David Brin - El cartero

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El cartero: краткое содержание, описание и аннотация

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Esta es la historia de una gran mentira que llega a convertirse en una importante verdad. La historia de un hombre que llega a ser una leyenda. Todo empieza en una época futura, próxima a la que estamos viviendo, en los oscuros días siguientes a una limitada pero devastadora guerra en los que un puñado de hombres y mujeres sólo cuentan con enfermedad y hambre, miedo y brutalidad en su lucha para sobrevivir. Gordon Krantz es uno de esos hombres, un narrador itinerante, una especie de juglar, que vive de relatar las obras de los clásicos en los pueblos del noroeste. Una noche, Gordon se apropia de la chaqueta y la bolsa de un cartero, fallecido tiempo atrás, para protegerse del frío. Cuando, tras esto, llega a un pueblo, se da cuenta de que el viejo uniforme es como un símbolo de esperanza en la vuelta de una época que se fue…
Este libro es un fix-up compuesto por dos novelas cortas que se publicaron originalmente en 1982 y 1984 y que constituyen sus dos primeras partes. Las otras dos fueron expresamente escritas para formar la novela completa publicada por Bantam en 1985.

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Las destrozadas fachadas de la ciudad desierta daban paso por último a la Avenida Dieciocho y al recinto de la Universidad de Oregón. La gran pista de atletismo estaba ahora ocupada por vástagos de álamos y alisos, algunos ya muy crecidos. Allí, cerca del viejo gimnasio, Gordon aminoró el paso; luego se detuvo en seco y mantuvo inmóvil al caballo.

El animal piafó y pateó el suelo mientras Gordon escuchaba.

En alguna parte, quizá no demasiado lejos, alguien estaba gritando.

El débil grito se intensificó y después se extinguió. Era una voz de mujer, empapada de dolor y de un miedo mortal. Gordon echó hacia atrás la cubierta de su pistolera y sacó el revólver. ¿Procedía del norte? ¿Del este?

Se internó en una semijungla entre los edificios universitarios, buscando apresuradamente un sitio para desmontar. Había tenido una temporada tranquila desde que abandonó Oakridge hacía meses, demasiado tranquila. Evidentemente había adquirido malos hábitos. Era un milagro que nadie le hubiera oído cuando paseaba por aquellas calles desiertas como si fuesen de su propiedad.

Guió el caballo a través de una puerta abierta en el lateral de un gimnasio bordeado de pizarra y ató al animal detrás de una tribuna de gradas. Gordon puso un montón de avena junto al animal, pero dejó la silla colocada y cinchada.

«¿Ahora qué? ¿Esperamos? ¿O lo comprobamos?»

Desenfundó el arco y el carcaj y preparó la cuerda. Bajo la lluvia, probablemente serían más eficaces, y desde luego más silenciosos, que la carabina o el revólver.

Escondió una de las abultadas sacas de correo en un tubo de ventilación. Mientras buscaba un lugar para esconder la otra, de pronto cayó en la cuenta de lo que estaba haciendo.

Sonrió con ironía ante su estupidez y dejó la segunda saca en el suelo; luego se marchó para descubrir cuál era el problema.

Los ruidos procedían de un edificio de ladrillo situado justo enfrente, uno de los que aún conservaban los cristales de sus grandes ventanas. Al parecer, los saqueadores habían pensado que el lugar no merecía que se tomaran la molestia.

Ahora Gordon oía tenues voces ahogadas, el apagado relincho de caballos y el crujido de unos arreos.

Al no ver ningún vigilante en los tejados o ventanas, cruzó precipitado el alto césped y subió un gran tramo de escalones de hormigón, pegándose contra una puerta al doblar la esquina del edificio. Respiraba con la boca abierta para no hacer ruido.

La puerta exhibía un viejo candado herrumbroso y una inscripción grabada en plástico.

CENTRO EN MEMORIA DE THEODORE STURGEON
Dedicado en mayo de 1989
Horario de la Cafetería
de 11 a 2. 30
de 17 a 20

Las voces venían de dentro… aunque demasiado atenuadas para entender algo. Una escalera exterior ascendía varios pisos. Gordon retrocedió y vio una puerta entornada tres tramos más arriba.

Sabía que estaba volviendo a comportarse como un tonto. Ahora que había localizado el origen de los ruidos, debería ir a buscar su caballo y marcharse de allí lo antes posible.

Las voces parecieron enfurecerse. A través de la rendija de la puerta oyó asestar un golpe. El grito de dolor de una mujer fue seguido por la soez carcajada de un hombre.

Gordon exhaló un leve suspiro ante la flaqueza de su carácter que lo retenía allí, en lugar de escapar como haría cualquiera con un poco de cerebro, y subió la escalera de hormigón, procurando no hacer ruido.

La descomposición y el verdín cubrían la zona situada detrás de la puerta entreabierta. Pero a partir del cuarto piso, el Centro de Estudiantes parecía intacto. Milagrosamente, ninguno de los paneles de vidrio de la gran claraboya estaba roto, aunque el marco de cobre estaba cubierto por una pátina de cardenillo. Bajo la pálida luz del atrio bajaba en espiral una rampa alfombrada que conectaba las plantas.

Gordon se internó con cautela en el edificio y tuvo la momentánea impresión de retroceder en el tiempo. Los saqueadores habían dejado intactas las oficinas de la asociación de estudiantes, con su característico desorden de papeles. Los tablones de anuncios estaban todavía llenos de ajados anuncios de acontecimientos deportivos, espectáculos de variedades y reuniones políticas.

Únicamente en el extremo opuesto había unas cuantas notas en rojo brillante relacionadas con la emergencia, la crisis final que había golpeado casi sin avisar y lo había precipitado todo hacia el fin. Por otra parte, el desorden era acogedor, radical, entusiasta…

Joven…

Gordon apresuró el paso y descendió por la rampa hacia el lugar de donde venían las voces.

La segunda planta estaba constituida por una galería abierta que rodeaba el vestíbulo principal. Gordon se agachó y recorrió a gatas el resto del camino.

En el lado norte del edificio, a la derecha, parte de un paramento de cristal de dos pisos había sido roto para hacer sitio a un par de carretas grandes. El aliento de los seis caballos, atados junto a la pared del oeste tras una hilera de oscuras máquinas tragaperras, parecía humo.

Fuera, en medio de los fragmentos de cristales, la lluvia formaba charcos de color rosa en torno a cuatro cuerpos que yacían despatarrados, derribados hacía poco por fuego de armas automáticas. Sólo una de las víctimas había logrado sacar una pistola durante la emboscada. Ésta se hallaba en uno de los charcos, a pocos centímetros de la mano inerte.

Las voces procedían de la izquierda, donde la galería formaba un recodo. Gordon gateó cautelosamente en aquella dirección y miró hacia la parte opuesta de la estancia en forma de L.

Quedaban varios espejos que llegaban hasta el techo en la pared oeste, que le permitieron tener una amplia vista del piso de abajo. En una gran chimenea que había entre los espejos crepitaba un fuego alimentado por muebles rotos.

Gordon se abrazó a la mohosa alfombra y sacó la cabeza lo suficiente para ver a cuatro hombres armados hasta los dientes discutiendo junto al fuego. Un quinto estaba repantigado en un sofá a la izquierda, apuntando descuidadamente con su rifle automático a un par de prisioneros: un niño de unos nueve años y una mujer joven.

Las marcas rojas que mostraba el rostro de ella eran las de una mano de hombre. Su pelo castaño estaba desgreñado y apretaba al niño contra sí, observando a sus captores cautamente. A ninguno de los dos prisioneros parecía quedarle fuerzas para llorar.

Todos los hombres barbudos iban vestidos con el traje de camuflaje de una sola pieza en verde, marrón y gris del ejército de antes de la guerra. Cada uno lucía uno o más pendientes de oro en el lóbulo de la oreja izquierda.

«Supervivencialistas.» Gordon sintió una oleada de repulsión.

Hacía tiempo, antes de la guerra, esa palabra había tenido varios significados, que abarcaban desde el sentido común y la formación de la conciencia comunitaria hasta la paranoia antisocial de las pistolas. Vistas así las cosas, quizás hasta él mismo podía ser denominado «supervivencialista». Pero la última connotación era la que se había impuesto, después de los tremendos estragos que había causado.

En todas partes adonde había llegado en sus viajes la gente compartía esta reacción. Los habitantes de casi todas las aldeas y campos arruinados maldecían más a aquellos forajidos por los terribles disturbios que condujeron a la Caída Final que al enemigo, cuyas bombas y gérmenes habían resultado tan destructivos durante la guerra de una Semana.

Y los peores habían sido los seguidores de Nathan Holn. «¡Ojalá se pudra en el infierno!»

¡Pero se suponía que ya no quedaban supervivencialistas en el valle del Willamette! En Cottage Grove, le habían dicho que el último grupo importante fue expulsado hacia el sur de Roseburg hacía años, a los yermos del condado de Rogue River.

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