Anthony Trollope - El doctor Thorne

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Un honrado médico rural de sólidos principios y su sobrina Mary provocan una honda conmoción en la clase alta rural de Barchester, representada por las ostentosas familias Gresham y De Courcy. La mansión de los Gresham atraviesa problemas, el mayor de los cuales es el empeño de Frank, el heredero, en casarse con Mary.
Animosa, leal y sincera, Mary no posee nada de valor, salvo ella misma. A su alrededor girarán las damas de ambas familias, que contrastan por su esnobismo. Ante los altibajos del amor en la joven pareja, el doctor Thorne aporta su integridad y su fidelidad a los propios principios.

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No está mal ser hijo político de un poderoso conde, miembro del Parlamento por un condado, poseedor de un escaño inglés con solera y de una fortuna inglesa también con solera. Como hombre muy joven, Frank Gresham halló bien agradable la vida en que se vio inmerso. Se consoló como mejor pudo de las miradas recelosas con que le saludaban los de su propio partido, y se tomó la revancha haciendo buenas migas con sus adversarios políticos. De un modo frívolo, como una mariposa alocada, se acercó a la luz brillante y, como las mariposas, se quemó las alas. A principios de 1833 se convirtió en miembro del Parlamento y en el otoño de 1834 llegó la disolución. Los miembros jóvenes de veintitrés o veinticuatro años no piensan en algo como la disolución, olvidan las ilusiones de sus electores y se enorgullecen demasiado del presente para preparar el futuro. Así sucedió con el señor Gresham. Su padre fue durante toda su vida miembro por Barsetshire y él deseaba para sí una prosperidad semejante, como si eso fuera parte de su herencia, pero fracasó a la hora de encaminarse hacia el escaño de su padre.

En el otoño de 1834 llegó la disolución, y Frank Gresham, y con él su honorable esposa y todos los De Courcy, halló que había ofendido mortalmente al condado. Para su disgusto, surgió otro candidato en calidad de compañero del difunto colega y, a pesar de que presentara valientemente batalla y gastara diez mil libras en el empeño, no pudo recuperar su puesto. Un alto tory con grandes intereses whig detrás apoyándole no es una persona popular en Inglaterra. Nadie puede confiar en él, aunque haya quien desee colocarle, con cierta desconfianza, en un lugar elevado. Este era el caso del señor Gresham. Eran muchos los que querían, por motivos familiares, que continuara en el Parlamento, pero nadie pensaba que fuera el adecuado para estar allí. Como consecuencia, sobrevino una pugna encarnizada y costosa. Frank Gresham, cuando le gastaban la broma de que era whig, maldecía a la familia De Courcy y luego, cuando le ridiculizaban por haber sido abandonado por los tories, maldecía a los amigos de su padre. Así, entre ambos frentes, se hundió y, como político, jamás volvió a resurgir.

Jamás volvió a resurgir, pero en dos ocasiones hizo un gran esfuerzo por lograrlo. Por variadas causas, las elecciones en Barsetshire del este se sucedían con rapidez en aquellos días y, antes de cumplir los veintiocho años de edad, el señor Gresham ya había sido derrotado tres veces. En honor a la verdad, se daba por satisfecho con la pérdida de sus primeras diez mil libras, pero Lady Arabella tenía mayores aspiraciones. Se había casado con un hombre poseedor de buena casa y fortuna. Sin embargo, no se había casado con un plebeyo ni había renunciado a su alta cuna. Para ella, su esposo debía por derecho ser miembro de la Cámara de los Lores y, si no, era esencial que obtuviera un escaño en la cámara baja. Si se sentaba a esperar, acabaría por caer en la nada como esposa de un mero señor rural.

Estimulado así, el señor Gresham repitió tres veces la lucha infructuosa y la repitió cada vez con un alto coste. Perdió dinero, Lady Arabella perdió los nervios y las cosas no continuaron en Greshamsbury con la misma prosperidad que en los días del anciano señor.

Durante los primeros doce años llegaron los niños con rapidez al cuarto infantil de Greshamsbury. El primero en nacer fue un niño y en esos días felices, cuando aún vivía el anciano señor, fue grande la dicha por el nacimiento del heredero de Greshamsbury. Se encendieron hogueras por todo el campo, se asaron bueyes enteros y se llevaron a cabo las celebraciones de júbilo acostumbradas entre los ingleses con esplendoroso brillo. Pero cuando llegó al mundo la novena niña y el décimo bebé, la manifestación externa de júbilo ya no fue tan grande.

Luego surgieron otros problemas. Algunas de las niñas eran enfermizas. Lady Arabella tenía sus defectos, tales que perjudicaban en extremo la felicidad del esposo y la suya propia. Pero el de mostrarse indiferente como madre no se contaba entre ellos. A diario y durante años echaba en cara al marido que no estuviera en el Parlamento, le echaba en cara que no amueblara la casa de Portman Square, le echaba en cara que no admitiera en invierno a más invitados en Greshamsbury Park a pesar de que la casa los podía acoger; pero ahora cambiaba de asunto y le preocupaba con que Selina tosiera, con que Helena tuviera fiebre, con que la columna vertebral de la pobre Sophy fuera endeble y con que el apetito de Matilda hubiera desaparecido.

Dicho sea que era perdonable preocuparse por estos motivos. Así era; pero apenas era perdonable el modo. La tos de Selina no era del todo atribuible a los muebles anticuados de Portman Square, ni la columna vertebral de Sophy se beneficiaría materialmente porque su padre obtuviera un escaño en el Parlamento, y, aun así, si se oyera a Lady Arabella discutir estos asuntos en reuniones familares, se creería que ella esperaba tales resultados.

Tal y como estaban las cosas, sus pobres hijas iban y venían de Londres a Brighton, de Brighton a unos baños alemanes, de los baños alemanes a Torquay, y de allí —en lo concerniente a las cuatro que hemos nombrado— adonde ya no se podía viajar más bajo las instrucciones de Lady Arabella: la muerte.

Al único hijo varón y heredero de Greshamsbury lo llamaron como a su padre, Francis Newbold Gresham. Habría sido el héroe de nuestra historia si no hubiera ocupado ese lugar el médico del pueblo. Aquellos que gusten, que lo contemplen así. Es él quien va a ser nuestro personaje masculino favorito, quien va a realizar escenas de amor, quien va a sufrir pruebas y dificultades y quien va a ganar o no, según sea el caso. Ya soy demasiado mayor para ser un autor duro de corazón. Por eso no es probable que muera con el corazón partido. Los que no aprueben como héroe a un médico rural soltero de mediana edad, pueden considerar que lo es el heredero de Greshamsbury y pueden titular el libro, si así quieren, como «Los amores y las aventuras del joven Francis Newbold Gresham».

Y el señor Frank Gresham no se adaptaba mal para desempeñar el papel de héroe. No compartía con sus hermanas la debilidad de salud y, aunque era el único muchacho de la familia, superaba a todas sus hermanas en cuanto al aspecto personal. Desde tiempo inmemorial los Gresham era apuestos. Eran de frente ancha, ojos azules, pelo rubio, nacidos con un hoyuelo en la barbilla y con ese gesto agradable, aristocrático y peligroso en el labio superior que tanto puede expresar buen humor como desprecio. El joven Frank era de cabo a rabo todo un Gresham y era el ojo derecho de su padre.

Los De Courcys nunca habían sido gente corriente. Había demasiada grandeza, demasiado orgullo, casi se puede afirmar con justicia que demasiada nobleza en sus andares y en sus modales, e incluso en sus rostros, para permitir que se les considerara corrientes, pero no constituían una familia moldeada por Venus o Apolo. Todos eran altos y delgados, de pómulos elevados, frente grande y ojos grandes, dignos, fríos. Las muchachas De Courcy tenían todas buen cabello y, como también poseían modales nada afectados y facilidad para la conversación, conseguían pasar ante el mundo como bellezas hasta que las absorbía el mercado matrimonial y, de este modo, a la larga al mundo ya no le importaba si eran bellezas o no. Las señoritas Gresham estaban creadas en el molde De Courcy y no eran por ello menos queridas por su madre.

Las dos mayores, Augusta y Beatrice, vivían y al parecer era probable que vivieran. Las cuatro siguientes se apagaron y murieron una tras otra, todas el mismo triste año. Las enterraron en el cementerio nuevo y bien cuidado de Torquay. Venía luego un par de florecillas, nacidas a la vez, débiles, delicadas, frágiles, de pelo oscuro y ojos también oscuros, de rostro delgado, alargado y pálido, de manos largas y huesudas y pies largos y huesudos, a quienes la gente contemplaba como si fueran a seguir con pasos rápidos la suerte de las otras hermanas. Sin embargo, ni la siguieron ni sufrieron como habían sufrido sus hermanas, y ciertas personas de Greshamsbury lo atribuían al hecho de que en la familia había habido un cambio de médico.

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