Jessica Steele - Cuestión de principios

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Carlyle Hetherington era un hombre de negocios que estaba acostumbrado a tomar decisiones rápidas.
Y no perdió mucho tiempo en sacar sus propias conclusiones acerca de Kelsa. Esta, nunca había conocido a un hombre tan arrogante y hostil como el. ¿Cómo se atrevía este a asumir que ella era el tipo de chica que estaría dispuesta a progresar, convirtiéndose el la amante del presidente de la compañía, en este caso, el padre de Carlyle?

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Para demostrar que no estaba interesada más allá de eso, Kelsa se levantó y recogió las tazas de té con un comentario ocioso:

– Parece ser un hombre muy ocupado.

Su propio fin de semana fue menos productivo. Se fue en su coche a Drifton Edge, pero estaba tan intranquila que regresó el domingo en la mañana, en lugar de en la tarde como acostumbraba. Aunque ya no estaba tan nerviosa como antes, todavía se sentía perturbada por la interpretación que Lyle Hetherington dio a los inocentes sucesos de que fue testigo.

Estaba furioso, recordó Kelsa, y esa furia se debía obviamente a la idea que tenía, de que su padre engañaba a su madre. Pero al notar que su jefe seguía siendo el mismo hombre encantador, Kelsa estaba segura de que su hijo no le había llamado por teléfono desde Escocia, para exponerle lo que él creía que había entre su padre y la asistente de su secretaria particular.

Pero Kelsa empezó a sentirse iracunda de nuevo, cuando se disponía a descansar el domingo por la noche, de sólo pensar en el descaro del hombre. ¡Cómo se atrevía !. Nuevamente sintió deseos de contárselo a su padre, pero de nuevo supo que no podía hacerlo. De repente recordó la advertencia de Lyle Hetherington, de que no le duraría su empleo mucho tiempo, pero no se imaginaba cómo podía lograrlo. No sin decirle a su padre el porqué, puesto que ella trabajaba para él, en cuyo caso, lo pondría en su lugar, diciéndole la verdad de las cosas. Lo único que esperaba era que, al ver lo absolutamente equivocado que estaba, Lyle Hetherington tuviera la decencia de pedirle una disculpa.

Tenían tanto trabajo en la oficina el lunes, que al mediodía, Nadine miró a Kelsa y le comentó:

– Me pregunto si podríamos tener otra asistente.

– ¿Y dónde la pondríamos?-se rió Kelsa.

– Tienes razón -sonrió Nadine y volvió a su trabajo.

Tuvieron un leve respiro cuando Garwood Hetherington se fue a su habitual reunión de los lunes en la tarde; pero cuando regresó, descubrieron que él estaba de humor para seguir trabajando.

– ¿Alguien está interesada en trabajar un poco de horas extra? -preguntó alegremente.

Era tan buen jefe, que tanto Nadine como Kelsa harían cualquier cosa por él.

– Claro que sí -contestaron a coro, y todavía seguían trabajando a las siete y media.

Poco después, entró el patrón y se quedó parado observándolas.

– ¡A cenar! -anunció-. ¿Quién está dispuesta a cenar?

Él ya las había llevado a cenar una vez en que trabajaron más tarde y Kelsa no vio nada malo en eso; pero ahora estaba demasiado afectada por las insinuaciones de su hijo y esta vez, prefirió esperar a que Nadine asintiera, antes de reconocer que estaba muerta de hambre.

– ¡Nada más vean con qué velocidad me pongo el abrigo! -aceptó Nadine y con la prisa de llegar a un restaurante, abordaron el coche de Garwood Hetherington sin lavarse las manos o peinarse, quedando en que él las llevaría de regreso al estacionamiento, para recoger sus coches, después de cenar.

Obviamente, una vez que llegaron al elegante restaurante, Kelsa y Nadine se dirigieron al tocador de damas.

– Y ahora, ¿qué gustan comer? -preguntó su anfitrión cuando estuvieron de regreso en la mesa; pero en ese momento exclamó Nadine:

– ¡Mi anillo! ¡Mi anillo de compromiso! -y, por primera vez desde que Kelsa la conocía, parecía nerviosa al disculparse y correr hacia el tocador.

– Entonces -se rió Garwood Hetherington-, ¿qué va a cenar usted, querida?

Kelsa apartó los ojos del menú y miró el rostro de su jefe, lleno de buen humor, y tuvo que reírse también… Era un hombre tan encantador; sin embargo, cuando él bajó la vista para concentrarse en el menú, la mirada de Kelsa voló a la entrada del comedor. Entonces, se quedó helada de horror. Esperaba ver a Nadine caminando de regreso a la mesa, pero ¡al que vio fue a Lyle Hetherington! Y él, desde luego, la vio a ella también.

A Kelsa se le revolvió el estómago al notar su paso furioso hacia ellos, como si ahí mismo, enfrente de toda la clientela del restaurante, estuviera dispuesto a gritarles sus verdades. Desesperadamente, rezó para que regresara Nadine, porque era obvio que Lyle Hetherington pensaba que estaba cenando sólo con su padre; pero, desde luego, Nadine no apareció.

De pronto, Lyle Hetherington pareció recordar que estaba acompañado, ya que con un control que ella apenas podía creer, se dio la vuelta rápidamente. Y, mientras Kelsa se quedaba con la boca abierta, él empezó a escoltar a su hermosísima acompañante morena, hacia la salida.

Todo sucedió tan rápido, que Kelsa apenas podía digerirlo. Miró a Garwood Hetherington, pero él seguía ensimismado en el menú y no se había dado cuenta de que su hijo, furioso, había estado ahí y se había ido en el transcurso de un minuto.

Era obvio para Kelsa que, rápido en sus decisiones, Lyle Hetherington cambió de opinión acerca de tener un pleito con su padre en el restaurante.

Estaba todavía alterada cuando regresó Nadine, con una sonrisa en el rostro que indicaba que todo estaba bien.

– ¿Lo encontraste?

– Estaba en el mismo sitio donde lo dejé -repuso Nadine y, al ordenar la cena, Kelsa no estaba sorprendida de que, aunque diez minutos antes se estaba muriendo de hambre, ahora ya no tenía apetito.

Sin querer causar perturbaciones, hizo lo posible por comer, pero estaba segura de que al día siguiente, sin ninguna duda, Lyle Hetherington vendría furioso a la oficina de su padre, para tener una confrontación decisiva.

– ¿Lista? -preguntó Nadine.

– Sí -sonrió Kelsa, vagamente consciente de que su jefe y su secretaria particular estuvieron discutiendo los planes de su hijo. Garwood Hetherington, con admiración por su hijo en cada palabra, respaldaba su punto de vista de que, a pesar de la oposición que recibía de otros miembros, Lyle seguramente conseguiría el apoyo que requería para sus proyectos.

Era obvio, advirtió Kelsa mientras estaba con Nadine en el coche de su jefe, de regreso al estacionamiento de la compañía, que el señor Hetherington, siendo accionista mayoritario, pondría todo el peso del voto del presidente detrás de su hijo, si lo llegara a necesitar.

Pero cuando salieron del coche, en el estacionamiento, Kelsa estaba segura de que al día siguiente, cuando él oyera lo que su hijo le iba a reclamar, tal vez ya no lo admiraría tanto.

Se sintió tentada, a pesar de la turbación que le causaría a ella, a darle una indicación a su jefe, pero Nadine estaba ahí y todos acabarían incómodos; además, al estar parados bajo la luz de un farol, Kelsa advirtió de pronto lo cansado que se veía el señor Hetherington, y decidió dejarlo en paz por ahora. Mañana sería otro día.

– Fue una cena deliciosa y encantadora, muchas gracias -se despidió con una sonrisa antes de dirigirse a su coche.

– Muchas gracias a ustedes -replicó él y luego confesó, con gracia y sentido del humor-: Mi mujer se fue el sábado a un crucero de invierno y no veía yo la razón para cenar solo.

Kelsa se fue en su coche, con amables pensamientos sobre su patrón, al reconocer nuevamente lo encantador y gentil que era. Hasta había una sonrisa en sus labios al pensar en su frase de despedida.

Pero no había ninguna sonrisa en su rostro al día siguiente, cuando conducía hacia su trabajo. Ahora sí, Lyle Hetherington se presentaría en la oficina de su padre para acusarlo Y aún más, puesto que Garwood Hetherington solía llegar a la oficina antes que ella o Nadine y el hijo también, lo más probable era que ya hubiera ocurrido la confrontación.

Odiando toda clase de problemas, especialmente cuando ella se encontraba en el centro de ellos, entró a la oficina con el estómago revuelto, para encontrarse con un jefe todo sonrisas.

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