Jeff Abbott - Pánico

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El vértigo y la incontenible alegría que sintió al despertar aquella mañana eran para Evan Casher la mejor prueba de que estaba profundamente enamorado. Sí, sin duda aquél era el inicio de una nueva y feliz vida que compartiría junto a Carrie, la joven responsable de aquel cambio sustancial en él. Sin embargo, un solo instante puede cambiar toda una vida: una llamada de su madre, apremiándolo a reunirse con ella de inmediato, iba a provocar un vuelco radical en la hasta entonces tranquila existencia de Evan. Para su horror, descubrirá que su madre ha sido asesinada, y sin tiempo siquiera para asumirlo, a punto estará de ser asesinado él también. Sólo la súbita intervención de un misterioso personaje, aparentemente surgido de la nada, le permitirá salvar la vida, al menos por esta vez…
No obstante, esto es sólo el principio de un peligroso viaje sin retorno, durante el cual Evan descubrirá que su vida hasta entonces no ha sido más que una sucesión de engaños y artificios donde nadie era quien aparentaba ser: empezando por sus propios padres y por la adorable Carrie, a la que, como pronto averiguará, en realidad no conocia en absoluto. Perseguido por un implacable traficante de información convencido de que posee unos valiosos documentos, Evan deberá salvar su vida y descubrir la verdad, consciente de que, esta vez, no tendrá una segunda oportunidad.

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– Bueno, encantada de conocerte. Buena suerte con tu película.

Se puso de pie y se dirigió a la barra para pedir un café con leche recién hecho.

– Yo invito -dijo él rápidamente-, si me permites. Al fin y al cabo compraste una entrada. Sólo trato de ser justo.

Ella lo miró y le dejó pagarle el café con leche y luego se sentó cerca de él preguntándose: «¿Por qué demonios está Jargo interesado en este tío?».

Hablaron durante una hora de las películas que les gustaban y de las que odiaban. Cuando terminaron, ella le dio su número de móvil.

La llamó al día siguiente y esa noche ambos cenaron en un restaurante tailandés que a él le encantaba. Ella era nueva en la ciudad, así que no podía sugerir que tenía un lugar favorito al que ir. Sospechaba que Evan era la clase de hombre que sentía pena por su soledad y a la vez admiraba sus agallas por mudarse a una ciudad donde no conocía a nadie. Hablaron de baloncesto, de libros, de cine y evitaron tratar de su vida personal. Carrie le dijo que estaba pensando en graduarse en inglés y le dijo que vivía de un fondo de inversiones, aunque se mantuvo imprecisa a propósito de su situación. Intentó pagar la cena, pero él deslizó la cuenta hacia su lado de la mesa y sonrió diciendo:

– Recuerda que tú compraste una entrada.

A Carrie le gustaba. Pero tras dos citas más durante los siguientes cinco días, se encontró con un obstáculo: no hablaba sobre lo que le importaba a Jargo, sus futuras películas.

Antes de volver a Houston, Carrie vio en DVD sus dos películas. Él sólo hablaba de esas películas cuando ella le preguntaba. Nunca mencionaba su nominación al Óscar por El más mínimo problema, algo que a ella la impresionaba mucho más que tal distinción.

En su cuarta cita, en un pequeño restaurante italiano, vio a Dezz observándolos, solo en la barra, bebiendo una copa de vino tinto y fingiendo leer el periódico. Jargo la observaba a través de él. Dejaron la comida a medias.

– ¿Te encuentras mal? -preguntó Evan menos de medio minuto después de que Dezz pasase al lado de la mesa.

Aquello hubiera sido mucho más fácil si hubiese sido el típico hombre ensimismado. Pero, cuando no estaba inmerso en su trabajo, Evan parecía advertir cualquier detalle en su comportamiento.

– No. Vi a un hombre que me recordó a alguien que conocía. Un recuerdo desagradable.

– Entonces no insistamos en ello -le dijo.

Diez minutos después Evan le preguntó por su familia. Ella decidió no alejarse mucho de la verdad.

– Están muertos.

– Lo siento.

– Un robo. Les dispararon a los dos, hace un año.

Se puso pálido de la impresión.

– Dios, Carrie, eso es terrible. Cuánto lo siento.

– Ahora ya lo sabes -le dijo-, pero me gustaría hablar de otra cosa.

– Desde luego.

Llevó la conversación de nuevo a terreno seguro, resolviendo así su torpeza. Carrie veía verdadera ternura en su forma de mirarla y pensó: «No, no hagas eso, me haces sentir como si estuviese utilizando sus muertes. No había planeado contártelo, no sé por qué lo hice». Tenía miedo de que su curiosidad de narrador lo impulsara a visitar la página web del Chicago Tribune y buscar allí su nombre o un relato de los asesinatos. Cuando aquello sucedió, ella tenía un apellido distinto. No habría ninguna Carrie Lindstrom cuyos padres hubieran muerto en un robo. Había cometido un error, aunque si él no husmeaba no habría problema.

Volvieron a su casa, vieron una película y bebieron vino. Sabía que dormiría con él; era el momento de cerrar el trato, de entrar más en su vida. No tenía una novia estable; había habido una mujer el año pasado, otra directora de cine llamada Kathleen que lo había dejado por otro y se había mudado a Nueva York. Sólo había mencionado a Kathleen una vez, lo que Carrie consideraba una sana decisión. Evan parecía un poco solitario, pero no necesitado, podía tenerlo vigilado para Jargo, cualquiera que fuese la razón. Pero albergaba también dudas.

Jargo ya le había mandado una vez, seis meses atrás, que se acostara con un hombre, un oficial de policía colombiano de alto rango, casado, de cuarenta y muchos años. Pero no lo hizo.

En lugar de eso, le dejó que la conquistase en un bar de Bogotá, volvieron a su pisito de soltero, lo besó y le echó una droga en la cerveza para dejarlo inconsciente. Se desmayó mientras la besaba. Desvistió al oficial, le dejó creer que había consumado su noche y lo miró dormir. Mientras tanto, Dezz entró en la casa y registró el despacho. Dos semanas más tarde leyó una noticia sobre unos oficiales de policía que habían sido arrestados por trabajar para cárteles de droga. Jargo nunca le preguntó si se había acostado con el oficial; supuso que lo había hecho, que estaba dispuesta a prostituirse.

Con Jargo nunca sabías en qué parte de la línea entre la luz y la oscuridad te iba a dejar caer.

Pero esto. Esto no podía fingirlo.

«Todo irá bien -se decía a sí misma-. Es agradable y guapo, y le gustas. Aunque sería más fácil si lo odiase, porque esto sólo haría que lo odiase más.» Advirtió aquello rápidamente cuando sus labios se encontraron: sus besos eran tiernos y lentos. Se separó de él cuando deslizó su mano sobre el pecho, y le agarró el pelo entre los dedos.

– ¿Qué ocurre? -preguntó.

– Nada.

Él se echó hacia atrás.

– No estás preparada.

– Piensas demasiado.

Lo besó intensamente de nuevo, deseando que no se preocupase y que ella misma no respondiese a su tacto, a su lengua. «Es sólo un trabajo.»

Lo besó otra vez, pero luego se detuvo.

– Dime qué te ocurre.

«Dios, si pudiese… Pero nunca, nunca lo haré.»

– No me pasa nada, salvo que todavía no me has llevado a la cama.

La mentira lo tranquilizó. Sonrió, la cogió del sofá y la tumbó en su cama; no era como el policía militar de Colombia. Durante los largos y oscuros días del año anterior había pensado que nunca se sentiría feliz de nuevo sin tener que fingir. Pero en lugar de ser una terrible traición a sí misma, la noche con Evan le rompió el corazón.

«Es sólo un trabajo, Carrie.»

A la mañana siguiente llamó a Jargo y le dijo que Evan y ella eran amantes.

– No tengo competencia -dijo en un tono rotundo-. Me está dedicando mucho de su tiempo.

– ¿Habla de sus películas?

– No. Dice que si habla mucho sobre una película ya ha contado la historia, y entonces pierde todo interés por hacerla.

– Busca en su ordenador, en sus libros de notas.

– No es de los que toman notas. -Hizo una pausa-. Sería útil saber exactamente lo que estoy buscando.

– Tú limítate a averiguar qué proyectos tiene en mente. Fóllatelo lo suficiente y te lo dirá. Es un hombre como otro cualquiera. Le gusta follar y hablar de su trabajo. Los hombres somos así de aburridos -dijo Jargo.

Carrie intentó imaginar a Jargo realizando cualquiera de esas actividades, pero fue incapaz.

Volvió a la cama de Evan y se centró en él con la misma energía que ponía en sí misma, sintiéndose a un tiempo culpable y mareada.

– ¿Por qué no me hablas de tu próximo proyecto? -le preguntó una tarde después de lograr que dejase de editar vídeos y fuera con ella a la cama.

– Tengo que editar Farol. Está hecha un desastre. Ni siquiera puedo pensar en mi próxima película.

Le pasó una mano por el pecho, por su liso vientre. Le pellizcó la carne por debajo del ombligo con la punta de los dedos.

– No te preocupes. Sólo me interesan tus ideas. -Le dio un golpecito en la frente y utilizó la frase que se había convertido ya en su broma particular-: No te preocupes, compraré una entrada.

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