No. No podía implicarse. Dentro de dos horas tenía una reunión en los estudios. Había creado una vida nueva para sí misma, una vida tranquila. Por nada de este maldito mundo dejaría que un asesino desquiciado controlara su futuro. Por segunda vez.
Se dirigía a su habitación para vestirse cuando en la puerta sonó una llamada familiar. La policía.
Vaya, qué rápido han llegado.
– Señora Smith -llamó una voz en sordina-. Señora Smith, es la policía. Tenemos que hablar con usted.
Se volvió hacia la puerta. Todo había comenzado.
Se sentaron alrededor de la mesa del comedor, frente a la ventana con su imagen de postal que enmarcaba las aguas verdiazules del Pacífico. Desde ahí, a unos seis metros por encima de la línea de playa y unos buenos treinta metros hacia el interior, todavía se podían ver las olas, una tras otra, con sus cabriolas, agitadas por un ligero viento. Había marea baja y la playa estaba vacía.
Rowan puso dos tazas bien llenas de café caliente ante los inspectores y abrió la ventana. Respiró hondo y el aire penetrante y salado la relajó. Tenía que estar tranquila y alerta pero, sobre todo, tenía que saber controlarse.
Se sentó frente a los inspectores con su propio tazón de café entre las manos.
Ben Jackson era un hombre bajo y delgado y el color de su piel era igual al del café cargado de su taza. Su cara de póquer no conseguía disimular unos ojos inteligentes. Por su postura rígida y unos músculos que se adivinaban debajo de su impecable abrigo, Rowan pensó que el tipo estaba en forma y se tomaba su trabajo en serio. Había volado desde Denver de madrugada para hablar con ella.
Por lo visto, el Departamento de Policía de Denver no escatimaba medios. Era evidente que creían que el asesinato de Rodríguez estaba vinculado a su novela.
Jim Barlow pertenecía al Departamento de Policía de Los Ángeles. Era mayor y, comparado con Jackson, el color de su piel era el de un fantasma. Tenía el aspecto del poli arquetípico, con un ligero sobrepeso. El tipo de poli que vestía pantalones arrugados y chaqueta deportiva demasiado ajustada con parches de cuero en los codos. Con sus ojos de color azul claro parecía no perderse ni un detalle, mientras hacía gestos con la mano como si tuviera un cigarrillo entre los dedos. Un ex fumador, pensó Rowan, con un reflejo de simpatía.
Los dos le causaron buena impresión. Su instinto le decía que podía confiar en ellos.
– Se habrá enterado del asesinato de Doreen Rodríguez -dijo Jackson, haciendo un gesto vago hacia la entrada de la casa. Los reporteros empezaban a irse. La amenaza de los polis de detenerlos por violación de propiedad privada tenía su peso, pensó, lo cual le arrancó una ligera sonrisa.
– He leído la noticia en la página web del periódico de Denver -asintió Rowan.
– Usted trabajó en el FBI.
– Seis años.
– Es probable que se ganara unos cuantos enemigos. Así fue en mi caso.
– ¿Qué quiere decir?
– Creo que su vida corre peligro y que debería contratar un servicio de seguridad.
– Soy una ex agente del FBI, inspector. Tengo experiencia y sé cómo defenderme.
– Sí, es probable. Y es probable que todavía duerma con una pistola bajo la almohada. -Jackson asintió con la cabeza y percibió una ligera reacción en su semblante. Y continuó-. Ha sido un crimen brutal y va dirigido a usted. Seguro que habrá reflexionado sobre las similitudes entre la víctima y un personaje de su novela.
– Le he dicho que he leído la noticia.
Era lo único que Rowan podía hacer para mantener el contacto visual. No quería aceptar el hecho de que aquel asesinato tuviera algo que ver con ella. Sin embargo, su instinto le decía todo lo contrario. Se trataba de un asunto personal.
– Yo no me apresuraría a sacar conclusiones -dijo ella-. Si hay otro crimen, puede que este maniático decida imitar a otro escritor. Pero, si le tranquiliza que se lo diga, tendré mucho cuidado.
Maldita sea, la frase sonaba como un sarcasmo aunque no fuera su intención. Se habían puesto a la defensiva.
Jackson hizo una pausa antes de hablar.
– ¿Conocía usted a la verdadera Doreen Rodríguez? ¿La utilizó para su novela?
– Me inventé el nombre -replicó ella, sacudiendo la cabeza-. Había que ponerle un nombre al personaje.
– Hay una cosa que no le hemos contado a la prensa -dijo Jackson-. El muy cabrón dejó un libro suyo debajo del cadáver.
– ¿Mi libro? -La voz de Rowan era apenas un susurro. Tomó un trago de café, pensando que ese gesto de normalidad le ayudaría a ordenar las ideas.
– Crimen de oportunidad -confirmó el inspector-. Y como si fuéramos demasiado estúpidos para darnos cuenta, dejó subrayado el fragmento donde se describe el asesinato de la Doreen Rodríguez ficticia. -La voz estaba cargada de rabia, el tipo de rabia que los polis se esfuerzan por controlar.
Su novela en la escena del crimen.
– ¿Alguna otra cosa? ¿Alguna nota dirigida a mí, algún comentario, o algo que haga pensar que volverá a matar?
Jackson se inclinó hacia delante.
– Sólo los fragmentos subrayados. ¿Qué piensa?
Rowan miró fijamente a Jackson y sacudió la cabeza.
– Ya no trabajo para el FBI y, cuando trabajaba, lo mío no eran los perfiles. Si quiere una opinión experta, llámelos a ellos.
Sin embargo, sus pensamientos ya se habían disparado. ¿Alguien la había identificado personalmente? ¿Era posible que alguno de los delincuentes que había metido entre rejas llevara a cabo una retorcida venganza contra ella? Podía conseguir copias de todos los casos en que había trabajado y revisarlos detenidamente, aunque todavía recordaba hasta el último criminal violento que había contribuido a encerrar.
Habló Barlow por primera vez desde que se habían presentado.
– He leído sus libros, señora Smith. Supongo que se podría decir que soy un lector fiel. Sus historias son bastante aterradoras. Auténticas -añadió, e hizo una pausa-. Creo que volverá a actuar. Estamos investigando a los antiguos novios de Doreen Rodríguez en Denver, amigos, colegas -dijo, casi sin prestarle importancia-. Pero el hecho de que haya aparecido su libro dispara las alarmas.
Rowan respiró hondo, pero guardó silencio. A ella también se le habían disparado las alarmas. En su cabeza resonaba toda una orquesta de advertencias.
– Mis superiores ya se han puesto en contacto con los federales -dijo Jackson-. Esperan cierta colaboración. Pero se nos ha ocurrido que quizás usted tenga alguna idea especial, de modo que he decidido venir a hablar con usted. ¿Alguno de los delincuentes que detuvo ha salido de la cárcel? ¿Alguien la ha amenazado?
Rowan no pudo evitar echarse a reír, pero el timbre vacío de su risa no tenía gracia.
– ¿Amenazarme? Usted ha trabajado más tiempo que yo de policía. Seguro que a alguno de sus detenidos no le apetecía demasiado que lo encerraran. -Sacudió la cabeza y siguió-: Cuando alguna de las personas contra quienes he declarado o que he detenido obtiene la libertad condicional, me lo comunican. Debo decir sinceramente que todos los que he detenido están muertos o en la cárcel.
Jackson hizo una mueca que parecía una sonrisa.
– A mí ya me gustaría decir lo mismo -dijo-. Una trayectoria impresionante.
Ella respondió encogiéndose de hombros.
– En realidad, no. No fui yo quien atrapó a todos esos cabrones asesinos -dijo.
– ¿Y qué hay de los familiares de esos condenados? ¿Alguien que pretenda vengarse porque usted ha puesto entre rejas a un padre o hermano, un primo, un amante?
– No lo sé -dijo ella, negando con la cabeza-. Tendrían que revisar los informes de mis casos. No se me ocurre nadie en especial, pero no tengo aquí mis apuntes y no he pensado demasiado en ello.
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