José Antonio Pagola Elorza - Vaticano, el final de un mundo

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Entre escándalos planetarios y luchas intestinas, ¿ado´nde va la Iglesia cato´lica? ¿Marcara´ el pontificado de Francisco el fin del papado clásico? ¿Como afrontara el mañana la primera religio´n en el mundo? Crisis moral, de gobierno, doctrinal, escandalos sexuales y financieros…, nunca la Iglesia parece haber estado tan agitada como ahora.Para comprender esta situación se ofrece una relectura de los pontificados de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, asi como de la lucha emprendida por el papa Francisco desde su llegada al solio de San Pedro para detener estos azotes. De la negacio´n a la consideracion, este libro pasa revista a las reacciones y fracturas del mundo cato´lico y sugiere pistas de reforma para poner fin a ese «clericalismo» que, para el papa, es la fuente de todos los abusos.

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Un año después de Austria estalla en Francia el asunto René Bissey, nombre de ese sacerdote de la diócesis de Bayeux-Lisieux reconocido culpable de violación y otras agresiones a una decena de menores y condenado a dieciocho años de prisión. Pero, cuando a su vez, en 2001, su obispo, Pierre Pican, es condenado a prisión –tres meses de prisión condicional– por el tribunal de apelación de Calvados por no haber denunciado a este pederasta, el asunto se hace internacional. Un obispo católico condenado a prisión es una primicia, y el asunto francés actúa de detonador. El episcopado adopta una lista de medidas restrictivas, pero en Roma es la hora del desquite. Darío Castrillón Hoyos, el cardenal colombiano que dirige la Congregación del Clero, dirige al obispo francés condenado un correo de felicitación porque ha tenido el «honor» de negarse a denunciar a uno de sus sacerdotes a la justicia penal.

Por contagio, en Estados Unidos, Australia y Alemania se produce un alud de noticias de agresiones cometidas por sacerdotes o religiosos contra menores. El epicentro del escándalo es Boston, en donde el cardenal Bernard Law es acusado de haber encubierto a decenas de sacerdotes de su diócesis culpables de abusos repetidos. El Boston Globe destaca una veintena de investigadores y publica, en 2002, una serie de artículos arrasadores. Con la muerte en el alma, el papa se resigna a aceptar la dimisión del cardenal americano, a quien se sentía cercano. Juan Pablo II, al límite de sus fuerzas, está atónito. Está obsesionado con el recuerdo de los años negros de Polonia, en los que las acusaciones de abusos sexuales eran lanzadas de modo habitual por los servicios de la policía comunista para oscurecer la imagen de los sacerdotes y debilitar a una Iglesia enemiga del régimen.

Sin embargo, no se queda parado. En abril de 2002 convoca una cumbre de todos los cardenales y arzobispos americanos. En ella se denuncian los abusos como un crimen, «un espantoso pecado a los ojos de Dios», pero por entonces y en lo referente a las víctimas se limita a decir cuatro cosas generales de ellas y se contenta con un recuerdo minimalista del deber de «caridad». Afortunadamente, a la cabeza de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Ratzinger barre las resistencias y consigue que Juan Pablo II firme un motu proprio el 20 de abril de 2001 que obliga a cada obispo a elevar a Roma los asuntos sensibles de su territorio. Un mes más tarde añade una «instrucción» personal sobre los «delitos más graves» (De delictis gravioribus), que detalla los procedimientos y sanciones que hay que adoptar contra los sacerdotes culpables. Con Ratzinger, el Vaticano cambia de marcha, pero emplea en ello veinticinco años antes de medir el alcance de los abusos, que en su mayor parte se remontan a los años setenta, bajo la presión de un entorno que cambiaba a mayor velocidad que él. Veinticinco años son una eternidad para las víctimas que reclaman justicia y para un mundo que se impacienta.

Pero volvamos al 8 de abril de 2005. El día de las exequias de Juan Pablo II, también estamos muy lejos de conocer toda la verdad sobre el escándalo Maciel. Maciel, nombre tomado del apellido del sacerdote Marcial Maciel Degollado (1920-2008), que había fundado en los años cincuenta los Legionarios de Cristo, y su pasado criminal: pederastia, doble vida, maltratos, adicción a la droga, usurpación de identidad, abuso de poder, desvío de fondos, corrupción y tráfico de influencias. El asunto Maciel quedará como una de las sombras del pontificado de Juan Pablo II. Saca a la luz, de manera cruda, todos los mecanismos de protección que el Vaticano había empleado en el momento de los primeros escándalos de pederastas para salvar la reputación de la Iglesia y las maniobras que permitieron a este depredador especial no solo escapar a la justicia, sino incluso manipular al papa en persona y abusar de sus colaboradores, convertidos, de hecho, en sus cómplices.

El caso Maciel era conocido por los archivos del Vaticano desde... 1956, fecha en la cual este sacerdote y enseñante mejicano había sido suspendido por primera vez por tocamientos a jóvenes seminaristas. Otras informaciones llegarán a la justicia de su país y a Roma, pero no tendrán continuidad. El personaje ha puesto en pie un sistema de autoprotección de una terrible eficacia. Impone a sus legionarios el voto de silencio absoluto, que no solo les prohíbe cualquier frase malévola sobre él, sino que les obliga a denunciar a quienes se entreguen a la maledicencia. De este modo, Maciel ha llegado a considerarse inocente y evitar toda persecución. Gracias a su don de gentes, a su dominación sobre la Iglesia mejicana y a sus lazos con el mundo de las finanzas consigue incluso el alarde de hacer de los Legionarios de Cristo una de las más poderosas maquinarias al servicio de Juan Pablo II. Crea una quincena de universidades en Roma y América Latina, decenas de seminarios, colegios, instituciones religiosas y escuelas para niños desfavorecidos. La Legión cuenta en el año 2000 hasta con 700 sacerdotes y 3.000 seminaristas, y además decenas de miles de laicos comprometidos, especialmente en América Latina, en un movimiento paralelo llamado Regnum Christi.

Mientras que su obra está en pleno ascenso, Maciel lleva una doble vida, incluso una triple vida, con dos mujeres en Madrid –con las que ha tenido tres hijos– y una compañera en Méjico. Su tren de vida –coches deportivos, hoteles de lujo– es fastuoso. Pero le siguen rumores de tocamientos sexuales a jóvenes e incluso a los hijos de su propia compañera mejicana. En Roma, cada año las pruebas de su doble vida se apilan en el despacho de Ratzinger. Las reclamaciones se redoblan. En 1997 llegan del interior mismo de la organización, firmadas por siete sacerdotes legionarios. Pero el Vaticano no hace nada. El acusado tiene cercados al cardenal Sodano y al secretario polaco del papa, Stanisław Dziwisz, de cuyos favores goza. Después del éxito de su primer viaje a Méjico en enero de 1979, Juan Pablo II quedó encaprichado con Maciel, le defiende contra todos los rumores, le erige como modelo de entrega, celo apostólico y santidad. En noviembre de 2004, en el sexagésimo aniversario de su ordenación, se deja fotografiar con él. Maciel lleva el cinismo hasta presentarle a sus hijos, Raúl y Martita, sin decirle quiénes son, para recibir la comunión.

Una de las mejores investigadoras de este escándalo, Franca Giansoldati 4, se pregunta cómo explicar «esta turbia relación entre el papa más popular de la historia y el hombre más malhechor que la Iglesia haya conocido desde hace siglos».

El asunto Maciel es el síntoma casi clínico de la ceguera de Juan Pablo II y de la corrupción de su entorno. Miedo a hacerle llegar los asuntos penosos, indulgencia mal aplicada, franca implicación... El adagio dice que, cuando el diablo consigue entrar en el aprisco, ¡hay que sospechar del aprisco! De hecho, el cardenal Angelo Sodano, antiguo nuncio en el Chile de Pinochet, promovido en 1991 a secretario de Estado por su conocimiento de América Latina, hizo todo lo posible por ayudar al mejicano Maciel a desarrollar su empresa y por poner obstáculos a Ratzinger. La Legión era inmensamente rica. En 2003, el Wall Street Journal evaluó en 650 millones de dólares su presupuesto anual. ¿Cómo resistirse a tal maná? ¿Cómo no sucumbir a la generosidad de un Maciel que se paseaba con fajos de dólares en los bolsillos y sostenía al sindicato Solidarność en Polonia? Es sabida la influencia que ejerció sobre un Juan Pablo II convencido de que la Iglesia de Méjico estaba tan oprimida como las del bloque comunista y amenazada por el ascenso de las sectas pentecostales y por teólogos pretendidamente marxistas.

Los principales cuadros del régimen wojtyliano, Stanisław Dziwisz, Angelo Sodano, Franc Rodé, Leonardo Sandri y tantos otros obispos, en Méjico y en el mundo, han quedado muy salpicados por este escándalo por haberse beneficiado de la generosidad de Maciel 5. Desde hacía mucho tiempo habrían debido explicarse, hacer propósito de enmienda, pedir perdón y rendir cuentas. Pero nada. Siguen alegando ignorancia y admiten solamente haber sido manipulados por un mistificador genial. Será el cardenal Ratzinger, el único enemigo de la talla de Maciel, quien acabe por abrir los armarios. No aguantando más, cuando Juan Pablo II, ya muy debilitado, a finales del 2004, rinde un nuevo homenaje de apoyo a la Legión y a su fundador, desencadena contra el sacerdote mejicano el procedimiento disciplinario que retenía desde hacía tiempo. En 2006, ya papa, Benedicto XVI reducirá a Maciel al silencio, y a su Orden legionaria, a una gran operación de transparencia, de la que no se recuperará de verdad jamás.

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