Barbara Dunlop - Divorcio roto

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Un ex marido no debía intentar seducir a su ex mujer…
El millonario Daniel Elliott seguía haciendo que su ex mujer, Amanda, siguiera sintiendo la atracción que había desatado sus pasiones y los había obligado a casarse en el pasado, cuando ella se había quedado embarazada. Habían acabado por separarse después de las constantes intervenciones de la poderosa familia de Daniel, pero entre ellos seguía habiendo mucho deseo… tanto, que después de un encuentro casual acabaron en la cama. ¿Podrían mantener tan frágil unión en contra de los deseos de la rica dinastía Elliott?

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– De acuerdo -aceptó.

El hombre de la chaqueta blanca les entregó una copa de merlot a cada uno.

– Gracias, Stuart -dijo Daniel.

– Gracias -repitió Amanda.

– ¿La cena dentro de una hora? -preguntó Stuart.

– Muy bien -aceptó Daniel. Puso una mano en la espalda de Amanda-. Empezaremos por la planta de arriba.

Amanda se obligó a relajarse y admirar la decoración. Olía a cera de abejas y a limón. Pasó las puntas de los dedos por la reluciente barandilla mientras subían la escalera. En el descansillo, Daniel la condujo por el pasillo desde el que se veía el salón.

– Tu casa es muy… perfecta -comentó ella.

– ¿Por qué tengo la impresión de que eso no es un cumplido? -preguntó él con un deje de risa en la voz.

– No lo sé -mintió ella.

– ¿Preferirías que estuviera desordenada?

– Bueno, la mía desde luego está mucho más desordenada -replicó ella, pensando que preferiría una casa con alma.

– ¿Tienes asistenta interna?

– ¿Por qué?

– Me preguntaba si también habías contratado a alguna antigua cliente para eso -dijo él, evitando mirarla a los ojos.

– No tengo interna -Amanda controló el deseo de darle un codazo en las costillas.

– Entiendo.

– La gente normal limpia su propia casa -puntualizó ella.

– Ésta es la biblioteca -dijo él, abriendo una puerta y pulsando el interruptor de la luz.

Otra habitación prístina. Dos sofás de cuero enfrentados con una mesa antigua en medio. Un escritorio de lectura en un rincón, con un guión almohadillado. Un acuario iluminado empotrado entre las estanterías, que iban de suelo a techo. La madera, de un tono rico e intenso, contrastaba con los tonos neutros del salón y el vestíbulo.

Entró y pasó el dedo por los lomos de cuero.

– Shakespeare -dijo Daniel.

– ¿Tienes algo más ligero?

– Una primera edición de Dickens.

– Me rindo -dijo ella. Tal vez Daniel realmente se había convertido de verdad en un parangón de perfección. Su padre debía sentirse orgulloso.

– ¿Te rindes en qué? -preguntó él.

– ¿Señor Elliott? -Stuart apareció en el umbral-. Su invitado está aquí.

– Gracias -Daniel sonrió a Amanda y señaló la puerta de la biblioteca-. Taylor -saludó desde la barandilla-. Me alegra que hayas podido venir.

– No me lo habría perdido por nada -contestó Taylor, sonriendo a Amanda, mientras los dos bajaban la escalera-. Amanda -saludó, ofreciéndole la mano.

Ella estiró el brazo para aceptarla.

– Puede que no lo recuerdes -dijo él, apretando su mano con afecto-. Nos conocimos en una fiesta. Karen y Michael nos presentaron.

– En el Ritz -dijo Amanda. Sí lo recordaba. Había sido educado y amistoso aquella noche, desplegando una cortesía que hacía difícil recordar que era un mercenario frío y sin sentimientos.

– Sí lo recuerdas -él esbozó una sonrisa alegre.

– ¿Merlot? -ofreció Daniel.

– Me encantaría -Taylor soltó lentamente la mano de Amanda, sin dejar de mirarla a los ojos.

Daniel no podía permitir que el interés de Taylor por Amanda le molestara. Pero había invitado al hombre para que hablara de negocios, no para que mirase a Amanda con adoración y riera encantado cada vez que ella decía algo gracioso.

No había esperado que le diera golpecitos en la mano, tocara su brazo o preguntara por su vida personal. Pero Amanda era una mujer atractiva y sexy, más aún cuando se quitó las sandalias y se sentó en el sofá con las piernas recogidas.

Daniel tenía que aceptar el hecho de que otros hombres iban a encontrarla interesante. No podía dejar que eso le molestara.

Incluso cuando Taylor se puso en pie y se ofreció a llevar a Amanda a casa, Daniel tuvo que morderse la lengua y apretar la mandíbula. No era asunto suyo. Amanda lo miró y él mantuvo una expresión impasible.

– No, gracias -le contestó ella a Taylor, que aceptó su respuesta con ecuanimidad.

Daniel acompañó a Taylor hasta la puerta, intentando ocultar su alegría. Las relaciones de ella con otros hombres eran irrelevantes. Tenía que centrarse en el objetivo principal: hacer que cambiara de profesión.

Agradeció a Taylor su visita y regresó al salón.

Amanda seguía en el sofá, disfrutando de una segunda taza de café.

– Espero que lo hayas pasado bien -dijo, sentándose en un sillón, frente a ella.

– Ha sido una suerte que te encontraras con él en Boca Royce.

– Sí -asintió Daniel.

– Y todos los detalles que ha dado sobre su negocio han sido interesantes.

– A mí me lo han parecido -la miró a los ojos.

– No tenía ni idea de que el derecho corporativo fuera tan fácil y tan lucrativo.

– Sí, me hace desear haberme hecho abogado -bromeó él.

– A mí también. Espera. Yo soy abogada.

Daniel sonrió. Amanda era deliciosa cuando se relajaba.

– Sabes… -Amanda chasqueó los dedos-. Escuchar a Taylor me ha hecho preguntarme por qué me he pasado toda mi vida profesional defendiendo a criminales.

– ¿En serio? -Daniel intentó no demostrar demasiado interés. Ella asintió con vigor.

– Piénsalo, si me hubiera dedicado a trabajar para empresas, ahora podría tener un Mercedes.

– Posiblemente -aceptó él, pensativo. Tendría que volver a darle las gracias a Taylor. Era obvio que había dado el tono perfecto a la conversación.

– Y podría dormir hasta tarde todas las mañanas, conseguir las mejores entradas de teatro gracias a mis clientes y comprar ropa en la Quinta Avenida.

Daniel puso las manos en los brazos del sillón, esforzándose por ocultar su entusiasmo.

Snap te daría trabajo, y una recomendación.

– Eso iría muy bien -Amanda movió la cabeza de arriba abajo-. Y apuesto a que también podrías conseguirme una oficina en la zona rica de la ciudad.

– Seguro -afirmó Daniel. Estaba sorprendido, encantado, por el giro que había dado la conversación.

– Y alquilar una furgoneta, incluso ayudarme a embalar mis archivos.

– Me gustaría ayudarte en…

– Diantres, seguramente podrías contratar a alguien para que se deshiciera de mis clientes actuales.

Oh, oh. Los ojos oscuros empezaron a chispear y a Daniel se le encogió el estómago.

– Yo…

– Y encontrarme una nueva recepcionista.

– Estás burlándote de mí, ¿verdad? -Daniel se sentía como un auténtico idiota.

– ¡Claro que me estoy burlando! -se puso en pie-. ¿De veras creías que esa escenita iba a funcionar?

– Había… -Daniel se levantó.

– Ese Taylor Hopkins es un anuncio ambulante.

– Sólo estaba pensando… -empezó él. Tenía que salvar la situación de alguna manera.

– Ya, ya -ella agitó la mano-. Sólo estabas pensando en mí. Dime, Daniel, ¿habías invitado a Cullen y a Misty?

Él parpadeó. No había contado con que eso volviera a salir a relucir. Había pensado en invitarlos, pero al final le había parecido más sencillo hablar directamente con Taylor.

– Lo sabía -Amanda se colocó las manos en las caderas-. ¿Puedes dejar mi vida en paz? Me va de maravilla, muchas gracias.

– Pero…

– Nada de peros -lo señaló con un dedo-. Déjalo.

– De acuerdo -lo dejaría, temporalmente.

– ¿Lo harás? -ella bajó la mano y lo miró con sorpresa.

– Claro -él encogió los hombros. Sabía que discutir con ella esa noche no lo llevaría a ningún sitio.

– Buena elección -dijo. Su voz se convirtió en un murmullo-. No se puede decir que tu vida vaya bien.

– ¿Perdona? -Daniel cuadró los hombros.

– Nada.

– Has dicho algo.

– Sí. He dicho que tu vida tampoco va tan bien.

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