—Bien, señora, ¿qué puedo hacer por usted?
—Hubo una violación la semana pasada en la Universidad de York —dijo Mary—. Apareció en el periódico del campus, el Excalibur, así que supongo que alguien lo habrá denunciado aquí también.
—Eso será cosa del departamento del detective Hobbes —dijo el policía. Le gritó a alguien—: Eh, Johnny, ¿quieres mirar si está Hobbes por ahí?
El otro policía gritó que sí, y unos instantes después un policía de paisano (un hombre blanco de pelo rojo, de unos treinta años) vino a verlos.
—¿Qué pasa? —preguntó. Y entonces, al advertir quién era Ponter, exclamó—: ¡Joder!
Ponter sonrió débilmente.
—A la señora le gustaría hablar sobre la violación que hubo en York la semana pasada.
Hobbes indicó pasillo abajo.
—Por aquí —dijo.
Mary y Ponter lo siguieron hasta una pequeña sala de interrogatorios iluminada por paneles fluorescentes en el techo.
—Esperen un momento, voy a traer el archivo.
Regresó un instante después con un clasificador que colocó en la mesa, ante sí. Se sentó, y entonces abrió mucho los ojos.
—Dios mío —le dijo a Ponter—, no fue usted, ¿verdad? Cristo, tendré que contactar con Ottawa…
—No —dijo Mary bruscamente—. No, no fue Ponter.
—¿Sabe quién fue?
—No, pero…
—¿Sí?
—Pero yo también fui violada en York. Cerca del mismo edificio… el edificio de Ciencias de la Vida.
—¿Cuándo?
—El viernes 2 de agosto. A eso de las 9.30 09.35.
—¿De la noche?
—Sí.
—Cuéntemelo todo.
Mary trató de aplicar su objetividad científica a la tarea, pero al final las lágrimas acabaron corriéndole por las mejillas. Al parecer eso no era raro en la sala de interrogatorios: había una caja de pañuelos de papel a mano, y Hobbes se los ofreció a Mary.
Ella se secó los ojos y se sonó la nariz. Hobbes tomó unas cuantas notas en las hojas del clasificador.
—Muy bien —dijo—. Vamos a…
Justo entonces llamaron a la puerta. Hobbes se levantó y la abrió.
Apareció un policía de uniforme que empezó a hablar con Hobbes entre susurros.
De repente, para sorpresa de Mary, Ponter tomó el clasificador de la mesa y hojeó su interior. Hobbes se dio media vuelta, quizás a una señal del otro policía.
—¡Eh! —gritó—. ¡No puede usted mirar eso!
—Mis disculpas —dijo Ponter—. Pero no se preocupe. No sé leer su idioma.
Ponter entregó el clasificador, y Hobbes lo recuperó.
—¿Qué probabilidad hay de que capturen al criminal? —preguntó Ponter.
Hobbes guardó silencio un momento.
—¿Sinceramente? No lo sé. Tenemos dos denuncias ya, dos violaciones en casi el mismo lugar con dos semanas de diferencia entre una y otra. Trabajaremos con la policía del campus para no quitarle ojo al tema. ¿Quién sabe? Tal vez tengamos suerte.
«Suerte», pensó Mary. El policía quería decir que tal vez otra persona fuera atacada.
—Con todo… —continuó Hobbes.
—¿Sí?
—Bueno, si forma parte de la comunidad de York, tiene que saber que ha aparecido en el periódico del campus.
—No espera tener éxito —dijo Ponter, simplemente.
—Haremos lo que podamos.
Ponter asintió.
Ponter y Mary regresaron al coche. Esta vez, ella había dejado las ventanillas un poco bajadas, pero seguía haciendo calor dentro. Insertó la llave y activó el aire acondicionado.
—¿Bien? —dijo ella.
—¿Sí?
—Viste el archivo. ¿Algo interesante?
—No lo sé.
—¿Hay algún modo de que puedas mostrarme lo que vio Hak?
—Aquí no —dijo Ponter—. Está grabando, naturalmente, y le hemos añadido capacidad de almacenamiento, para que todo lo que vea aquí quede guardado. Pero hasta que podamos descargar sus grabaciones en mi archivo de coartadas en Saldak, no podremos verlas, aunque Hak puede describirlas.
Mary miró el antebrazo de Ponter.
—¿Bien, Hak?
El Acompañante habló a través de su altavoz externo.
—Había siete hojas de papel blanco en el clasificador. La proporción entre la altura y la anchura de la página era de 0,77 a 1. Seis de las páginas parecían preimpresas, con espacios donde se había escrito texto a mano. No soy experto en esas cosas, pero parecía la misma letra que el controlador Hobbes estaba usando para tomar sus notas, aunque la tinta era de color distinto.
—¿Pero no puedes decirme qué ponía en los impresos? —preguntó Mary.
—Podría describírtelo. Lees de izquierda a derecha, ¿verdad?
Mary asintió.
—La primera palabra de la primera página empezaba con un símbolo hecho con una línea vertical rematada en lo alto por una línea horizontal. El segundo símbolo era un círculo. El tercero…
—¿Cuántos símbolos hay en total en el informe?
—Cincuenta y dos mil cuatrocientos doce —dijo Hak.
Mary frunció el ceño.
—Demasiados para ir trabajando letra a letra, aunque te enseñara el alfabeto. —Se encogió de hombros—. Bueno, ya veré lo que dice cuando lleguemos a vuestro mundo. —Miró el reloj del salpicadero—. El viaje hasta Sudbury es largo. Será mejor que nos pongamos en marcha.
La última vez que Mary y Ponter habían viajado en este ascensor de metal, ella había intentado hacerle comprender que le gustaba (de hecho, que le gustaba mucho), pero que no estaba preparada para iniciar una relación. Le había contado a Ponter lo sucedido en la Universidad de York, convirtiéndolo en la única persona aparte de Keisha, la consejera del Centro de Crisis por Violación, a quien Mary se lo había dicho. Las emociones de Ponter reflejaron las de la propia Mary: confusión general sumada a una profunda ira dirigida contra el violador, fuera quien fuese, Durante aquel trayecto en ascensor, Mary pensaba que estaba a punto de perder a Ponter para siempre.
Mientras hacían de nuevo aquel largo, larguísimo descenso hasta el fondo de la mina Creighton, a dos mil metros de profundidad, Mary no podía dejar de recordar aquello, y supuso que el embarazoso silencio de Ponter significaba que también él lo recordaba.
Había habido ciertas discusiones sobre la posibilidad de instalar un nuevo ascensor de alta velocidad que condujera directamente hasta la cámara de observación de neutrinos, pero la logística era formidable. Abrir un nuevo pozo a través de dos kilómetros de granito sería una empresa colosal, y los geólogos de Inco no estaban seguros de que la roca pudiera soportarlo.
También habían hablado de sustituir él viejo ascensor abierto de Inco por uno más lujoso y moderno, pero eso presuponía que sólo se utilizaría para subir y bajar al portal. De hecho, la mina Creighton seguía en activo, extrayendo níquel, y aunque Inco había sido el alma de la operación, todavía tenían que subir y bajar a cientos de mineros por aquel pozo cada día,
De hecho, a diferencia de la última vez, cuando Mary y Ponter tuvieron la cabina para ellos solos, ahora compartían el viaje con seis mineros que se dirigían al nivel situado a mil quinientos metros de profundidad. El grupo estaba bien equilibrado entre quienes miraban amablemente el suelo de metal pulido (no había ningún indicador de nivel que observar estudiosamente como se hacía en el ascensor de la oficina) y aquellos que miraban abiertamente a Ponter.
El ascensor siguió bajando por el pozo, dejando atrás el nivel de los mil trescientos metros: unos signos pintados en el exterior revelaron la situación. Tras haber sido explotado, aquel nivel se empleaba ahora como arbolario para cultivar árboles destinados a los proyectos de reforestación en los alrededores de Sudbury.
El ascensor se detuvo luego en el nivel que querían los mineros, y la puerta se abrió, permitiéndoles desembarcar. Mary los vio partir: hombres que antes hubiese considerado robustos pero que ahora le parecían enclenques comparados con Ponter.
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