Pero Ponter sí que miraba alrededor. Mary nunca le había dicho exactamente dónde había tenido lugar la violación, pero vio que él advertía el espacio cerrado, los árboles que lo cubrían, lo lejos que estaba la siguiente farola. Si lo descubrió, no dijo nada, pero Mary agradeció la reconfortante presión de su mano.
Continuaron caminando. El sol jugaba al escondite tras las hinchadas nubes blancas. El campus estaba abarrotado de jóvenes, uno o dos todavía con pantalones cortos, la mayoría con vaqueros, unos cuantos estudiantes de derecho con chaqueta y corbata.
—Esto es mucho más grande que la Laurentian —dijo Ponter, girando la cabeza a izquierda y derecha. La Universidad Laurentian, cerca del lugar donde Ponter había llegado, en Sudbury, era el sitio donde Mary había realizado sus estudios de ADN para demostrar que era realmente un neanderthal.
—Oh, sí, desde luego —contestó ella—. Y es sólo una de las dos (bueno, tres) universidades que hay en Toronto. Si quieres ver algo realmente grande, deberías ir a la Universidad de Toronto algún día.
Mientras Ponter miraba alrededor, la gente lo miraba a él. De hecho, en un momento dado, una mujer abordó a Mary como si fuera una amiga de toda la vida, pero Mary ni siquiera podía recordar el nombre de la mujer, y había pasado a su lado cientos de veces antes sin que ninguna de las dos reconociera la presencia de la otra. Pero era evidente que la mujer, aunque estrechaba fláccidamente la mano de Mary, estaba aprovechando la oportunidad para echar un vistazo de cerca al neanderthal.
Finalmente se libraron de ella y continuaron su camino.
—Ése es el edificio donde trabajo —señaló Mary—. Se llama Edificio Farquharson de Ciencias de la Vida.
Ponter siguió observando un poco más.
—De todos los sitios que he visto en tu mundo, creo que los campus universitarios son lo que más me gusta. ¡Espacios abiertos! Montones de árboles y hierba.
Mary reflexionó al respecto.
—Es una buena vida —dijo—. Más civilizada que el mundo real en muchos aspectos.
Llegaron al Farquharson y subieron las escaleras hasta la primera planta. Cuando entró en el pasillo, vio en el fondo a alguien a quien conocía bien.
—¡Cornelius! —llamó.
El hombre se dio media vuelta y miró. Entornó los ojos; al parecer su vista no era tan buena como la de Mary. Pero después de un momento, por su expresión, la reconoció.
—Hola, Mary —dijo, acercándose ellos.
—No pongas esa cara de preocupación. Sólo he venido a hacer una visita.
—¿No le gustas? —preguntó Ponter en voz baja.
—No, no es eso —contestó Mary, riendo—. Es el tipo que está dando mis clases mientras yo trabajo para el Grupo Sinergia.
Al acercarse, Cornelius abrió mucho los ojos al advertir quién acompañaba a Mary. Pero fue capaz de recuperar la compostura rápidamente.
—Doctor Boddit —dijo, haciendo un gesto con la cabeza.
Mary pensó en decirle a Cornelius que, mira, no todos los sabios reciben el tratamiento de «profesor», pero decidió no hacerlo. Cornelius ya era bastante sensible al tema.
—Hola —dijo Ponter.
—Ponter, éste es Cornelius Ruskin.
Y, como hacía siempre, Mary repitió la presentación haciendo una pausa exagerada entre el nombre y el apellido, para que Ponter pudiera distinguirlos.
—Es doctor, uno de nuestros grados académicos más altos, en biología molecular.
—Es un placer conocerlo, profesor Ruskin —dijo Ponter.
Mary no quiso corregir a Ponter: intentaba con todas sus fuerzas captar los gestos de cortesía humanos, y desde luego se merecía un diez por el esfuerzo. Pero si Cornelius lo había advertido, lo dejó pasar sin hacer ningún comentario, todavía claramente fascinado por el aspecto de Ponter.
—Gracias —dijo—. ¿Qué le trae por aquí?
—El coche de Mary —contestó Ponter.
—Vamos de regreso a Sudbury —dijo Mary—. La hija de Ponter va a casarse, y hay una ceremonia a la que quiere asistir.
—Enhorabuena.
—¿Está por aquí Daria Klein? —preguntó Mary—. ¿O Graham Smythe?
—No he visto a Graham en todo el día —respondió Cornelius—, pero Daria está en tu antiguo laboratorio.
—¿Y Qaiser?
—Puede que esté en su despacho. No estoy seguro.
—Muy bien —dijo Mary—. Bueno, sólo quería recoger unas cuantas cosas. Hasta luego.
—Cuídate —dijo Cornelius—. Adiós, doctor Boddit.
—Día sano —dijo Ponter, y siguió a Mary.
Llegaron a un pasillo y Mary llamó a la puerta.
—¿Quién es? —preguntó una voz de mujer.
Mary abrió un poquito la puerta.
—¡Mary! —exclamó la mujer, sorprendida.
—Hola, Qaiser —dijo Mary, sonriendo.
Abrió más la puerta, revelando a Ponter. Los ojos marrones de Qaiser se abrieron como platos.
—La profesora Qaiser Remtulla —dijo Mary—. Me gustaría que conocieras a mi amigo, Ponter Boddit. —Se volvió hacia Ponter—. Qaiser es la jefa del Departamento de Genética.
—Increíble —dijo Qaiser, tomando la mano de Ponter y estrechándola—. Absolutamente increíble.
Mary parecía querer decir «sí que lo es», pero se guardó el comentario. Charlaron unos cuantos minutos, enterándose de todas las noticias, cuando tuvo que marcharse a clase.
Mary y Ponter continuaron pasillo abajo. Llegaron a una puerta con una ventanita, y Mary llamó y luego entró.
—¿Hay alguien en casa? —le preguntó Mary a la mujer que, de espaldas, trabajaba en una mesa.
La joven se dio media vuelta.
—¡Profesora Vaughan! —exclamó con deleite—. ¡Me alegro de verla! Y… ¡Dios mío! ¿Es… ?
—Daria Klein, me gustaría presentarte a Ponter Boddit.
—Guau —dijo Daria, y, como si eso no fuera suficiente, repitió: Guau.
—Daria está haciendo el doctorado. Su especialidad es la misma que la mía: recuperar ADN antiguo.
Mary y Daria charlaron durante unos minutos, y Ponter, científico siempre, se entretuvo contemplando el laboratorio, fascinado por la tecnología gliksin.
—Bueno, tenemos que irnos —dijo Mary por fin—. Sólo quería recoger un par de muestras que dejé aquí.
Se acercó al frigorífico que utilizaban para almacenar muestras biológicas, advirtiendo que habían pegado unos cuantos cartones más, añadiéndolos a la selección de paneles de Sidney Harris y Gary Larson que ella había puesto. Abrió la puerta de metal y sintió la vaharada de aire frío.
Había tal vez dos docenas de contenedores allí, de diversos tamaños. Algunos tenían etiquetas impresas por láser, otros sólo tiras de papel escritas con rotulador. Mary no vio las muestras que estaba buscando; sin duda, habían sido empujadas al fondo por los otros que habían usado el frigorífico en su ausencia. Empezó a mover contenedores, sacando los dos más grandes («Piel de mamut siberiano», «Placenta inuit»), y colocándolos sobre la mesa, para ver con más facilidad en el interior.
Mary sintió que el corazón le redoblaba.
Rebuscó de nuevo entre las muestras, sólo para asegurarse. Pero no cabía error.
Los dos contenedores que había etiquetado «Vaughan 666», los dos contenedores que contenían la prueba física de su violación, habían desaparecido.
—¡Daria! —gritó Mary. Ponter se acercó a ella, preguntándose sin duda qué iba mal. Pero Mary lo ignoró y volvió a gritar el nombre de Daria.
La esbelta estudiante de grado cruzó la habitación.
—¿Qué ocurre? —dijo, con ese tono a la defensiva que implica «¿qué he hecho mal?».
Mary se apartó del frigorífico para que Daria pudiera ver su interior, y apuntó con un dedo acusador.
—Tenía dos frascos de muestras ahí dentro —dijo Mary—. ¿Qué ha pasado con ellos?
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