David Baldacci - Buena Suerte

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Creo que con este es el tercer libro que leo de David Baldacci. Hasta ahora los libros que he leído suyos eran de intriga, pero este es totalmente distinto. En este caso es una novela que describe el cambio de vida que tienen que llevar a cabo dos hermanos, que se trasladan con su abuela a las montañas de Virginia. La novela transcurre en la época de la guerra mundial y refleja de una manera bastante realista lo dura que es la vida en las montañas, tanto para los agricultores y ganaderos como la gente que explotaba las minas de carbón.
La novela está bien escrita y disfrutas de la historia, en la que es importante meterse en la piel de los protagonistas. Como unos niños viven las circunstancias que les han tocado vivir y como se adaptan a una vida tan distinta a la que llevaban hasta ese momento en la ciudad.
Un libro entrañable, en el que las relaciones familiares tienen gran importancia. No comento nada del final para no chafar la novela.
Buen libro para descansar de la traca de novelas negras que os estaba metiendo ultimamente.

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Mientras Diamond sacaba sus bártulos de la parte trasera del Hudson, Lou, sintiéndose culpable por lo que había dicho, aunque dominada más por la curiosidad que por la culpabilidad, se echó hacia atrás y le susurró por la luna trasera:

– ¿Por qué le llamas Ni Hablar?

Diamond, que no se esperaba esa muestra de atención por parte de Lou, se animó y sonrió.

– Porque es su nombre -respondió en tono inofensivo-. Vive con la señora Louisa.

– ¿De dónde sacó ese nombre?

Diamond miró hacia el asiento delantero y fingió que buscaba algo en la caja de avíos de pesca.

– Su padre pasó por aquí cuando Ni Hablar era un bebé -explicó en voz baja-, y lo dejó en el suelo. Un tipo le dijo: «¿Vas a volver a recoger al niño?», y él replicó: «Ni hablar.» Bueno, Ni Hablar nunca ha hecho nada malo en toda su vida. De pocas personas pueden decirse lo mismo. No de los ricos, desde luego.

Diamond cogió la caja de avíos y se colgó la caña de pescar al hombro. Se encaminó hacia el puente, silbando, y Ni Hablar lo cruzó con el Hudson; la estructura de madera parecía quejarse y lamentarse cada vez que las ruedas giraban. Diamond se despidió y Oz hizo otro tanto con la mano manchada, esperando entablar una amistad duradera con Jimmy Diamond Skinner, el pescador pelirrojo de la montaña.

Lou se limitó a mirar hacia el asiento delantero, en dirección a un hombre llamado Ni Hablar.

7

El precipicio era de unos novecientos metros. Los Apalaches no son tan elevados como las Rocosas, pero para Lou y Oz resultaban imponentes.

Tras dejar atrás el pequeño puente, los noventa y seis caballos del motor del Hudson habían comenzado a gemir y Ni Hablar redujo la marcha. Los quejidos del coche eran comprensibles, porque la irregular carretera de tierra ascendía en un ángulo de casi cuarenta y cinco grados y serpenteaba por la montaña. Los dos supuestos carriles en realidad se fundían en uno solo. Junto a la calzada había rocas caídas que parecían lágrimas sólidas procedentes del rostro de la montaña.

Oz sólo miró una vez hacia el abismo, caer en el cual supondría ascender a los cielos, y decidió que no volvería a hacerlo. Lou tenía la vista perdida, como si la ascensión a los cielos no le importara en absoluto.

Entonces, de repente, en la curva apareció un tractor, oxidado y sin muchas de las piezas, sujetado con alambre oxidado. La carretera era demasiado estrecha para el tractor, pero con el Hudson, que avanzaba pesadamente, parecía imposible que los dos vehículos pasaran a la vez. Había varios niños jugando en aquél, por lo que se asemejaba a una estructura de barras móvil para juegos infantiles. Un chico de la edad de Lou parecía colgar del aire; apenas se sostenía con los diez dedos y la voluntad de Dios y, además, se reía. Los otros niños, una muchacha de unos diez años y uno de la edad de Oz, se aferraban con todas sus fuerzas a cualquier cosa que pudieran sujetar, aterrados.

El hombre que conducía el tractor asustaba más que la idea de que éste se descontrolara y convirtiera en rehenes a los niños desesperados. Llevaba un sombrero de fieltro, manchado por años de sudor. De barba hirsuta, tenía el rostro quemado y arrugado por el sol inclemente. Aunque de baja estatura, era fornido y musculoso. La ropa que vestía, al igual que la de los niños, era poco más que harapos.

El tractor casi había llegado a la altura del Hudson. Oz se tapó los ojos, demasiado asustado para gritar. Sin embargo, Lou chilló al ver que el vehículo se les venía encima.

Ni Hablar, con una calma absoluta propia de la costumbre, se hizo a un lado y se detuvo para dejar pasar al tractor. Estaban tan cerca del abismo que un tercio de las ruedas del Hudson se sostenían en el helado abrazo del aire de la montaña. Varias rocas y la tierra desprendida rodaron por la ladera y se esparcieron a causa del viento arremolinado. Por unos instantes, Lou pensó que caerían, y se aferró a Oz con todas sus fuerzas, como si eso sirviera de algo.

Mientras el tractor pasaba rugiendo junto a ellos el conductor los miró uno por uno antes de dirigirse a Ni Hablar y gritar: «Negro estúpi…»

El ruido ensordecedor del tractor impidió escuchar el resto, así como la risa y los chillidos del niño suspendido en el aire. Lou miró a Ni Hablar, que ni siquiera había pestañeado. Supuso que no sería la primera vez que escuchaba el insulto o se salvaba por bien poco de un choque mortal.

Entonces, al igual que una tormenta de verano, el circo itinerante desapareció y Ni Hablar reanudó la marcha.

Tras calmarse, Lou vio por debajo de ellos varios camiones de carbón cargados que avanzaban lentamente por un lado de la carretera mientras que por el otro los camiones vacíos regresaban deprisa, a por más. Habían perforado las montañas en muchos lugares dejando al descubierto la roca tras haber arrasado los árboles y la capa superior del terreno. Lou vio las vagonetas de carbón emergiendo de esas heridas, como gotas de sangre ennegrecida, y luego el carbón se vertía en los camiones.

– Me llamo Eugene.

Lou y Oz miraron hacia el asiento delantero. El hombre les observaba por el retrovisor.

– Me llamo Eugene -repitió-. Diamond se olvidó. Pero es buen chico. Mi amigo.

– Hola, Eugene -dijo Oz, y Lou también le saludó.

– No veo a mucha gente. Me cuesta hablar. Lo siento.

– No pasa nada, Eugene -lo tranquilizó Lou-. Es difícil relacionarse con desconocidos.

– La señora Louisa y yo nos alegramos de que vengáis. Buena mujer. Me acogió cuando no tenía casa. Tenéis suerte de que sea familiar vuestra.

– Vaya, me alegro, porque últimamente no hemos tenido mucha suerte -dijo Lou.

– Habla mucho de vosotros. Y de vuestros padres. Ella se ocupará de mamá. La señora Louisa cura a los enfermos.

Oz miró a Lou, esperanzado, pero ella negó con la cabeza.

Varios kilómetros más adelante Eugene entró en un camino que era poco más que un par de surcos en la tierra cubiertos de hierba y flanqueados de maleza salvaje y densa. Mientras se aproximaban a su destino, Oz y Lou cambiaron una mirada; el entusiasmo, el nerviosismo, el miedo y la esperanza compitieron por unos instantes en sus rostros.

El sendero se desvió hacia el norte tras dejar atrás una subida. Entonces la tierra se separó hasta formar un vasto y hermoso valle. Había varios prados rodeados de bosques espesos con todas las especies de árboles que tanto enorgullecían al estado. Tras los prados había un mosaico de campos que daba a varios corrales de vallas de troncos partidos a lo largo, grises por efecto de las inclemencias del tiempo y rodeados por rosas trepadoras. Un establo de tablones de dos plantas con un techado a dos aguas cubierto de tejas planas y delgadas de cedro aseguraba los corrales. En cada extremo había puertas de doble hoja con una serie de puertecillas para el heno sobre las mismas. Encima del portal había una viga saliente que sostenía la horca que colgaba de ella. Tres vacas estaban echadas en la hierba en un espacio protegido mientras que un caballo ruano pastaba solo en un pequeño corral. En otro redil Lou contó media docena de ovejas esquiladas. Detrás del redil había otro espacio vallado donde unos cerdos enormes se revolcaban en el barro. Un par de muías estaban enganchadas a un carro que se encontraba junto al establo; el sol se reflejaba en las ruedas de madera recubiertas de hojalata. Cerca del establo había una casa de labranza de dimensiones modestas.

Había otras construcciones y cobertizos, grandes y pequeños, diseminados aquí y allá, la mayor parte de tablones. Una estructura situada en un saliente de arce parecía estar hecha de troncos cubiertos de barro y daba la sensación de que estaba medio hundida en la tierra. Los campos abiertos, que parecían inclinarse al final como si fueran rizos, se extendían hacia el exterior desde las construcciones de la granja central como si fueran los rayos de una rueda. Al fondo se elevaban los Apalaches, por lo que, en comparación, la enorme propiedad parecía una maqueta para niños.

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