Mary Thorne es el tipo de mujer más valorado por Trollope —intrépida, animosa, leal y sincera—. No posee nada de valor salvo ella misma, y lo sabe. A su alrededor, giran las damas de Courcy y Gresham, en sus diversos grados de esnobismo y estupidez, y sirviendo como contraste a la gran valía y dignidad de Mary. Ella sabe amar de verdad, y eso es lo que de verdad importa.
Esta absorbente historia, es pues, una novela sobre dinero y clase y poder; sobre privilegios y riqueza versus lealtad y cálidos sentimientos, pero sobre todo, es una novela sobre la grandeza de ser fiel a los propios principios.
C. G. A.
1. Los Gresham de Greshamsbury
Antes de presentar al lector al modesto médico rural que va a ser el protagonista de esta historia, vale la pena conocer algunos pormenores en cuanto a los habitantes y al lugar en que nuestro médico ejercía su profesión.
Hay un condado al oeste de Inglaterra, no tan lleno de vida ni de tanto renombre como algunos del norte conocidos por su industria, pero que es, no obstante, muy querido por quienes lo conocen bien. Los verdes pastos, el ondeante trigo, las veredas anchas, umbrías y —añadamos— sucias, los senderos y cercas, las iglesias rurales, de color oscuro y bien construidas, las avenidas de hayas y las frecuentes mansiones Tudor, la tradicional caza, la elegancia social y el aire general de clase que lo impregna, lo han convertido para sus propios habitantes en la privilegiada tierra de Gosen[1]. Es eminentemente agrícola, agrícola en su producción, agrícola en su pobreza y agrícola en sus placeres.
Como es natural, hay ciudades en él, almacenes que guardan semillas y provisiones, donde se sitúa el mercado y se celebran los bailes, adonde regresan los miembros del Parlamento, en general —y a pesar de proyectos de reforma pasados, presentes y venideros— nombrados gracias al dictado de algún terrateniente poderoso; de donde proceden los carteros rurales y donde se localiza el suministro de caballos de posta necesarios para los visitantes. Sin embargo, estas ciudades no añaden nada a la importancia del condado, pues, con la excepción de la ciudad principal, consisten en una serie de calles vacías, carentes de actividad. Todas poseen dos fuentes, tres hoteles, diez tiendas, quince cervecerías, un vigilante y un mercado.
En realidad, la población de las ciudades no cuenta en absoluto por lo que respecta a la importancia del condado, con la excepción, como antes se ha dicho, de la ciudad principal, que es además ciudad catedralicia. Existe una aristocracia clerical, que no sería nada si no se le concediera la debida importancia. El obispo residente, el deán también residente, el arcediano, tres o cuatro capellanes y todos los numerosos vicarios y adjuntos, conforman una sociedad lo bastante poderosa como para tener peso en la aristocracia rural del condado. En otros aspectos, la grandeza de Barsetshire depende en su totalidad de sus poderosos hacendados.
Barsetshire, no obstante, no es ahora un todo como lo era antes de que el Proyecto de Reforma lo dividiera. Hay en la actualidad un Barsetshire del este y un Barsetshire del oeste, y la gente entendida en las cosas de Barsetshire declara que se puede percibir cierta diferencia de sentimientos y cierta división de intereses. El este del condado es más conservador que el oeste. Hay, o hubo, algo de peelismo[2] en este último. Por consiguiente, la residencia de magnates whig como el Duque de Omnium y el Conde de Courcy en cierto modo ensombrece y quita influencia a los caballeros que viven en las cercanías.
Es en Barsetshire del este donde nos detendremos. Cuando se contempló por vez primera la división arriba mencionada, en esos días tormentosos en que hombres bizarros combatían las reformas ministeriales, si no con esperanzas sí con valor, libró batalla más valiente que nadie John Newbold Gresham de Greshamsbury, miembro del Parlamento por Barsetshire. Los hados, sin embargo, y el Duque de Wellington[3] fueron adversos y en las siguientes elecciones parlamentarias John Newbold Gresham fue miembro sólo por Barsetshire del este.
Si era o no cierto, como se dijo en su tiempo, que le partió el corazón el aspecto de los hombres con quienes se tuvo que relacionar en St. Stephen’s[4], no nos incumbe dilucidar. Es auténticamente cierto que no vivió para ver el primer año del Parlamento ya reformado. El entonces señor Gresham no era un anciano en el momento de su muerte, y su hijo mayor, Francis Newbold Gresham, era un hombre muy joven, pero, a pesar de su juventud y a pesar de otros impedimentos que se alzaban en medio del camino para su nombramiento, y que deben relatarse, fue elegido para ocupar el cargo de su padre. Los servicios prestados por el padre eran demasiado recientes, demasiado apreciados, demasiado en armonía con el sentir de los allegados como para permitir otra elección y, de este modo, el joven Frank Gresham se halló siendo miembro por Barsetshire del este, aunque los mismos hombres que le votaron sabían que tenían motivos poco convincentes para confiar en él.
Frank Gresham, aunque entonces sólo contaba veinticuatro años de edad, era un hombre casado y padre de familia. Había elegido esposa y su elección había dado motivos de desconfianza a los hombres de Barsetshire del este. Se había casado nada menos que con Lady Arabella de Courcy, hermana del gran conde whig que vivía en Courcy Castle, en el oeste: del conde que no sólo votó a favor del Proyecto de Reforma, sino que, con infamia, había contribuido activamente a convencer a otros jóvenes nobles para que votaran igual, y cuyos nombres, por tanto, apestaban ante las narices de los incondicionales señores tory del condado.
No sólo se había casado así Frank Gresham, sino que, habiendo elegido una esposa de un modo tan inapropiado y tan poco patriótico, había agravado su pecado haciéndose imprudentemente íntimo de los parientes de su esposa. Es verdad que aún se llamaba a sí mismo tory, que pertenecía al club del que su padre había sido uno de los más honorables miembros y, en los días de la gran batalla, se abrió una brecha en la cabeza en el lado derecho; pero, no obstante, para la buena gente de Barsetshire del este que le era leal, un residente constante de Courcy Castle no podía considerarse como un consistente tory. Sin embargo, cuando su padre murió, su cabeza partida le fue útil: sacó partido a la herida por la causa y esto, junto al mérito de su padre, inclinó la balanza a su favor, y se decidió unánimemente, en una reunión en el George and Dragon de Barsetshire que Frank Gresham ocuparía el puesto de su padre.
Pero Frank Gresham no ocupó el puesto de su padre. Le quedaba demasiado grande. Se convirtió en miembro por Barsetshire del este, pero fue tal miembro —tan poco entusiasta, tan indiferente, tan propenso a relacionarse con los enemigos de la buena causa, tan poco inclinado a entablar el buen combate—, que pronto decepcionó a aquellos que más respetaban la memoria del anciano señor.
Courcy Castle en aquellos tiempos tenía grandes encantos para un joven, y todos esos encantos conquistaban al joven Gresham. Su esposa, que era uno o dos años mayor que él, era una mujer elegante, con gusto y aspiraciones completamente whig, como digna hija del gran conde whig. Le importaba la política, o pensaba que le importaba, más que a su esposo: pues uno o dos meses previos al compromiso, estuvo metida en asuntos políticos, porque le habían hecho creer que muchas de las leyes inglesas dependían de las intrigas políticas de las mujeres de Inglaterra. Era de las que de buena gana haría algo si supiera cómo, y su primer e importante intento fue convertir a su respetable y joven marido tory en un whig de segunda categoría. Como esperamos que el carácter de esta dama se muestre en las páginas siguientes, no es necesario describirla con más detalle.
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