Liz Fielding - Corazón de Fiesta

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Max Fleming necesitaba una nueva secretaria y la señorita Jilly Prescott parecía adecuada para el puesto porque, además de que tenía los conocimientos y experiencia necesarios, no era probable que se fijara en él, ya que seguía enamorada de Richie Blake. De hecho, Max incluso se ofreció a ayudarla a recuperarlo.
El plan parecía sencillo: un corte de pelo, un nuevo vestuario y el atractivo Max acompañándola a una fiesta sensacional. Con eso, estaban seguros de que Jilly atraería la atención de su antiguo amor. Pero, cuando Max la llevó a aquella fiesta, empezaron a ocurrírsele ideas extrañas respecto a Jilly, y ninguna de ellas tenía nada que ver con arrojarla a los brazos de otro hombre.

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JILLY sonrió y, durante un momento, Max se quedó hipnotizado con aquella sonrisa. ¿Acaso sería verdad que era secretaria?

Aún sin poderlo creer, todavía pensando que era una broma de su hermana, Max se acercó a la puerta del pasillo y asomó la cabeza. No había nadie.

– ¡Harriet!

– ¿Sí, Max? -el ama de llaves salió de la cocina al pasillo.

– ¿Jilly Prescott ha venido sola?

– Sí. ¿Esperabas a alguien más? No dijiste que…

– ¿Y no ha venido nadie más después? ¿Mi hermana, por ejemplo?

– ¿Amanda? -preguntó Harriet-. ¿Por qué? ¿Iba a venir? ¿Se va a quedar a almorzar?

– No, pero… -se dio cuenta de que su ama de llaves lo miraba con expresión de extrañeza y sacudió la cabeza-. No, no espero a nadie más. ¿Te importaría traernos café?

Luego, se adentró de nuevo en el despacho y miró a Jilly.

– Te apetece un café, ¿verdad?

– Sí, gracias.

Jilly sabía por experiencia que la posibilidad de beberlo aún caliente era muy remota, pero iba a ser un día muy lago e incluso agradecería un café frío. Miró el reloj que había encima del dintel de la chimenea. Pasaban unos minutos de las once.

Max volvió a su escritorio, dejó apoyado en él el bastón y se sentó en su sillón antes de tomar unas hojas de papel con anotaciones.

Al otro lado del escritorio, Jilly se dio cuenta de que Max era más joven de lo que al principio había creído. Las plateadas sienes y los huesudos rasgos le habían hecho calcularle unos cuarenta años, pero ahora veía que era más joven, aunque no sabía cuánto más joven. ¿Había estado enfermo? ¿O había sufrido un accidente y por eso se ayudaba de un bastón para caminar? No tuvo tiempo para meditar más sobre las diferentes posibilidades porque, en ese momento, él comenzó a dictar.

Max empezó a dictar despacio; pero después de unos minutos, se dio cuenta de que ella le seguía sin ninguna dificultad. Más aún, parecía estarle esperando.

– ¿Te importaría leerme lo que te he dictado, Jilly? -preguntó Max.

Aún no estaba convencido de la profesionalidad de esa chica, seguía inclinado a pensar que se trataba de una broma de su hermana, y prefería descubrirlo cuanto antes.

Jilly le leyó lo que él le había dictado sin vacilar.

– Puede ir más rápido si quiere. Soy capaz de taquigrafiar ciento sesenta palabras por minuto.

El se la quedó mirando.

– ¿En serio?

Jilly notó la incredulidad de su voz. ¿Acaso ese hombre no se fiaba de su propia hermana?

– En serio -respondió ella.

Y para enfatizar la contestación, se hizo una cruz en el pecho con una mano.

Max tragó saliva. En otra mujer, ese gesto habría sido abiertamente sexual. Pero se había equivocado tanto en sus presunciones respecto a esa chica que ya no sabía qué pensar.

– Increíble -murmuró Max, sin saber si el calificativo se debía a la velocidad en la taquigrafía o a la chica en sí. No obstante, podía haber otro problema-. ¿Sabes mecanografiar?

– No tendría sentido que no supiera -respondió ella sencillamente y con expresión solemne, mirándole a través del cristal de las gafas con esos ojos grandes y marrones-. ¿No le parece?

– No, supongo que no -respondió él, desconcertado al descubrir que quería pedirle disculpas por haber dudado de ella.

Pero Max rechazó la idea inmediatamente, esa chica aún tenía que demostrar que era capaz de realizar el trabajo con profesionalidad. Así que continuó dictando un complicado informe; al principio, no muy de prisa; después, cada vez con más rapidez. Al final, dictó a una velocidad que debería haber dejado a Jilly medio muerta. Y si era honesto consigo mismo, lo había hecho a propósito. Pero Jilly le siguió sin aparente esfuerzo, su pequeña mano volando sobre el cuaderno sin la menor vacilación, incluso cuando él le dictó cifras y nombres extranjeros. Y Max aumentó más aún la velocidad en un esfuerzo porque ella le pidiera que parase. Jilly no lo hizo.

– Eso es todo por el momento -declaró Max en tono irritado. Cosa completamente ridícula, ya que había pedido una secretaria eficiente y eso era exactamente lo que tenía-. ¿Cuánto tiempo te va a llevar mecanografiarlo?

– Depende del programa del ordenador -respondió ella.

Y cuando Max le dijo el programa que era. Jilly contestó:

– No hay problema, ya lo he usado -se miró el reloj-. Lo tendrá listo a las tres.

Eso era una ridiculez.

– Prefiero la exactitud a la rapidez -dijo él.

Jilly no se molestó en discutir.

– Está bien. En ese caso, a las tres y cinco.

Jilly se quitó las gafas y se puso en pie. Delante de la puerta, se detuvo y se volvió.

– Utilizaré los cinco minutos extras para preparar un té. El café se ha quedado frío.

Max se la quedó mirando. Las chicas de la agencia Garland no preparaban té. Pero Jilly Prescott no era una Garland Girl. No, en absoluto. ¿De dónde demonios la había sacado su hermana?

– Si quiere, le prepararé uno también a usted.

– No. No, gracias, no será necesario. Si quiere, Harriet, mi ama de llaves, podrá prepararle lo que usted quiera -en ese momento, el reloj del dintel de la chimenea dio las horas-. Es más, como parece que se aproxima la hora del almuerzo, pídale que le prepare un bocadillo o lo que le apetezca. Como ha empezado el trabajo tarde, no le importará no parar para almorzar, ¿verdad?

– No, en absoluto -respondió Jilly.

Y Max Fleming, desconcertado, no supo si la respuesta había sido educada o irónica.

– Me estaba preguntando qué iba a hacer respecto al almuerzo -añadió Jilly-. Tener que trabajar soluciona el problema.

Irónica. Definitivamente irónica.

Jilly salió de la oficina y él la siguió.

– ¿De dónde eres, Jilly? -preguntó Max, arrepintiéndose inmediatamente de su curiosidad.

No estaba interesado en saber de dónde era esa chica. Sólo era una secretaria temporal, nada más. Después de unas semanas, desaparecería y jamás volvería a saber de ella.

– De un sitio que nadie conoce, cerca de Newcastle. Y hablando de Newcastle… ¿sería posible que utilizara su teléfono para hacer una llamada? Se la pagaré.

¿Pagar? ¿Estaba ofreciendo pagar una llamada telefónica? Max empezaba a dudar de su oído. Durante las últimas dos semanas, las chicas que Amanda le había mandado, con sus ropas de diseño y su perfecta pronunciación, habían tratado su teléfono como si estuviera allí para ellas.

– Voy a hospedarme en casa de una prima mía, pero ella aún no sabe que he llegado -continuó Jilly-. Bueno, es posible que lo sepa, porque le he dejado varios recados en el contestador, pero…

Jilly se encogió de hombros.

– Pero le gustaría estar segura, ¿verdad?

– Bueno, la verdad es que he llamado desde la estación esta mañana y era muy temprano. Muy, muy temprano. Suponía que estaría en casa.

– Y no estaba.

– No.

– Quizá hubiera salido.

– ¿A esas horas de la mañana?

¿Era posible que fuese tan inocente? En cualquier caso, no era responsabilidad suya sugerirle lo que su prima podía haber estado haciendo a esas horas.

– ¿Haciendo ejercicio? -dijo él cínicamente.

– Es una posibilidad -contestó Jilly, pero sin convicción-. De todos modos, quiero llamarla al trabajo. La habría llamado al salir de la agencia de su hermana, pero la señora Garland me dijo que usted estaba…

– ¿Desesperado? -un delicado sonrojo adornó las mejillas de Jilly, el delicado color hizo que aquella joven tan directa se viera muy vulnerable-. Lo estaba. Y lo estoy.

Entonces, debido a que, como objetivo de esos ojos enormes y marrones, Max se sintió también bastante vulnerable, continuó en tono brusco:

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