¡Y cuántos meses habían sido! Un miembro de la generación 138 habría visto más de mil trescientas lunas ya… 108 años de vida.
—Día sano —saludó Tukana, tomando asiento.
—A estas alturas —dijo una voz, sorprendentemente grave y fuerte—, acepto cualquier día que venga, sano o no.
Tukana no estaba segura de si el comentario era humorístico o triste, y por eso se limitó a sonreír y asentir. Luego, al cabo de un momento, dijo:
—No tengo palabras para expresar el honor que es verlo, señor.
—Inténtelo —dijo el anciano.
Tukana se ruborizó.
—Bueno, es que le debemos tanto, y…
Pero el hombre levantó la mano.
—Estoy bromeando, jovencita.
Tukana sonrió al oír esto, pues hacía mucho tiempo que nadie la llamaba «jovencita».
—De hecho, me honraría más si me ahorrara los honores. Créame, los he oído todos. De hecho, dado el poco tiempo que me queda, le agradecería que no lo malgastara… Por favor, dígame inmediatamente qué quiere.
Tukana volvió a sonreír. Como diplomática había conocido a muchos importantes líderes mundiales, pero nunca había pensado que se encontraría alguna vez cara a cara con el mayor inventor de todos, el famoso Lonwis Trob. La ponía nerviosa mirar aquellos ojos mecánicos y por eso bajó la vista hacia su antebrazo izquierdo, al implante Acompañante que allí había. Naturalmente, no era el Acompañante original que Lonwis había inventado hacía todos aquellos meses. No, éste era el último modelo… y Tukana se sorprendió al ver que sus partes mecánicas estaban hechas de oro.
—No sé cuánto sabe sobre este asunto de la Tierra paralela pero…
—Hasta el último detalle —dijo Lonwis—. Es fascinante.
—Bien, entonces debe saber que soy la embajadora elegida por el Gran Consejo Gris…
—¡Mocosos protestones! —dijo Lonwis—. Atontados, todos ellos.
—Bueno, puedo comprender…
—¿Sabe? —dijo Lonwis—. He oído decir que algunos se tiñen el pelo de gris, para parecer más listos.
Lonwis parecía bastante contento malgastando su propio tiempo, advirtió Tukana, pero supuso que se había ganado ese privilegio.
—En cualquier caso —dijo—, quieren cerrar el portal entre nuestro mundo y el mundo gliksin.
—¿Por qué?
—Tienen miedo de los gliksins.
—Usted los ha conocido: ellos no. Prefiero oír su opinión.
—Bueno, debe saber usted que uno de ellos intentó matar al enviado Boddit, y que me disparó a mí también con su arma.
—Sí, lo he oído. Pero ambos sobrevivieron.
—Si.
—¿Sabe?, mi amigo Goosa…
Tukana no pudo evitar interrumpirlo.
—¿Goosa? —repitió—. ¿Goosa Kusk?
Lonwis asintió.
—Guau —dijo Tukana, en voz baja.
—Como decía, estoy seguro de que Goosa podría idear un modo de protegemos contra esas armas de proyectiles que emplean los gliksins. Los proyectiles son impulsados por una explosión química, según tengo entendido… lo que significa que aunque vayan rápido, no se acercan ni de lejos a la velocidad de la luz. Así que habría tiempo de sobra… para que un láser las localizara y las desintegrara. Después de todo, mis Acompañantes son capaces ya de monitorizar un radio de 2,5 brazadas. Aunque el proyectil hubiera alcanzado la velocidad del sonido, todavía quedarían… —Hizo una breve pausa y Tukana se preguntó si iba a hacer los cálculos él mismo, o si estaba escuchando a su Acompañante. Sospechaba que lo primero—. 0,005 latidos para que el láser localizara el blanco y disparara. Haría falta un emisor esférico, no habría tiempo de hacer girar una parte mecánica… probablemente tendría que ir montado en un sombrero. Un problema trivial. —La miró—. Bien, ¿era eso lo que necesitaba? Si es así, contactaré con Goosa de su parte y podré continuar con mi día.
—Mm, no —dijo Tukana—. Quiero decir, sí, algo así sería fabuloso. Pero ése no es el motivo por el que he venido.
—Pues entonces menciónelo, jovencita. ¿Qué quiere exactamente?
Tukana tragó saliva.
—No quiero un favor solamente suyo. Nos hará falta la colaboración de unos cuantos de sus estimados amigos.
—¿Para hacer qué?
Tukana se lo dijo, y le encantó ver que en el rostro del anciano se dibujaba una sonrisa.
Louise Benoit tenía razón: Jock Krieger podía tirar de cualquier hilo imaginable. La idea de que una de sus investigadoras del Grupo Sinergia se pasara más de una semana hurgando en el cerebro de un neanderthal atrajo enormemente, y Mary se encontró con que todos los posibles obstáculos de hacer un viaje con Ponter desaparecían. y Jock había estado de acuerdo en que, cuanto más tiempo estuviera Ponter en este mundo, más tiempo tendrían para convencer a los neanderthales de que no cerraran el portal.
Mary había decidido ir con Ponter en coche a Washington D.C.
Parecía más sencillo que tener que pasar por los aeropuertos y todas las medidas de seguridad. Además, le daría la oportunidad de enseñarle a Ponter algunos paisajes por el camino.
Alquiló una furgoneta Ford Windstar plateada con las ventanillas tintadas, lo cual impedía a la gente ver quién era el pasajero. Fueron primero a Filadelfia, con un vehículo de escolta sin identificar siguiéndolos discretamente. Mary y Ponter… vieron Independence Hall y la Campana de la Libertad, y tomaron bocadillos de carne Philly en Pat's; a pesar del queso, Ponter se comió tres… bueno, Mary iba a decir «de una sentada», pero sólo había sitio para estar de pie en Pat's, y comieron fuera. Mary se sentía un poco extraña explicándole a Ponter la historia estadounidense, pero sospechaba que lo estaba haciendo mejor de lo que lo hubiera hecho un americano si le hubiera explicado la historia canadiense.
Ponter estaba casi por completo recuperado de su trauma: no sólo parecía tan fuerte como un buey, sino que tenía la constitución de un buey también. Resultaba adecuado, pensó Mary, con una sonrisa: después de todo, estaban visitando el país que tenía la Constitución más fuerte del mundo…
La embajadora Tukana Prat salió al amplio estrado semicircular, ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. La siguieron un neanderthal y luego otro, y otro, y otro más, hasta que diez miembros de su raza se situaron tras ella. Se aproximó al atril y se inclinó hacia el micrófono.
—Damas y caballeros de las Naciones Unidas —dijo—. Es un placer para mí presentarles a nuestra nueva delegación en su Tierra. A pesar de las desafortunadas circunstancias de mi última visita, todos venimos en son de paz y amistad, con los brazos abiertos. No sólo yo, no sólo una funcionaria del Gobierno, sino diez de nuestras personas mejores y más brillantes. No tenían por qué venir: cada uno de ellos decidió hacer el viaje. Están aquí porque creen en el ideal del libre intercambio cultural. Sabemos que ustedes esperan un… creo que emplean la expresión «esto-por-aquello»: ustedes nos dan algo, nosotros les damos algo a cambio. Pero esta apertura de contacto entre dos mundos no debería ser territorio de economistas ni hombres de negocios y, desde luego, no de los guerreros. No, Un intercambio semejante es el terreno natural de idealistas y soñadores, de aquellos que tienen los objetivos más elevados… los que tienen objetivos humanitarios. — Tukana sonrió a la multitud—. Éste es ya uno de los discursos más largos de mi carrera, y por eso, sin más preámbulos, déjenme presentarles a nuestros delegados.
Se dio la vuelta y señaló al primero de los diez neanderthales que tenía detrás, un hombre tremendamente anciano, con ojos azules mecánicos brillando bajo su entrecejo.
—Éste es Lonwis Trob, nuestro más grande inventor —dijo Tukana—. Desarrolló el implante Acompañante y las tecnologías de grabación de coartadas que han hecho de nuestro mundo un lugar seguro día y noche para todos sus habitantes. Los… lo que ustedes llamarían «patentes», los derechos de propiedad intelectual de estos inventos, son suyas, y viene a compartirlos libremente.
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