– ¿Diga?
– ¿Carrie? -Era Evan.
– ¡Dios mío, cariño! ¿Estás bien?
– Estoy bien. ¿Dónde estás?
– Evan, por el amor de Dios, creía que te habían secuestrado. ¿Dónde estás tú?
– Carrie, ¿cómo sabías que estaba en peligro cuando me llamaste?
Jargo se puso rígido junto a ella.
– Había tres hombres en tu casa cuando volví con el desayuno para los dos. Dijeron que eran del FBI, pero pensé… pensé que algo olía a chamusquina. No me gustó su aspecto. -Escogió cuidadosamente las palabras, consciente de que tenía que agradar a dos públicos-. Tenían pinta de matones haciéndose pasar por agentes del gobierno. No les dejé entrar, Evan.
– ¿Qué querían?
– Querían hacerte preguntas sobre tu madre. ¿Dónde estás? ¿Qué ocurre?
– La verdad es que no puedo hablar de ello. -Evan pareció suspirar de alivio-. Sólo quería asegurarme de que estás bien.
– Estoy bien, sólo estoy preocupada por ti. Por favor, dime dónde estás e iré, a donde sea.
– No, no quiero que te metas en esto hasta que averigüe lo que está pasando realmente.
– Maldita sea, dime dónde estás cariño. Déjame ayudarte.
Jargo le tocó el hombro a Carrie.
– ¿Adónde fuiste ayer por la mañana, Carrie? -preguntó Evan.
– Tú… -cerró los ojos-, me diste mucho que pensar la última noche. Fui a dar un paseo en coche. Luego a buscar nuestro desayuno. Siento no haber estado allí cuando te despertaste. No quería enviarte un mensaje equivocado.
– Deberías irte de Houston. Poner distancia entre tu vida y la mía. No quiero que te hagan daño… quienquiera que me persiga.
– Evan, déjame ayudarte. Por favor, dime dónde estás. -Jargo la acercó más a él y puso la oreja incluso más cerca del teléfono-. Te quiero.
Un momento de silencio.
– Adiós Carrie. Te quiero de verdad, pero no creo que podamos hablar durante un tiempo.
– Evan, no.
Evan colgó.
Jargo la empujó con fuerza contra la ventana.
– ¡Maldita sea, estúpida zorra!
Le golpeó con fuerza la cabeza contra el cristal y le clavó el cañón de su Glock en el cuello.
– ¿Paro el coche?
– No.
Jargo le arrancó el teléfono a Carrie, leyó el registro de la llamada, marcó el número de Galadriel en su teléfono y le ordenó que siguiera la pista del número. Colgó y miró fijamente a Carrie.
– ¿Lo llamaste para advertirlo? Me dijiste que no lo habías llamado.
– No, lo llamé para darle una razón para alejarse del FBI y de la CIA si venían a buscarlo.
– No te dije que hicieses eso -respondió Jargo.
– Quería que no hablase, de nada, hasta que pudiésemos atraparlo. No llegaste a él a tiempo. Dejaste que la policía lo atrapara. Pero no pude seguir, Gabriel atacó el coche patrulla justo cuando lo tenía al teléfono.
– ¿Por qué no me lo dijiste?
– Porque te hubieras vuelto loco, igual que estás haciendo ahora. No conseguí información útil, pero no nos hice correr ningún riesgo.
– Si la policía recupera su teléfono móvil tu número estará en el registro.
– Utilicé un teléfono de reserva. Robado. Es imposible seguirle la pista.
– Eso fue una estupidez -dijo Jargo.
– Lo quieres vivo para recuperar los archivos. No quería que les dijese ni una palabra a la policía sobre la CIA por si su madre le había hablado de ti o de los archivos. Fue para protegerlo a él y a ti. Nuestros intereses eran los mismos.
Miró la pistola de Jargo, se preguntaba si estaría muerta en el tiempo que tarda la bala en salir por el cañón.
Él bajó la pistola.
– La verdad es que no es el momento para preocuparme por tu lealtad. ¿Está claro?
– Como el agua. -Le agarró el brazo a Jargo-. La CIA mató a mis padres, ¿crees que quiero que maten a Evan? Si está con Gabriel y podemos recuperar a Evan, déjame que hable con él. Será mucho más fácil si me dejas hacerlo. Por favor.
– Crees que podemos reclutarlo.
– Creo que puedo comenzar el proceso. Lo ha perdido todo, excepto a mí. Es vulnerable y puedo ganármelo, sé que puedo.
– Dijo que te quería -dijo Jargo.
– Sí. Me lo dijo anoche. -Miró hacia el frente.
– Así que tú eres su debilidad -añadió Jargo riéndose.
– Parece que sí.
– Que te quiera debería facilitar las cosas -apuntó Dezz riéndose-. Tráelo de vuelta con un buen polvo y todo arreglado.
– Cierra tu apestosa boca -le dijo.
Quería romperle la nariz a Dezz, partirle los dientes y acabar con su sonrisita maliciosa.
El teléfono de Jargo sonó y éste contestó:
– Galadriel, no me defraudes por favor. -Escuchó y asintió-. Gracias. -Colgó-. El teléfono está a nombre de Paul Granger.
– El mismo nombre que el del correo electrónico -explicó Carrie-. ¿Cuánto falta para llegar?
– Menos de cinco minutos -respondió Dezz.
Luego se oyeron sirenas y vieron las luces rojas y azules de la policía brillando detrás de ellos.
Carrie estaba a salvo.
«Matones que se hacían pasar por agentes del gobierno», le había dicho ella. ¿Realmente era el FBI? ¿O podría ser la CIA quien lo buscaba? ¿Cómo tendrían información sobre él, sobre sus padres o sobre esos detestables archivos? No tenía sentido para él, pero nada lo tenía esa mañana. Lo importante era que Carrie estaba sana y salva. Tendría que haber resistido el impulso de escuchar su voz y mantenerla alejada de esta pesadilla.
«Te encuentro y te pierdo de repente», pensó. Pero sólo hasta que encontrase a su padre y averiguase la verdad de lo que le había ocurrido a su familia. Luego podrían estar juntos de nuevo.
Volvió a la habitación en la que estaba encadenado Gabriel. Ahora éste se hallaba sentado cerca del cabecero.
– Mi novia dijo que el FBI me estuvo buscando ayer por la mañana.
– Es bastante posible -dijo Gabriel-. ¿Qué quieres que haga yo?
– No se creyó que fuesen auténticos agentes del FBI. ¿Podrían haber sido de la CIA? Tú atrapas a mi madre en Austin y ellos a mí en Houston.
– Si te quisiesen a ti te habrían cogido antes y te habrían llevado con ellos. No sé quién ha sido. Lo siento.
Gabriel movió la cadena.
– ¿Me vas a dejar aquí?
– Todavía no lo sé.
Evan encerró a Gabriel bajo llave en la habitación. Recorrió a toda prisa el pasillo. Gabriel podía estar mintiendo en lo de que nadie le estaba ayudando; la CIA o cualquier amigo de Gabriel podrían llegar en cualquier momento. Entró corriendo en su habitación. Abrió la primera maleta. Había algo de ropa y mucho dinero en efectivo, lo suficiente para dejarle boquiabierto: fajos hábilmente atados de veinte y de cien. En la bolsa no había identificación, pero la etiqueta del equipaje decía «J. Gabriel», y una dirección de McKinney, un barrio a las afueras de Dallas.
Buscó la otra bolsa de Gabriel, en la que encontró un poco de ropa y dos pistolas pulcramente engrasadas y desmontadas. Metió las piezas de la pistola dentro de la bolsa del dinero. En la esquina vio una pequeña caja de metal.
Intentó abrirla, pero estaba cerrada con llave. Parecía importante. Necesitaba herramientas para romperla. Metió su portátil estropeado en la maleta con el dinero. Corrió escaleras abajo hacia el garaje. Hizo sitio y metió la bolsa en el asiento de atrás del Suburban. Volvió corriendo adentro y recuperó la pequeña caja cerrada, la puso dentro de su petate, regresó al garaje y puso el petate en el asiento del acompañante.
Volvió arriba. Llevar a Gabriel abajo con las esposas no iba a ser fácil. Lo metería en el maletero del Suburban, se echaría a la carretera y llamaría a Durless. Éste le escucharía. Probablemente estaba furioso y avergonzado por haber perdido a Evan y luego el caso ante el FBI. Evan le daría la oportunidad de librarse de la humillación.
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