Danielle Steel - Dulce y amargo

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A la protagonista de esta cautivadora novela la vida parece irle muy bien: lleva diecisiete años casada, es madre de dos hijos encantadores y vive holgadamente. Sin embargo, para eso ha tenido que sacrificar su individualidad y su profesión de fotógrafa. Su marido no entiende su insatisfacción, y tampoco le interesa demasiado. Ella tendrá que afrontar su futuro tomando una valiente decisión, pero no estará sola en la encrucijada…

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India se preguntó si el barco estaba en alta mar cuando se desató el vendaval y si se dirigía a tierra a la desesperada, en busca de abrigo. Supuso que tenía problemas y pensó en llamar a la Guardia Costera.

Cerca del promontorio, la costa estaba salpicada de rocas y la tormenta era tan intensa que cualquier embarcación corría peligro, incluso un barco de esas dimensiones. Se volvió y vio que Sam y su amigo observaban el barco desde la ventana. Estaba a punto de entrar y preparar chocolate caliente cuando la niebla se despejó súbitamente y avistó la nave con claridad. En ese mismo instante recordó las palabras que le habían dicho por teléfono: «Se aproxima… la tormenta… se aproxima…». ¿Intentaban decirle que la tormenta se aproximaba, cosa que ya sabía, o algo distinto? Habían pronunciado su nombre, pero no había reconocido la voz porque sonaba demasiado entrecortada. Volvió a mirar el velero, sintió un vuelco en el corazón y lo comprendió. Pensó que estaba chiflada o era tonta. De repente supo que Sam tenía razón: era el Sea Star . No existía otra embarcación tan majestuosa y en los últimos minutos se había aproximado mucho.

Se volvió hacia Sam y comprobó que se había ido con su amigo. Probablemente se habían metido en su habitación o veían la tele. Miró nuevamente el mar, contempló la embarcación avanzando en plena tormenta y volvió a recordar el mensaje; «Se aproxima… se aproxima…»; tal vez no habían dicho «impenetrable» sino «impermeable». Sólo Paul era capaz de correr semejante riesgo, pues dominaba tanto la navegación como para hacer aquello. Repentinamente tuvo la certeza de que era Paul quien había llamado. ¿Qué demonios hacía?

Se dirigió a la playa bajo la lluvia torrencial y vio que la embarcación ponía proa al club náutico. Aunque ignoraba las razones, sabía que Paul se aproximaba… se aproximaba… se aproximaba en plena tormenta. Él había telefoneado para decírselo. Al principio caminó y luego echó a correr hacia el promontorio. Sabía que Sam y su amigo estaban bien. También supo algo más y deseó creerlo, pero era disparatado. Paul no cometería semejante dislate… ¿o sí? ¿Y si se estrellaba contra las rocas? ¿Y si…? ¿Por qué lo hacía? Ya no tenía sentido… ¿o tenía todo el sentido del mundo? Antes, en el pasado, había tenido sentido, no sólo para ella sino para ambos. Pese a que el viento arreció, cuando corrió hacia el club náutico supo que pensar algo así, hacerse ilusiones o creerlo era una locura… Paul no haría semejante cosa. Pero tuvo que reconocer que sí porque el velero mantuvo el rumbo fijo en medio del intenso oleaje.

El Sea Star salvó las rocas del promontorio y siguió luchando contra el viento y las olas. Para no llevarse un chasco, India se dijo que tal vez Paul no viajaba a bordo. Quizá se trataba de un barco muy similar. También cabía la posibilidad de que Paul fuese tan insensato como ella y creyera en lo que habían disfrutado y perdido, con lo que a veces India soñaba todavía. En ese momento deseó que Paul estuviese a bordo más de lo que había deseado nada en toda su vida. Anheló que fuese Paul quien hubiera llamado.

Llegó al club náutico sin resuello, corrió hasta el promontorio y contempló la nave.

Las embarcaciones amarradas se zarandeaban violentamente y algunos patronos habían acudido a asegurarlas. Los observó trajinar febrilmente, dirigió la mirada al Sea Star y cuando vio a Paul se quedó sin aliento. Estaba en cubierta, en compañía de dos miembros de la tripulación. Se movían muy rápido a medida que Paul señalaba distintos instrumentos. Trabajaban codo con codo. ¡Era Paul! Lo reconoció claramente. De repente el magnate se volvió hacia ella. Estaban muy cerca e iniciaban una compleja maniobra para entrar en puerto sanos y salvos.

India resistió como pudo los embates del viento. No le quitó ojo de encima a Paul, que la saludó con la mano. Entrecerró los ojos y lo vio sonreír. Levantó el brazo y también hizo un ademán de saludo. Paul le hacía señas desde cubierta. India estaba empapada pese a que llevaba la gabardina. No le importaba. No le importaba que en el futuro Paul volviese a decepcionarla, en ese momento lo único que necesitaba era saber por qué estaba allí.

Vio que la tripulación al completo subía a cubierta. Paul dio varias órdenes. Los tripulantes se ocuparon de varias tareas. Paul encendió los motores. Estaba empeñado en aproximarse tanto como pudiera. Soltaron el ancla mientras dos tripulantes bajaban el bote. India se preguntó qué hacía Paul. El mar no estaba tan embravecido en el puerto, pero le parecía imposible que Paul pudiese arribar al club náutico en aquel bote. Existía el peligro de que naufragara. Contuvo el aliento y lo observó. Recordó que en Ruanda ella le había dicho que deseaba un hombre que por ella fuese capaz de atravesar un huracán y supo que Paul no lo había olvidado, pues en la posdata de la postal había mencionado el impermeable. A esas alturas estaba convencida de que lo que le había dicho por teléfono tenía que ver con un impermeable. ¿Y lo demás? ¿Sólo se trataba de una broma?

A medida que el bote se aproximaba y que lo veía luchar con las condiciones adversas, India supo que Paul se tomaba totalmente en serio lo que hacía. Temió que naufragara y se hundiese ante sus ojos.

Aunque sólo transcurrieron unos minutos, tuvo la sensación de que Paul tardaba horas en salvar la poca distancia que lo separaba del muelle del club náutico. Cuando se aproximó, la fotógrafa echó a correr a su encuentro. Paul le lanzó un cabo. India lo cogió y lo sostuvo. El magnate abandonó el bote de un salto y ató el cabo a una anilla. Dio una zancada hasta el escalón donde se encontraba India y la miró a los ojos. India ya conocía esa expresión. Era como una voz que la llamaba desde lejos. Era la voz de sus sueños, la voz de la esperanza. Era el recuerdo dulce y amargo a la vez de lo que habían compartido y perdido tan dolorosamente. Se quedó sin palabras y se limitó a mirarlo mientras él la abrazaba.

– Ya sé que no es un huracán… ¿Te basta con un temporal? – le susurró al oído -. Intenté hablar contigo.

– Lo sé. No entendí lo que decías.

India lo miró a los ojos y tuvo miedo de que aquello sólo fuese un sueño.

– Dije que el velero se aproximaba. No hay un huracán, sino una tormenta. – Lo cierto es que era muy intensa -. India, si te empeñas en que sea un huracán te llevaré a New port… si es que deseas estar conmigo… – dijo Paul y sus lágrimas se mezclaron con la lluvia que empapaba sus mejillas -. Aquí me tienes. Lamento haber tardado tanto.

India lo miró y pensó que no había tardado tanto. No había pasado tanto tiempo. Habían necesitado una vida para encontrarse y un año para superar la tormenta. Por fin el sueño se hacía realidad. Lo habían conseguido. Con mano temblorosa, India le acarició la mejilla, y detrás avistó el Sea Star . Habían estado perdidos mucho tiempo, pero milagrosamente habían superado las tormentas de la vida y se habían reencontrado.

Ella sonrió, revelando una actitud que le expresó a Paul cuanto necesitaba saber. India advirtió que por fin estaba a su lado cuando él la cubrió con el impermeable y la besó.

Danielle Steel

Dulce y amargo - фото 2
***
Dulce y amargo - фото 3
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