la condena, luego de haber convivido con ella por más de 10 años.
El relato que sigue empieza el 9 de marzo de 2001 a las 6:00 p.m. y termina el viernes 12 de octubre del mismo año, a las 5:30 p.m., cuando el Juzgado Segundo de Descongestión de Penas de Seguridad, me otorgó el beneficio de la Casa por Cárcel, para terminar de pagar allí mi condena y da cuenta de mi experiencia en prisión durante 7 meses y cuatro días, tiempo físico que pagué por la sentencia injusta de 49 meses, por un delito que no cometí, en el que no participé, cometido en las cajillas de seguridad del Banco de Bogotá de la avenida 19 con carrera séptima, en Bogotá, ocurrido entre el 21 y el 26 de diciembre de 1990. Aquí está.
Marzo 9 de 2001 9:15 p.m.
Las primeras horas
Escribo para no ahogarme, para espantar el terror y los fantasmas que me atormentan. Escribo para no morir, para sentir que aún vivo y que solo se trata de una pesadilla de la que pronto despertaré. Escribo porque es mi único medio de escape, de trascender y atravesar estas cuatro paredes que me asfixian y sentir que aún estoy afuera.
Escribo porque se me retuerce el estómago en espasmos horribles, porque siento que mi cabeza de repente va a estallar en mil pedazos y mi cerebro va a quedar esparcido en pedacitos por el techo y las paredes de esta espantosa celda. Escribo por inercia, ¿Qué más puedo hacer? Escribo para no gritar mi desespero, mi angustia, mi abandono. Escribo como medio de defensa de un monstruo que me aprieta y asfixia, cual anaconda asesina.
Escribo para recordar a mi familia, quisiera estar a su lado, abrazado a ellos y nunca, nunca soltarlos. Escribo para calentar mi mano, mi alma, que se congelan en esta caverna inmunda de 3 x 3, para que los demonios que tengo al frente, uno de bigote rancio y dientes mugrientos y el otro de cabeza gigante y risa pendeja, no se me acerquen ni me hablen y me expelan su aliento fétido, de cigarrillo y marihuana. Para que crean que estoy muy ocupado y no se les ocurra interrumpirme.
Escribo porque sé escribir, porque aprendí las vocales y las consonantes en mi escuela de primaria, la Francisco Arango, al lado de la profe Lucía, que aunque parecía un simio científico, era dulce como una naranja pequeña.
Escribo porque tengo miedo, como nunca antes. Para despertar pronto, para que esta película de terror reproduzca “fin”, para calmarme, drogarme, emborracharme.
Escribo porque no sé qué más hacer, ¡HIJUEPUTAAA!
Hace apenas un par de horas, sobre las 6:15 p.m., María, una agente de la policía, me pidió la cédula en la Terminal de Transportes de Bogotá, hoy, en el día de los no hombres decretado por el alcalde Mockus, cuando me disponía a comprar el pasaje para Villavicencio. Se la entregué tranquilamente, confiado, como en tantos retenes que había pasado sin contratiempos. Sin embargo, en esta oportunidad María, se abrió la cremallera de su chaqueta verde oliva y sacó un radioteléfono. Ver el aparato, como una gran panela negra con antena, me produjo una punzada en el estómago.
–Central, central, para reportar un número
–qqqqq Aquí central, siga.
–1 7 3 4 1 7 9 1 –leyó despacio– siga.
– qqqq ya verifico.
Hubo un silencio atronador de 10 segundos. María me vio y sonrió.
–qqqqq cinco, cinco… tenemos un QRT.
–Me confirma central –dijo María.
–qqqqq confirmo, tenemos un QRT.
Empecé a temblar, se me aceleró el corazón.
–Necesito que me acompañe a la Estación, señor
–¿Pasó algo? –mi voz sonó tranquila.
–Al parecer tiene usted un pedido. Pero no se afane, puede ser un homónimo. Pasa con frecuencia.
Me acuerdo de Dios y lo invoco, le suplico que me rescate de esta situación. Es lo único que se me ocurre. Imaginé a mi familia esperándome para ir a comer y celebrar el día de la mujer, como lo había prometido 15 minutos antes por teléfono. No llegaré. Me empiezan a pulular las preguntas, comunes en estas situaciones: ¿qué pasó? ¿Por qué ahora que todo marchaba bien? ¿Qué cuenta de cobro se me está pasando?
Me empiezo a calmar, pero sé que vendrán malos tiempos. Quiero escribir, escribir y escribir para estar a salvo de pensar. La escritura me rescata, me mantiene a salvo, me desconecta de esta realidad asquerosa. Quiero pensar en mi familia para calmarme.
Caminé con María hasta la Estación 22, a un costado de La Terminal; allí me dejó con otros policías, que me miraron con displicencia. Otro potencial delincuente, pensarían, como todos los que llegan. Me quedé parado sin saber que hacer hasta que un policía que estaba frente a un computador con mi cédula en la mano, me dijo:
–¿Usted es Roberto Sanabria?
–Sí, dije.
–Pues hermano, acá le aparece una boleta de captura por hurto agravado y calificado. ¿Sabe de qué se trata?
No supe que responder, estaba en blanco. Un capitán malacaroso me repitió la pregunta con sorna. Respondí que sí, que sabía. Pero no era yo el que respondía.
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