Robert Reed - Médula

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La Gran Nave lleva viajando por el espacio más tiempo del que su tripulación es capaz de recordar. Desde que, hace algunos milenios, entró en la Vía Láctea y fue colonizado por los humanos, este colosal vehículo del tamaño de un planeta ha vagado por la galaxia transportando a billones de hombres y miles de razas alienígenas que han conseguido la inmortalidad gracias a la alteración genética.Pero los pasajeros no viajan solos: en el interior de la nave duerme un secreto tan antiguo como el propio universo. Ahora está a punto de despertar…

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—Gracias —les dijo—. En nombre de la maestra y en el mío propio, gracias.

—Pero, ¿y las sanguijuelas? —tuvo que preguntar el primer ingeniero.

—¿Qué pasa con ellas?

—No nos dimos cuenta de que tenían los medios para construir ese tipo de puerta, y mucho menos engañarnos durante tanto tiempo. —Y sin embargo nos engañaron —respondió Pamir.

Se quedó mirando la superficie lisa y tranquila del océano de hidrógeno y sus pensamientos volvieron a Washen. Si es que en algún momento la habían dejado. Nadie más en toda su larga vida había sido mejor amigo que ella. En el fondo, Pamir sabía que Washen lo estaba esperando. Lo necesitaba o estaba muerta. En cualquier caso, era imperativo que la encontrara, y con ese pensamiento ardiendo en su interior despidió a los dos hombres, se puso en contacto con la maestra y tres minutos después se canceló de forma oficial la misión de los ingenieros; se repartieron apretones de mano y abultados incentivos junto con advertencias de que a nadie más le hacía falta saber nada sobre aquel extraño y frío asunto.

Lo que los capitanes podían construir podían comprenderlo, y si se daba el caso, lo que podían construir también lo podían romper.

Se informó de todos los datos a treinta maestros adjuntos y regulares de alto grado, la mayor parte con experiencia en ingeniería; los reunieron dentro de un complejo de bombeo abandonado situado encima de la puerta secreta. Barreneros especiales y sondas de polvo inteligentes examinaron la zona y luego emprendieron una búsqueda igual de exhaustiva por todas las tuberías de combustible parecidas. Pero solo había aquella puerta, y todas las pruebas confirmaron que era real, que no se había abierto desde hacía al menos varios años y que, según su limitada tecnología, no existían sensores de vigilancia ni había ningún tipo de trampa esperándolos.

La maestra se decidió por una investigación cauta.

Pero seis meses más tarde, con sus capitanes todavía ocultos dentro del complejo de bombeo, su paciencia se disolvió en una osadía frustrada. —Romped la escotilla y abridla —rugió.

Pamir estaba en la sala de conferencias, sentado detrás de una fila de maestros adjuntos. Habló en voz baja, aunque no demasiado.

—Señora… —Lanzó un suspiró—. Quizá estemos estrechando la búsqueda demasiado.

Se giraron varios rostros.

Pero no el de la maestra. Sus ojos oscuros permanecieron enterrados en los holomapas, las listas de equipos y la extensión de su propia mano, uno de cuyos grandes dedos señalaban un detalle minúsculo, pero de repente vital.

—Explícate —dijo sin mirarlo—. Deprisa, capitán Pamir.

—Alguien o algo podría haberse caído del hábitat de las sanguijuelas — comentó mientras los miraba a todos salvo a la maestra—. Deberíamos seguir registrando el tanque de combustible. Y yo todavía tengo la batería de neutrinos allí. Estaba detectando una posible fuente… que procedía de algún sitio por debajo de nosotros, si los primeros datos son ciertos.

Uno de los maestros adjuntos lanzó una tos estruendosa.

—Se ha registrado el tanque de combustible —recordó a su superiora—. De una forma casi exhaustiva, señora. Y Pamir está hablando de una meada de neutrinos demasiado débil para tener valor alguno…

Pamir conocía los riesgos y lo interrumpió:

—Deberíamos vigilar la puerta y esperar —argumentó. Observó las caras que tuvieron la presencia suficiente para devolverle la mirada—. Si nuestros capitanes están tras esa puerta, entonces les estaremos mostrando lo que sabemos. Y como en cualquier juego, no nos conviene renunciar a nuestro turno demasiado pronto.

La maestra se tomó un momento y permitió que aquellas palabras se evaporaran en el tenso silencio.

—Gracias —dijo al fin.

La opinión de Pamir se había descartado de una forma tajante.

La maestra se dirigió entonces a capitanes más probados.

—Manteneos a salvo vosotros y vuestra nave —les ordenó—. Pero, tan pronto como sea físicamente posible, quiero que forcéis la escotilla. Por favor.

Veinticuatro horas más tarde, se colocaron en las bisagras ocultas y detonaron cargas de antimateria finas como cabellos.

La escotilla se desplazó una distancia nanoscópica y luego se atascó con firmeza.

Se desplegó el equivalente más sofisticado de una palanca para darle un empujón, y un segundo, y entonces el tapón gris y reluciente de hiperfibra pura se fue deslizando poco a poco, cada vez más rápido, hasta que cayó dando tumbos por la tubería de combustible más de veinte kilómetros. Se detuvo al alcanzar una válvula cerrada y estrellarse contra un lecho de aerogel, que la atrapó como si fuera una gran mano y la conservó para posteriores estudios.

Los barreneros descendieron por el agujero abierto, seguidos por capitanes de algo rango. Todos ellos iban ataviados con armaduras y erizados de armas. Las máquinas marchaban desprovistas de expectativas, mientras que los humanos intentaban prepararse para cualquier cosa.

Tras la puerta secreta, esperándoles, estaba la nada.

La roca fría y rica en hierro estaba mezclada con astillas de hiperfibra. Que tampoco es que fuera nada. Pero a medida que los miembros arácnidos y las manos enguantadas tocaban los estratos, cayó sobre ellos una clara decepción y los capitanes se preguntaron: ¿es que la escotilla es un señuelo? ¿Es solo un modo medio inteligente de mantener nuestros ojos y mentes apuntando en la dirección equivocada?

Pero no, los análisis demostraron que aquella era la porción superior de un túnel vertical, y si el túnel seguía hundiéndose se fundiría con una de aquellas galerías de acceso derribadas, antiguas, enigmáticas y completamente inútiles.

Once días después de la misteriosa reaparición de Washen, una carga de antimateria había destruido el túnel. Los archivos sísmicos mostraban un golpe y un crujido que habían pasado desapercibidos entre los golpes y crujidos habituales de la nave. Pero el daño parecía meticuloso hasta lo obsesivo. La roca circundante estaba pulverizada y era traicionera. Para reconstruir solo los primeros kilómetros del túnel haría falta tiempo y unos recursos ingentes.

—Hacedlo —ordenó la maestra.

Pero no necesitaban treinta capitanes para lo que podían lograr tres de ellos acompañados por una brigada de zánganos mineros.

Pamir pidió permiso para regresar al tanque de combustible y continuar su búsqueda.

—Denegado —respondió la maestra al instante, sin más—. Permanecerás con el equipo de excavación. Pero si encuentras un momento o dos de tiempo libre, no puedo impedirte que hagas lo que quieras.

—¿Yo solo? —preguntó él.

El rostro dorado de la mujer sonrió cuando se dirigió a su capitán más difícil:

—Lo siento. Mis disculpas. Creí que así era exactamente como te gustaba hacerlo todo.

33

Permanecieron los neutrinos y los lentos fantasmas, pero solo por el rabillo del ojo y en una esquina de su mente. El principal deber en la vida de Pamir era tallar un simple agujero, seguir la vena destrozada hasta donde lo llevara; con los años, esa tarea aparentemente sencilla se convirtió en lo que podría haber sido la excavación más profunda y exigente de la historia humana.

No quedaba nada del túnel de acceso original. Una serie de explosiones intensas había arrasado las paredes de hiperfibra y, lo que era peor, había introducido unas cantidades fantásticas de calor en la roca y el hierro circundante. Una columna de magma hirviente llevaba a las profundidades de la nave. Reconstruir el túnel no parecía imposible, pero casi. Lo más sencillo era extraer el magma como si fuera nata obstinada a través de una pajita ancha, y luego cubrir las paredes que lo rodeaban con grados cada vez mejores de hiperfibra, para así crear un hueco vertical de más de un kilómetro entero de anchura.

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