James Joyce - Mi hermano James Joyce

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En el
centenario de la publicación del
«Ulises», la
vida de Joyce narrada por su
hermano Stanislaus. Recuerdos del entorno creativo y su trágica vida familiar. Ser hermano de un autor famoso confiere grandes obligaciones y muy pequeñas distinciones. El
profesor Stanislaus Joyce sobrellevó su carga con nobleza y disconformidad. A pesar de sus reservas, vivió una vida en gran parte moldeada por su hermano, combatió el derecho de los demás a criticar a James y, en el momento de su muerte, llevaba escrita una parte sustancial de las memorias de su vida en común, donde presenta un cuadro de la carrera de James Joyce y de la vida familiar hasta sus veintidós años, con vistazos ocasionales a lo que vendría después. «He leído este libro dos veces y me he sentido fascinado y sorprendido por la personalidad de este hombre (…) víctima de emociones encontradas de cariño, admiración y rivalidad, una lucha en cuyo desarrollo, en ciertos momentos, veía a su famoso hermano con asombrosa lucidez.»
T. S. Eliot

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Tiempo atrás había entrado en un convento con intención de tomar los hábitos; pero, antes de profesar el voto final, murió un hermano que le legó una suma de dinero bastante elevada. Dejó el convento y pronto contrajo matrimonio con un mal hombre a quien, no obstante, consideró una bendición del cielo. Recuerdo que lo describían alto, solemne y calvo. Desempeñaba un importante cargo en el Banco de Irlanda, donde tenía siempre un par de pantalones listos para llevar en la oficina, de manera que aparecía en público con los pantalones elegantemente planchados. Cuando invitaban a la flamante pareja a cenar, él leía un libro antes de salir, a fin de tener tema de conversación. También tenía el recomendable hábito de rezar en mitad de la noche, al tiempo que sorbía unos huevos crudos. Tras un par de años de vida matrimonial, decidió que le iría mejor en Sudamérica, y ciertamente así fue. Partió hacia Buenos Aires, con la mayor parte de la fortuna de su esposa, que no volvió a ver a su marido ni al dinero. Ella debía seguirlo, pero sus cartas, siempre escasas, se hicieron cada vez más raras. En un intento colosal de juguetear, su esposa le escribió remedando una canción popular de su tiempo:

Jumbo said to Alice:

“I love you”

Alice said to Jumbo:

“l don’t believe you do;

For if you really loved me,

As you say you do,

You’d never go to Yankee Town

And leave me in the zoo”.

[Jumbo dijo a Alice:

“Te amo”.

Alice dijo a Jumbo:

“No lo creo,

pues si me amaras realmente,

como dices,

no hubieras ido a Yankee Town

ni me habrías dejado en el zoológico”.]

Esta humorada paquidérmica lo ultrajó tanto que, luego de una carta indignada, jamás volvió a escribir y ella perdió su rastro. Fue una amarga experiencia y cayó sobre quien debía caer. Quizá ella sentía que tenía que saldar deudas con su conciencia. Cualquiera fuera la causa, lo cierto es que era la persona más intolerable que tuve la desventura de conocer.

Se la consideraba mujer inteligente y sagaz –en verdad era, sin lugar a dudas, estúpida–, y se le permitió intervenir más de lo necesario en el gobierno y la educación de los niños. Fue aquella una generación prolífica, pero con una limitada comprensión de la infancia. Dante fue más decidida y consecuente que los demás en su creencia de que los niños llegan al mundo ostentando sombrías marcas del pecado original. En sus mejores momentos nos llevaba, en las fiestas de Navidad, a ver el pesebre de Inchicore, con las figuras de cera de la Sagrada Familia, los reyes magos, los pastores, los caballos y los bueyes, los corderos y los camellos, reunidos todos en la entrada, haciendo gala de su miserable y polvorienta grandeza. [6]Con su característico mal humor, nos llevó a ver un cuadro titulado El último día en la National Gallery. Se trataba de un tremendo cataclismo, amenazadoras nubes de tormenta, relámpagos espeluznantes, montañas que se derrumbaban, y las pequeñas figuras desnudas de los pecadores con las contorsiones de la desesperación –“¡Oh, por qué lo hice!”–, implorando piedad, mientras caían sobre ellos enormes piedras. En otro rincón de la tela, los bienaventurados se elevaban al cielo con los brazos cruzados sobre el pecho. No recuerdo si Dios Todopoderoso estaba o no en el cuadro, pero en cualquier caso era evidente que Él –o quizá debería decir, Su Eternidad– se empleaba a fondo en castigar a los pecadores.

Otro incidente también ha quedado grabado en mi memoria. Sucedió un día en que yo había salido con la niñera y caminaba al lado del cochecito ocupado por no recuerdo ya qué hermano o hermana. Pasábamos por Little Bray cuando vimos salir un cortejo fúnebre de una de las casas de dos pisos que había allí. Quizá la niñera se detuvo a mirar; sacaban un pequeño ataúd, y apareció una mujer gritando en la ventana más alta con intención de tirarse, pero la sujetaron las personas que se hallaban en la habitación. En la conversación en casa, a nuestro regreso, sobre el incidente, alguien, probablemente la niñera, dijo que la causa de la desesperación de la madre era que la criatura no había sido bautizada. Dante nos explicó entonces que esa criatura no iría jamás al cielo. Lo que quería decir era: “Así ustedes pueden ver lo que sucede. La criatura no podrá ir al cielo. Ahora se dan cuenta de lo que pasa cuando no se bautiza inmediatamente”. Estábamos todos debidamente impresionados, porque parecía la cosa más natural del mundo que Dios fuera una especie de ogro ebrio, con menos misericordia que el más insignificante de los hombres. Pero, de alguna manera, el suceso se instaló en mi mente con referencia a Dante. Su falso nombre le sentaba bien. No creo que hubiera oído siquiera mencionar la Divina comedia, pero su devota admiración por el cuadro El último día me hace pensar que, de haber leído el “Infierno”, se hubiera impresionado también, devotamente, por su descomunal sadismo. Sin embargo, estaba en su derecho. Recuerdo a uno de nuestros maestros jesuitas en el Belvedere College, declarando, impresionado, en una clase de instrucción religiosa sobre la confesión y el uso de la razón, que le había sido revelada, no recuerdo ahora a qué santo rufián, posiblemente a San Agustín, que había un niño de siete años en el infierno. Mi hermano hace discutir el asunto a algunos estudiantes de la Universidad Católica en Retrato del artista adolescente y pone parte de su propia ira en boca de Temple. Jim solía decir que la Iglesia era tan cruel como las viejas prostitutas. En la novela modifica la frase.

Sin embargo, Dante no carecía totalmente de ternura; nos pedía a los niños que le guardáramos el papel de seda que envolvía los paquetes, [7]y cuando le entregábamos unas hojas delante de las visitas, su alma económica se agitaba en medio de su gordura, y luego se moría de risa cuando se iban las visitas. Murió apropiadamente del corazón muchos años después y, tras una adecuada cuarentena en el Purgatorio, sin duda se elevó directamente al cielo en el último día, con su cuerpo glorificado (no necesitaba papel de seda) para unirse al coro de ángeles y cantar “Él es alegre y buen compañero” por siempre jamás.

Del pequeño grupo de los que estimaban a mi hermano, el más sincero era el hombre que aparece en Retrato del artista adolescente con el nombre de señor Casey, John Kelly de Tralee. Había estado varias veces en la cárcel por sus discursos proselitistas en favor de la Land League. A consecuencia de estos períodos de encarcelamiento, su salud comenzó a declinar y murió unos diez u once años más tarde. Tras cumplir cada condena, mi padre lo invitaba a Bray para que se recuperase a orillas del mar. Recuerdo dos o tres de sus estancias con nosotros y la reserva que nos impusieron tras su huida a Dublín para no ser arrestado, una huida nocturna que puso fin a la que sería su última visita a Bray. El oficial que vino al anochecer para avisar que había llegado una orden de arresto a nombre del señor Kelly, cuya comunicación él demoraría hasta la mañana siguiente, era un hombre muy alto, musculoso, de Connaught, que arrollaba a mi padre y al señor Kelly cuando conversaban con él. Procedía del país de los Joyce –su apellido, naturalmente, era Joyce– y era un devoto adicto de mi padre. Hay una mención del episodio en Retrato del artista adolescente.

No creo que una familia de seis niños pequeños haya interferido en el descanso y el aire marino de que gozaba John Kelly en ese hermoso “refugio a orillas del mar”. Eso era demasiado ampuloso y moderno para Bray, con sus aproximadamente cien modestos veraneantes, aun cuando la reina de Rumanía, “Carmen Silva”, nos honrara un verano con su visita. El señor Kelly me llevaba a menudo a caminar y a pasear en burrito. Mi hermano no debía estar en casa, porque, de haber estado, no hubiera sido yo el preferido, de modo que debió suceder después de su partida a Clongowes por primera vez. Si así fue, yo no tenía entonces más de cuatro años. Sin embargo, recuerdo nítidamente la ocasión en que el burrito se escapó conmigo encima. Cuando el muchacho encargado del burro, que me había puesto sobre la silla de montar, se desentendió un momento de la bestia, ésta partió al galope y John Kelly y el muchacho detrás, en veloz persecución. Debía correr mucho, porque no lograron alcanzarlo. John Kelly evidentemente no estaba entrenado. La calle tenía una pequeña curva, y al final había un paso a nivel. John Kelly, que acostumbraba a contar el episodio con frecuencia, decía que al ver en la vuelta de la calle desaparecer el gorro rojo con la borla danzarina que yo usaba, me dio por perdido. Temió que las barreras del paso a nivel estuvieran bajadas y yo saltaría sobre ellas y caería bajo un tren que pasaría en ese momento. Pero el camino estaba libre y el burro continuó su galope. Yo estaba prendido al burro y encantado de que al fin corriera, porque nunca había logrado que hiciera más de un trote de cuarenta o cincuenta yardas, por más que hubiera halagado al perezoso cuidador para que le diera con la fusta. Retrospectivamente, o aún confusa, después de más de sesenta años, mi divertida carrera parece que no fue muy corta. Después del paso a nivel, atravesamos un parque o jardín muy grande, de altas verjas, y luego, creo, tomamos hacia la izquierda en dirección a la calle principal de Bray, donde hay una fuente, frente a Town Hall. Era un burro irlandés y su vigor se debió al hecho de que deseaba un trago.

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