Liz Fielding - Corazón de Fiesta

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Max Fleming necesitaba una nueva secretaria y la señorita Jilly Prescott parecía adecuada para el puesto porque, además de que tenía los conocimientos y experiencia necesarios, no era probable que se fijara en él, ya que seguía enamorada de Richie Blake. De hecho, Max incluso se ofreció a ayudarla a recuperarlo.
El plan parecía sencillo: un corte de pelo, un nuevo vestuario y el atractivo Max acompañándola a una fiesta sensacional. Con eso, estaban seguros de que Jilly atraería la atención de su antiguo amor. Pero, cuando Max la llevó a aquella fiesta, empezaron a ocurrírsele ideas extrañas respecto a Jilly, y ninguna de ellas tenía nada que ver con arrojarla a los brazos de otro hombre.

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– No sé preocupe, lo haré. Además, cuando los hombres se ponen difíciles, he comprobado que imaginarlos desnudos ayuda.

La risa de Amanda se transformó en un ataque de tos.

– ¿Cuánto tiempo va a necesitarme? -le preguntó Jilly a Amanda cuando ésta última se hubo recuperado.

– Su secretaria está atendiendo a su madre, que está enferma, y la verdad es que no tengo idea de cuánto tiempo va a estar fuera. Al menos, varias semanas. Pero no te preocupes, si puedes trabajar para Max, podrás encontrar trabajo con cualquiera. Y con tus calificaciones, no me costará nada encontrarte otro trabajo.

– Bien. Bueno, gracias.

– Aún no me las des. Y recuerda lo que te he dicho de pararle los pies cuando sea necesario. Y toma un taxi. No quiero que te pierdas de camino a Kensington.

– Tengo un plano de la ciudad y…

– He dicho que tomes un taxi, Jilly. Le he prometido a Max que estarías allí por la mañana, y el transporte público de Londres no es de fiar. Le llamaré para decirle que estás de camino.

– Sí, pero…

– ¡Vete ya! ¡Se trata de una urgencia! Pídele la factura al taxista, Max la pagará.

Jilly no puso más objeciones. Hasta ese momento, nadie la había necesitado tanto como para pagarle un taxi. Si así era el trabajo en Londres, no le extrañaba que Gemma estuviera tan contenta allí. Salió de la agencia con la tarjeta con la dirección de Max Fleming en la mano y, en la acera, paró uno de los famosos taxis negros de Londres.

El taxi se detuvo delante de una elegante casa rodeada por una valla alta de ladrillo en una discreta plaza ajardinada de Kensington.

– Ya hemos llegado, señorita -dijo el taxista abriéndole la puerta.

Ella le pagó lo que el conductor le pidió y hasta le dio propina. El taxista le sonrió.

– Gracias. ¿Quiere la factura? -preguntó el taxista.

– Oh, sí. Gracias por recordármelo, no estoy acostumbrada a estos lujos.

Jilly recogió el recibo que él le ofreció, se volvió de cara a la puerta de hierro forjado y llamó al timbre.

– ¿Sí? -preguntó una mujer por el intercomunicador.

– Soy Jilly Prescott -respondió ella con firmeza-. Me envía la agencia Garland.

– Gracias a Dios. Entre.

Las puertas se abrieron. Jilly no tuvo tiempo de examinar la elegante fachada de la casa de Max Fleming, ni de fijarse en el pavimentado jardín, ni en los lechos de flores, ni en la estatua de bronce de una ninfa protegida bajo el nicho al pie de un estanque semicircular.

La mujer de cabello cano que le había hablado por el intercomunicador estaba en la puerta de la casa instándola impaciente a que se apresurara.

– Vamos, entre, señorita Prescott. Max la está esperando.

La condujo a través de un espacioso vestíbulo, pasaron una curva escalinata hasta detenerse delante de una puerta de madera de paneles.

– Entre -dijo la mujer.

Jilly se encontró en la entrada de un pequeño despacho cerrado con paneles. Al fondo, había una puerta interior abierta y pudo oír la grave voz de un hombre que debía estar hablando por teléfono ya que no parecía haber nadie más.

Dejó la maleta al lado del escritorio, se quitó los guantes y la chaqueta, y miró a su alrededor. Había dos teléfonos en el escritorio, un intercomunicador, un cuaderno de taquigrafía a medio gastar y una jarra con lapiceros afilados. Detrás del escritorio había una mesa de trabajo con un ordenador y una impresora. Jilly se preguntó qué clase de software tendría instalado y, después de sacar las gafas del bolso, se las puso y se inclinó para encender el ordenador.

– ¡Harriet!

Al parecer, la voz había acabado su conversación telefónica y Jilly se apartó del ordenador, agarró el cuaderno que había en el escritorio, un manojo de lápices, se sujetó un mechón de cabello que se le había soltado de la trenza con que se lo había recogido, y se encaminó hacia la puerta interior. Max Fleming estaba delante de la ventana mirando al jardín, sin volverse.

– ¿Aún no ha llegado esa maldita chica? -preguntó él.

La primera impresión que Jilly tuvo de él fue que estaba demasiado delgado. Demasiado delgado para lo alto que era y para la anchura de sus hombros. Una impresión que se vio confirmada por la forma como le caía la chaqueta, parecía habérsele quedado grande. Sus cabellos eran tan oscuros como los de su hermana y, al igual que los de ella, eran maravillosamente espesos y cortados a la perfección; aunque los de él estaban adornados de plata en la sien.

Fue todo lo que Jilly pudo notar antes de que él diera un golpe en el suelo con el bastón en el que se apoyaba. Entonces, él se volvió y la vio. Durante un momento, no dijo nada, se limitó a mirarla como si no pudiera dar crédito a lo que veía.

– ¿Quién demonios es usted?

Demasiado fácil ser intimidada, pensó Jilly. La hermana de Max Fleming le había advertido que podía ser un monstruo; y al ver esos ojos que la miraban con expresión oscura, Jilly la creyó. Pero si mostraba nerviosismo, él se aprovecharía de su debilidad. ¿No le había dicho Amanda que le contestase si se mostraba duro con ella?

– Supongo que soy esa maldita chica -respondió ella sin parpadear, mirándolo directamente a los ojos.

Durante un momento, se hizo un tenso silencio. Entonces, Jilly, ahora que ya había demostrado que no se iba a dejar intimidar, se subió las gafas y ofreció una tregua.

– Siento haberle hecho esperar, pero el tráfico era terrible. Mi intención era venir en metro, pero la señora Garland me dijo que tomara un taxi.

Una ceja de Max se arqueó un milímetro.

– ¿Dijo algo más?

Sí, mucho más, pero ella no iba a repetirlo.

– ¿Que usted pagaría el taxi? -sugirió Jilly.

– ¡Vaya!

Jilly esperó una sonrisa al menos, pero no la obtuvo. Tampoco consiguió reírse de ese hombre imaginándolo desnudo. No, imaginar desnudo a Max Fleming sería un error, decidió Jilly con las mejillas enrojecidas.

– Bueno, alguien va a tener que pagarlo porque yo no me puedo permitir el lujo de viajar en taxi -dijo ella, obligándose a tomar una actitud de ataque. Y cruzó lo que le pareció un kilómetro de alfombra persa para dejar el recibo del taxi en el escritorio de Max Fleming-. El recibo. Si tiene algún problema, será mejor que lo resuelva con su hermana.

Lo primero que Max pensó fue que aquella chica no podía ser una de las famosas Garland Girls de Amanda, carecía del estilo y de los exquisitos modales y aspecto por las que se las conocía. Ni siquiera era guapa. Tenía los ojos ocultos tras las gafas, pero la nariz era demasiado grande, al igual que la boca. En cuanto al pelo… castaño claro, empezaba a salirse de las peinetas que lo sujetaban y la trenza se estaba deshaciendo. En cuanto a la ropa…

Llevaba una blusa blanca bien planchada y una falda lisa de color gris que le llegaba a la rodilla, parecía un uniforme. Pero no, no tenía aspecto de colegiala, sino de secretaria antigua, incluidas las gafas.

De repente, lo vio todo claro.

Su hermana había decidido gastarle una broma, era su pequeña venganza.

Evidentemente impaciente con el escrutinio al que estaba viéndose sometida, la chica dijo por fin:

– ¿Le parece que empecemos ya, señor Fleming? Su hermana me ha dicho que estaba desesperado…

Desesperado. Desolado. Vacío. Y más cosas.

– ¿Cómo te llamas? -preguntó Max.

– Jilly Prescott.

Jilly no era nombre de mujer adulta.

– Muy bien, Jilly -dijo él abruptamente. Cuanto antes desenmascarase el juego de Amanda, mejor-. Manos a la obra. No dispongo de todo el día.

– Estoy lista, señor Fleming. Así que, si usted también lo está…

Capítulo 2

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