Ash la miró, sorprendido.
– ¿Lo dices en serio?
– Sí -contestó ella-. Seguro que entre los dos podemos deshacernos de esa montaña de papeles en nada de tiempo.
– ¡Ahora mismo!
Unos minutos después estaban en el interior del edificio, revisando las cartas que se acumulaban sobre el escritorio.
Trabajaron sin parar durante toda la mañana, con Phinn vigilando a Ash… por si el trabajo tuviera un efecto nocivo. No fue así, al contrario; cuantos menos papeles había sobre la mesa, más animado parecía.
– Ty ya se ha encargado de eso -le dijo, cuando Phinn le mostró una carta de Noel Jarvis en la que preguntaba si su hijo y él podrían comprar la granja-. Creo que lo llamó a la oficina de Londres al no recibir respuesta.
– Ah, seguramente por eso fuimos a verlo el otro día.
– Aparentemente, el antiguo propietario de Broadlands siempre se había negado a dividir la finca, pero como yo voy a quedarme con Honeysuckle, a mi hermano no le importa. Además, dice que la han trabajado muy bien durante todos estos años y se lo merecen… -Ash hizo una mueca al darse cuenta de lo que había dicho-. Phinn, lo siento, no quería decir…
– No te preocupes -lo interrumpió ella.
Una semana antes se habría enfadado si alguien hubiese comparado las dos granjas. Pero el sábado anterior, al ver la de los Jarvis, se había dado cuenta de las diferencias. Honeysuckle era un desastre y siempre lo había sido porque su padre tenía otros intereses. Ésa era la verdad. Pero Ty la había ayudado a ponerla en perspectiva.
Qué ganas tenía de que llegase. No sabía qué iba a hacer si Ty no iba por allí ese fin de semana. ¡Y no quería ni pensar en la semana siguiente!
Después de descansar un momento para ver a Ruby, Phinn volvió a la oficina y sonrió, contenta, al ver todo lo que habían hecho aquel día. Sólo había que archivar algunos papeles y escribir algunas cartas y la oficina estaría prácticamente al día.
Ash había salido a tomar un poco el aire y ella estaba terminando la última carta cuando la puerta se abrió. Con los ojos clavados en la pantalla del ordenador, Phinn pensó que era Ash y no se molestó en levantar la mirada.
Sin embargo, unos segundos después, como permanecía en silencio, por fin se volvió… para encontrarse con Ty.
Pero no se le ocurría nada que decir y sólo esperaba no haberse puesto colorada.
– Phinnie Hawkins -murmuró él-, nunca dejarás de asombrarme.
– Me alegro -dijo ella-. Pero antes era secretaria.
– ¿Trabajabas además de encargarte de tu casa?
Como millones de mujeres, pensó ella.
– ¿Qué creías, que me dedicaba a pasar un plumero por encima de los muebles?
– El interior de la granja estaba como los chorros del oro el día que fui a verla -dijo él-. Pero, además de eso, eras tú quien llevaba comida a la mesa.
– No, eso no es verdad. Mi padre era muy inteligente -protestó Phinn-. Podía hacer, reparar y vender todo tipo de cosas. También él llevaba dinero a casa.
– No tienes que defenderlo. Habiendo tenido una hija tan encantadora como tú, sólo podía ser un hombre formidable.
Sí, Tyrell Allardyce sabía cómo hacer que una chica se emocionase, desde luego.
– ¿Querías algo?
– Vi la luz encendida y pensé que era mi hermano. ¿Qué tal ha pasado la semana?
– Está bien -le aseguró Phinn-. Bueno, a veces parece un poco triste, pero cada día mejora un poquito más. He estaba observándolo hoy y parecía encantado con el trabajo de la oficina.
– ¿Habéis estado aquí todo el día?
– Gran parte del día, sí. Hemos limpiado el escritorio de papeles…
Ash, que entraba en ese momento, saludó a su hermano con un abrazo.
– ¿Qué te parece mi nueva ayudante? Es realmente estupenda. De hecho, si no estuviera con nadie yo mismo le pediría que me tuviese en cuenta.
Phinn sonrió. Sabía que estaba de broma y se alegraba de verlo tan animado. Pero cuando, aún con la sonrisa en los labios, miró a Ty, algo en su expresión le dijo que él no estaba tan contento.
Un segundo después, sin embargo, Tyrell Allardyce volvió a sonreír.
– No te acerques a ella -le advirtió a su hermano.
– Ésta es la última carta, Ash -dijo Phinn, fingiendo estar más interesada en el trabajo que en el mayor de los Allardyce-. Si no te importa firmarlas, yo misma las llevaré a la oficina de Correos.
Esa noche, antes de cenar, de nuevo Phinn se vio asaltada por las dudas. ¿Debía ponerse un vestido? Ty nunca la había visto con un vestido… bueno, salvo aquella tarde memorable, cuando la pilló en ropa interior y luego con el vestido empapado. Pero ella siempre iba en pantalones y temía que Ash lo dijese en voz alta delante de su hermano.
Como siempre, Ty y Ash estaban en el comedor antes que ella y cuando ocupó su sitio en la mesa sintió cierta ansiedad. Quería hablar con Ty más tarde, a solas, pero no sabía cómo iba a reaccionar.
– ¿Te ha contado Phinn que me llevó al pub ayer?
– Nada de lo que haga Phinn me sorprende ya. ¿Piensas llevar a mi hermano por el mal camino, jovencita?
– En mi opinión, Ash es perfectamente capaz de meterse en líos sin que yo lo ayude -contestó ella-. ¿Qué tal tu viaje?
– Bien, gracias.
Ash empezó a hacerle preguntas sobre los negocios y Ty se disculpó, diciendo que no quería aburrir a Phinn… cuando en realidad ella quería saberlo todo sobre su trabajo.
Pero empezó a ponerse nerviosa cuando la cena terminó.
– Ty -lo llamó cuando iba a entrar en el salón.
– Dime.
– Ahora tengo que ir a ver a Ruby, pero después… ¿podría hablar contigo un momento?
La expresión de Ty se oscureció de inmediato.
– Si estás pensando en marcharte, olvídalo.
Ella lo miró, perpleja.
– Pero yo no…
– Estaré en mi estudio -la interrumpió Ty.
Como siempre, estar un rato con Ruby la calmó un poco. Y, en realidad, ahora que lo pensaba, que Ty pareciese tan en contra de que se fuera era muy halagador. Aunque no había sido muy amable al respecto, claro.
– Nos quedaremos, Ruby. Además, no tenemos ningún otro sitio al que ir. Sé que el establo te encanta y entre tú y yo, se me rompería el corazón si tuviera que irme.
Unos minutos después, Phinn entró en el lavabo del piso de abajo para lavarse las manos, peinarse un poco y ensayar lo que iba a decirle a Ty. No sabía por qué estaba tan nerviosa. Ty no iba a decirle que no. ¿Por qué iba a hacerlo?
Cuando iba por el pasillo vio que la puerta del estudio, siempre cerrada, estaba ahora abierta y le pareció un gesto de bienvenida. En fin, Ty siempre tan considerado, pensó.
– Siéntate -dijo él, cuando Phinn asomó la cabeza.
– No tardaré mucho…
– ¿Has cambiado de opinión sobre lo de marcharte?
– ¡Pero si yo no he dicho que quisiera marcharme!
– ¿Ah, no?
– No, eso lo has dicho tú.
– Pues a mí me parece que te sientes culpable por algo… ¿ha estado el veterinario por aquí?
– Pues claro que ha estado por aquí -contestó ella, poniéndose colorada porque quería hablarle precisamente de su deuda con Kit-. Ruby no se encuentra bien y…
– Te has puesto colorada.
– Si me he puesto colorada es porque tengo que pedirte algo y me da vergüenza.
– ¿Te da vergüenza… a ti?
– Cállate ya -dijo Phinn entonces-. ¿Te importaría si buscase un trabajo a tiempo parcial?
– Ya tienes un trabajo aquí.
– Pero sólo sería por las tardes.
– ¿Con el veterinario? -preguntó Ty.
– ¡No! -exclamó ella-. Qué manía con el veterinario… no tiene nada que ver con él. Pero he pensado que Ash está ahora mucho mejor y como tú vienes los viernes a casa para hacerle compañía…
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