Denise Mina - Muerte en el Exilio

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Laureen O'Donnell trabaja en la Casa de Acogida para Mujeres de Glasgow, donde conoce a Anne Harris, una chica que llega al centro con dos costillas rotas y en plena batalla contra el alcoholismo. Dos semanas después, el cuerpo de Anne aparece en el río, grotescamente mutilado y envuelto en una manta. Todo apunta a que el marido de Anne es el asesino, pero ¿no puede haber un culpable menos evidente?
Maureen y su amiga Leslie tratan de romper con la indiferencia que rodea el asesinato de Anne, aunque, misteriosamente, Leslie mantiene la boca bien cerrada y no cuenta todo lo que sabe. En un intento por aclarar la confusión en la que se ve sumida su vida, Maureen viaja a Londres. Sin embargo, en lugar de solucionar sus problemas, pronto se verá inmersa en un mundo de violencia y drogadicción.

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Se chequeó inmediatamente las costillas y las facultades y comprobó que todo estaba en orden. Dio gracias a Dios, recordó que no creía en Dios y se otorgó todo el mérito a sí mismo. Pasmado ante su habilidad y su destreza de reflejos, se puso de pie encima del colchón y de la mano izquierda le resbalaba un material viscoso hasta la superficie mugrienta. Mirando el líquido en sus manos ahuecadas, cerró el puño con fuerza. Un grupo de gente preocupada se abalanzó sobre el muro, gritando desesperadamente hacia él. Daniel agitó una mano.

– Estoy bien -gritó-. No se preocupen. ¿Están todos bien?

Los peatones miraron a su izquierda y asintieron. Daniel sonrió y miró hacia abajo. Estaba sentado encima de un cadáver, la suela de su zapato se hundía en el muslo de ella. Se puso de pie, agitó el colchón hasta que el brazo de la chica cayó en la orilla embarrada. Llevaba un nomeolvides de oro grueso con una inscripción: ann. Retrocedió estupefacto hacia el río, sin poder apartar la vista de ella, intentando que la imagen tuviera sentido.

Ahora la podía ver entera, una barriga rosa y azul hinchada, una cabeza sin rostro rodeada de cabellos grises grasientos, descoloridos por el agua voraz. Le faltaba un pedazo irregular de piel gelatinosa en la barriga. Daniel gritó, un grito de animal estrangulado, sacudió la mano izquierda en el aire, esparciendo la carne desintegrada. Se agachó y metió la mano en el río marrón para intentar librarse de aquella sensación. Jadeando, se giró y señaló a aquella cosa podrida que colgaba del colchón.

Un hombre le gritó desde lo alto del muro del río:

– ¿Está herido?

Daniel miró hacia arriba. Los ojos se le salían de las órbitas. La cabeza del hombre era una mancha que flotaba encima del muro. Los ojos de Daniel volvieron al cadáver, sobresaltados por su presencia.

El hombre, con buena intención, le hablaba lentamente, vocalizando cuidadosamente.

– ¿Puede oírme? -gritó-. Soy socorrista.

Daniel intentó mirar hacia arriba pero cada vez los ojos volvían a ella. Imaginó que se había movido y el miedo lo dejó sin aliento. Empezó a llorar y levantó la mirada.

– ¿Es policía? -gritó, con una voz que casi no reconocía.

– No -respondió el hombre-. Soy socorrista. ¿Necesita atención médica?

– Llamen a la policía, joder -gritó Daniel, con los ojos llenos de lágrimas y la boca completamente abierta. Agitó la mano en el aire mientras la piel le hervía de asco-. Llamen a la policía, joder.

3. Winnie

Soplaba un fuerte viento en Glasgow y venía acompañado de nubes negras. Las bolsas de basura se agitaban con fuerza detrás del cristal y la puerta de entrada se abría y se cerraba suavemente. Los estudiantes caminaban con la cabeza baja mientras se dirigían colina arriba a la escuela de arte. Maureen se envolvió hasta las orejas con la bufanda y levantó el rígido cuello del abrigo antes de abrir la puerta y salir al exterior. El viento constante la sacudía, haciéndola balancearse ligeramente cuando giró para cerrar la puerta. En ningún momento sacó los puños de los bolsillos forrados y caminó colina abajo hacia la ciudad, cómoda y calentita dentro de su abrigo de niña rica.

Había comprado ese abrigo en unas rebajas prenavideñas. Era de pura lana negra con un forro de seda gris, largo y acampanado y con un cuello tan rígido que cuando lo levantaba se mantenía recto y la protegía del viento. Era la pieza más lujosa que jamás había tenido. Incluso a mitad de precio le había costado más que la hipoteca de tres meses. Dudó un poco en la tienda pero se autoconvenció de que le duraría tres inviernos, quizá cuatro, y de todos modos le gustaba derrochar el dinero. El día que Angus lo mató, Douglas había ingresado quince mil libras en su cuenta bancaria. Había sido un acto estúpido de desagravio por su relación y el dinero la comprometía. Sabía que lo más honroso sería regalar el dinero pero quedó deslumbrada por la cantidad de ceros en los comprobantes del banco y se lo quedó, prestando servicios voluntarios en las Casas de Acogida Hogar Seguro para justificar su avaricia. Derrochaba el dinero, dejaba la calefacción encendida toda la noche, fumaba los mejores cigarros, compraba nuevos productos cosméticos rejuvenecedores, cremas faciales en botes de 250 gramos y champús regeneradores; intentaba gastárselo sin tener que regalarlo.

El viento penetrante le quemaba los ojos y ella cruzó corriendo la cima de la colina. Leslie venía hoy a la oficina y Maureen tenía muchas ganas de verla.

– ¿Maureen?

Alguien la estaba llamando, la voz se diluía en el viento. Se giró. Una mujer con un pañuelo rojo en la cabeza se dirigía rápidamente hacia ella, con la cabeza baja y caminando con cuidado por el suelo helado. Se detuvo a un metro de Maureen y levantó la cabeza.

– Maureen, te quiero.

– Por favor, déjame en paz -dijo Maureen, desconcertada y recelosa.

– Necesito verte -dijo Winnie.

– Mamá, te pedí que me dejases en paz -insistió Maureen-. Sólo quiero que me dejes en paz.

Winnie la agarró, apretando con fuerza sus dedos contra los antebrazos de Maureen. Estaba borracha y había estado llorando durante horas, posiblemente días. Tenía los ojos enrojecidos, le pesaban los párpados, que tenían una forma angular donde los lagrimales se habían inundado. Un grupo de personas pasó caminando deprisa, subiendo por la empinada colina desde el metro, con pasos inseguros sobre el suelo resbaladizo.

– Te quiero. Y mira -Winnie le mostró un paquete envuelto en papel de aluminio y apretó los dientes para no llorar-, te he traído un asado.

Winnie le ofreció el paquete pero Maureen se quedó con las manos en los bolsillos.

– No quiero el asado, mamá.

– Cógelo -dijo Winnie desesperada-. Por favor. Lo he traído para ti. Se me ha derramado salsa en el bolso. He hecho demasiada…

Una mujer que pasaba junto a ellas resbaló por el suelo helado, gritó asustada y se agarró al brazo de Winnie para mantener el equilibrio. Empujó a Winnie hacia un lado, agitó un brazo y tiró el paquete plateado al suelo. El aluminio barato se aplastó contra el suelo, esparciendo los pedazos de carne marrón, salpicando el hielo blanco con una sangre acuosa.

– Dios mío -dijo. Se rió, nerviosa por el susto, con la mano encima del pecho mientras conseguía mantenerse en pie-. Lo siento mucho. Esta mañana el suelo está muy resbaladizo.

Winnie apartó el brazo.

– Me ha hecho tirar eso -dijo, y la mujer olió su aliento, puro alcohol a las nueve de la mañana.

Miró por encima del hombro de Winnie y vio la bodega de Padda, le lanzó una mirada de asco a Winnie y se puso recta y distante.

– No era mi intención apoyarme en usted -dijo educadamente.

– Vayase -dijo Winnie, indignada.

– Lo siento. He resbalado… -dijo dirigiéndose a Maureen.

– Nadie le ha pedido que nos cuente su vida -dijo brusca y repentinamente una desagradable Winnie.

Maureen no pudo evitarlo. Sabía que estaba mal pero sonrió ante el vergonzoso comportamiento de Winnie y la disculpó. La mujer, malhumorada, salió corriendo y desapareció rápidamente, caminando con cuidado por el suelo helado. Maureen cogió a Winnie por el brazo y la llevó a un lugar separado del bullicio de la calle, en la acera.

– Gracias, cariño -dijo Winnie, tomando la mano de Maureen entre las suyas.

Maureen quería darse la vuelta y marcharse. Cada vez que la había visto antes de la separación de la familia, Winnie la había herido o la había sacado de quicio o la había agotado mentalmente de un modo u otro. Deseaba irse, pero mirando el maquillaje mal aplicado, la nariz brillante y los grandes guantes, Maureen se dio cuenta de que la había echado mucho de menos, todas las peleas, los grandes dramas y el olor a vodka y maquillaje en polvos.

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