—No puedo estar más de acuerdo contigo. Pero, sin embargo, así son las cosas. .
—¿Y si… y si me hubiera matado? ¿O hubiera matado a Tukana? ¿Qué le habría pasado a ese hombre entonces?
—¿Aquí? ¿En Estados Unidos? Puede que lo hubieran ejecutado.
El pitido inevitable.
—Condenado a muerte. Lo habrían matado en castigo por su crimen, y como aviso a otras personas con intención de hacer lo mismo.
Ponter movió la cabeza a derecha e izquierda, su pelo marrón dorado creando un sonido de roce contra la almohada.
—Yo no hubiese querido eso —dijo—. Nadie se merece una muerte prematura, ni siquiera quien se la desea a otros.
—Vamos, Ponter —dijo Mary, sorprendiéndose a si misma por su brusquedad—. ¿Puedes ser de verdad tan… tan cristiano? Ese maldito tipo intentó matarte. ¿De verdad te preocupa lo que pudiera haberle pasado?
Ponter guardó silencio durante un rato. No dijo, aunque Mary sabía que podría haberlo hecho, que ya una vez alguien había intentado matarlo: durante su primera visita, le había dicho a Mary que en su juventud le habían roto la mandíbula de un tremendo golpe. En cambio, simplemente alzó la ceja y dijo:
—Es una tontería, en cualquier caso. Este Rufus Cole ya no existe. —Pero Mary no estaba dispuesta a dejar el tema. —Cuando te golpearon… hace todos esos meses, la persona que lo hizo no lo había premeditado, e inmediatamente se llenó de pesar: tú mismo me lo dijiste. Pero, evidentemente, Rufus Cole había planeado matarte con antelación. Sin duda eso crea una diferencia.
Ponter cambió levemente de postura en la cama.
—Viviré —dijo—. Aparte de eso, nada podría borrar la cicatriz que llevaré hasta el día de mi muerte.
Mary negó con la cabeza, pero consiguió hablar con buen tono.
—A veces eres demasiado bueno para ser real, Ponter.
—No tengo respuesta a eso.
Mary sonrió.
—Lo cual demuestra mi argumento.
—Pero tengo una pregunta.
—¿Sí?
—¿Qué pasará ahora?
—No lo sé —respondió Mary—. El médico me ha dicho que han enviado una valija diplomática desde Sudbury. Supongo que es eso que está ahí, junto a la mesa.
Ponter volvió la cabeza.
—Ah. ¿Quieres acercármela, por favor?
Mary así lo hizo. Ponter abrió la bolsa y extrajo una cosa alargada parecida a un coche pero de diseño neanderthal, perfectamente cuadrado. Lo abrió (se desplegaba como una flor) y sacó de dentro una diminuta esfera de color rubí.
—¿Qué es eso? —preguntó Mary.
—Una perla de memoria —respondió Ponter.
Tocó a su Acompañante, y Mary se sorprendió al ver que se abría, revelando un compartimento interior con un pequeño grupito de clavijas de control adicionales y un agujerito del diámetro aproximado de un lápiz.
—Encaja aquí —indico, poniéndola en su sitio—. Si quieres…
—Me voy —dijo Mary—. Sé que necesitas intimidad.
—No, no te marches. Pero por favor, perdóname un momento. Hak reproducirá la grabación en el implante de mis oídos.
Mary asintió, y vió que Ponter ladeaba la cabeza como era su costumbre cuando escuchaba a Hak. Su rostro se frunció en un ceño gigantesco. Después de unos pocos momentos, Ponter abrió de nuevo a Hak y sacó la perla.
—¿Qué decía? —preguntó Mary.
—El gran Consejo Gris quiere que regrese a casa de inmediato.
Mary sintió que se le encogía el corazón.
—¿Sí…?
—No lo haré —dijo Ponter, simplemente.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Si volviera, cerrarían el portal entre nuestros mundos.
—¿Decían eso?
—No directamente… pero conozco al Consejo. Mi gente es consciente de que somos mortales, Mary: sabemos que no hay otra vida. Y por eso no corremos riesgos innecesarios. El contacto continuado con tu pueblo es algo que el Consejo considera innecesario después de lo que ha sucedido. Ya había muchos que estaban en contra de la reapertura del portal, y esto les proporciona nuevos argumentos.
—¿Puedes hacer eso? ¿Decidir quedarte aquí?
—Es lo que haré. Puede que haya consecuencias, pero las soportaré.
—Guau —dijo Mary en voz baja.
—Mientras esté aquí mi pueblo mantendrá abierto el portal. Eso dará a aquellos que, como yo, creen que el contacto debería ser mantenido, tiempo para discutir esa posibilidad. Si el portal se cerrara, sólo sería un primer paso antes de desmantelar el ordenador cuántico ya asegurar que no hay ninguna posibilidad de nuevos contactos.
—Bueno, en ese caso, ¿qué quieres hacer cuando salgas del hospital?
Ponter miro directamente a Mary.
—Pasar más tiempo contigo.
El corazón de Mary volvió a aletear, pero de buena forma esta vez. Sonrió.
—Eso sería magnifico.
Y entonces se le ocurrió una idea.
—La semana que viene voy a ir a Washington para presentar mis estudios sobre el ADN-neanderthal en el encuentro de la sociedad de Paleontología. ¿Por qué no vienes? Serías el éxito más grande desde que Wolpoff y Tattersall aparecieron en la reunión de Kansas City.
—¿Eso es una reunión de especialistas de antiguas formas de humanidad? —preguntó Ponter.
—Así es —dijo Mary—. La mayoría de quienes estudian estas cosas estarán allí, venidos de todo el mundo. Créeme, les encantará conocerte.
Ponter frunció el ceño, y durante un instante Mary tuvo miedo de haberlo ofendido.
—¿Cómo llegaré allí?
—Y te llevaré. ¿Cuándo sales del hospital?
—Creo que quieren tenerme aquí un día más.
—Muy bien, pues —dijo Mary.
—¿No pondrá nadie obstáculos?
—Oh sí —dijo Mary, sonriendo—. Y conozco al hombre que los hará desaparecer…
La embajadora Tukana Prat sabía que era un poco irónico que aquel hombre precisamente deseara intimidad. Y, sin embargo, ¿quién podía reprocharle que se mantuviera aislado? Era famoso en todo el planeta, honrado allá adonde iba. Y, de hecho, el mundo entero celebraría pronto el milésimo mes desde su gran invento. Se esperaba que entonces hiciera cientos de apariciones públicas… suponiendo, como había que hacer siempre con una persona de su edad, que todavía estuviera vivo. Era miembro de la generación 138, uno de los menos de mil individuos que quedaban de ese grupo… y nadie de ninguna generación anterior vivía aún.
Tukana había conocido a otros 138, pero hacía mucho de eso. Habían pasado al menos cincuenta meses desde la última vez que estuvo en compañía de uno, y nunca había visto a nadie que pareciera tan viejo.
Dicen que el pelo gris es signo de sabiduría, pero el pelo del gran hombre había desaparecido por completo, al menos de aquel famoso cráneo, increíblemente largo. Cierto, todavía tenía un vello fino y casi transparente en los brazos. Era una visión extraña: un hombre viejo y arrugado, con la piel moteada de gris y marrón, pero con penetrantes ojos azules artificiales, bolas metálicas pulidas de iris segmentados, ojos que brillaban desde dentro. Naturalmente, podría haberse puesto ojos artificiales iguales que los originales, pero aquel hombre, más que nadie, no tenía motivos para disimular los implantes. De hecho, Tukana sabía que otros implantes gobernaban el funcionamiento de su corazón y sus riñones, que huesos artificiales habían sustituido a porciones importantes de su esqueleto desmoronado. Además, lo había oído mencionar una vez, en una conversación con un exhibicionista que cuando la gente era tan vieja como él, convenía que los demás vieran que tenía ojos de repuesto, porque entonces ya no daban por supuesto que era demasiado viejo para ver algo.
Tukana entró en el enorme salón. Su propietario era tan viejo que el tronco del cual se había hecho aquella casa había alcanzado un diámetro prodigioso, y lo había ahuecado más y más a medida que pasaban los meses.
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