Robert Silverberg - La ida

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Staunt contempló la colección de cubos. Tenía cinco de su hijo que abarcaban la vida de Paul desde la temprana edad madura hasta la temprana vejez; Paul, fielmente enviaba a su padre un nuevo cubo al principio de cada década. Tres cubos de su hija. Varios de los nietos. Los padres orgullosos le mandaban cubos de los jóvenes cuando éstos tenían diez o doce años, y los nietos mismos, cuando eran adultos le enviaban versiones más maduras de sí mismos. Ya tenía él cuatro o cinco cubos de algunos nietos. Todos los años había nuevos cubos: alguien se ponía al día o un bisnieto se inmortalizaba por primera vez; y todo iba a parar al estante del patriarca. A Staunt esta costumbre más bien le agradaba.

Tenía sólo un cubo de su mujer. Habían desarrollado el proceso de fabricación sólo hacía unos cincuenta años y Edith había muerto el año '47, hacía cuarenta y ocho años. Staunt y su mujer fueron de los primeros que se habían hecho cubicar; y fue mejor así porque le había quedado a ella poco tiempo, aunque no lo sabían entonces. Aún ahora no todas las muertes eran voluntarias. Edith había muerto en una caída de cóptero, y Staunt, con casi noventa años, no se había vuelto a casar. En los años que siguieron a la muerte de su mujer había sido un gran consuelo para él tener su cubo. Raras veces lo tocaba ahora, principalmente a causa de sus imperfecciones técnicas; como el proceso era muy nuevo cuando se había hecho su cubo la simulación era sólo aproximada y los movimientos eran irregulares y torpes, no muy semejantes a los de la graciosa Edith que él había conocido. No tenía idea de cuánto hacía desde que lo había tocado la última vez. Impulsivamente encajó su cubo en la ranura.

La pantalla se iluminó y allí estaba Edith. Ágil, alerta, radiante. Largo pelo de un blanco lechoso, un largo vestido suelto de color violeta, el broche de oro favorito sujeto en el hombro. Ella tenía casi ochenta años cuando se hizo el cubo; parecía tener apenas más de cincuenta. Su matrimonio había durado medio siglo. Sólo recientemente se había dado cuenta Staunt de que los años sin ella eran ya casi tantos como los años de su vida con ella.

—Tienes buen aspecto, Henry —dijo ella tan pronto como apareció su imagen.

—No tan malo para una vieja reliquia. Es el año 2095, Edith. Voy a cumplir ciento treinta y seis.

—No me has encendido hace bastante rato, entonces. Hace cinco años en realidad.

—No. Pero no es que no haya pensado en ti, Edith. Es sólo que he ido a la deriva, apartándome de todo lo que amaba antiguamente. Me he vuelto sonámbulo en cierto modo. Vagando por los días, llenando el tiempo.

—¿Has estado bien de salud?

—Bastante bien —dijo Staunt—. Saludable. Asombrosamente saludable. No puedo quejarme.

—¿Compones alguna cosa?

—Muy poco, en estos días. Nada realmente. He hecho unos bosquejos para obras que pienso hacer, pero nada más.

—Lo siento. Esperaba que tuvieras algo que tocar para mí.

En el curso de los años, él había tocado fielmente cada una de sus nuevas composiciones para el cubo de Edith, así como le había puesto al día en cuanto a las actividades de la familia y los amigos y en cuanto a los acontecimientos del mundo y las modas culturales. No había querido que su cubo se quedara fijado para siempre en el año 2046. Tenerla constantemente aprendiendo, creciendo, cambiando, le ayudaba a él a sostener la ilusión de que la Edith en la pantalla fuera la Edith real. Le había contado, incluso, los detalles de su propia muerte.

—¿Cómo están los hijos? —preguntó ella.

—Bien. Los veo con frecuencia. Paul está en buena forma, un viejo fuerte como su padre. Tiene noventa y un años, Edith. ¿Te confunde ser la madre de un hijo que es mayor que tú?

Ella rió.

—¿Por qué habría de pensarlo así? Si él tiene noventa y uno, yo tengo ciento veinticinco.

—Claro. Claro. —Si ella lo quería ver así.

—Y Crystal tiene ochenta y siete. Sí, eso es un poco extraño. No puedo evitar pensar en ella como si fuera aún una mujer joven. Entonces, ¡sus hijos serán viejos también y no eran más que bebés!

—Donna tiene sesenta y uno. David tiene cincuenta y ocho. Henry, cuarenta y siete.

—¿Henry? —dijo Edith, su cara quedando sin expresión. Después de un momento de confusión recobró su actitud normal—. Ah, sí. El tercer hijo, el pequeño accidente, el que lleva tu nombre. Le había olvidado por un momento. —Henry había nacido poco después de la muerte de Edith; Staunt se lo había contado al cubo, pero los acontecimientos de después de hacer el cubo nunca se grabaron tan bien como la programación original; ella había perdido los datos durante un momento. Como para ocultar su turbación Edith empezó a preguntarle por todos los otros nietos, los bisnietos, toda la horda que se había acumulado después de su vida. Evocó nombres, conectaba los hijos con los propios padres, correteaba de arriba abajo por el árbol entero de la familia Staunt, luciéndose para complacerle a él.

Pero él forzó un brusco cambio de tema.

—Quiero decirte, Edith, que he decidido que es el tiempo de mi Partida.

Otra vez la cara sin expresión:

—¿Partida? ¿A dónde vas?

—Tú sabes lo que quiero decir. La Ida.

—No, no lo sé. De veras, no lo sé.

—A una Casa de Despedida.

—Todavía no te entiendo.

Luchaba contra la impaciencia.

—Yo te he explicado estas modas. Hace mucho tiempo. Están en uso hace treinta o cuarenta años por lo menos. Es la terminación voluntaria de la vida, Edith. He hablado contigo de esto. Todo el mundo llega a ella tarde o temprano.

—¿Has decidido morir?

—Ir, sí, morir, Ir.

—¿Por qué?

—A causa del aburrimiento. La soledad. He sobrevivido a la mayoría de mis viejos amigos. He sobrevivido a mi propio talento. Me he sobrevivido a mí mismo, Edith. Ciento treinta y seis años. Y podría seguir viviendo otros cincuenta. Pero ¿por qué molestarme? ¿Vivir sólo por vivir?

—Pobre Henry. Siempre tenías una capacidad tan maravillosa de tomar interés por las cosas. El día no tenía bastantes horas para ti, con tus colecciones y tu música y los viajes alrededor del mundo, y los amigos...

—He leído todo lo que quiero leer. He visto el mundo entero. Me he cansado de coleccionar cosas.

—Quizá fui yo la que tuvo suerte entonces. Un número adecuado de años, una vida feliz, y luego fuera. Rápido.

—No. Me ha gustado seguir viviendo así, Edith. He mantenido la salud, no me volví senil; ha sido bueno todo esto. Salvo no tenerte a ti conmigo. Pero he dejado de gozar de las cosas. De repente me he dado cuenta de que ya no tiene sentido quedarme más. La rueda tiene que girar. Los viejos tienen que quitarse de en medio. En alguna parte hay gente que espera para poder tener un hijo, esperan una plaza vacía en el mundo, y me toca a mí crear esa plaza.

—¿Se lo has dicho a Paul y a Crystal?

—Todavía no. He tomado la decisión hoy. Pero tendré que hacérselo saber, o la Oficina lo hará por mí. Ellos recibirán la mayoría de mis bienes. Le daré el cubo tuyo a Paul. Todo se hace con mucha eficacia para uno que Parte.

—¿Cuándo a más tardar vas a... Ir?

Staunt se encogió de hombros.

—Aún no lo sé. Un mes, dos meses; no hay que tener prisa.

—Parece que no quieres hacerlo realmente.

Negó con la cabeza.

—Lo quiero hacer, Edith. Pero de una manera civilizada. Despedirme de la forma apropiada. He vivido mucho tiempo, no puedo renunciar a todo en un solo día. Pero no me quedaré aquí mucho más tiempo.

—Te echaré de menos.

Meditaba él sobre la intrincada confusión de eso. El cubo echando de menos a un hombre vivo. Riéndose entre dientes, dijo:

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