John Gardner -
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– Quiero decir que estas jóvenes habían recibido una nueva identidad tras prestarnos un inmejorable servicio, y hay todavía otras tres, esperando al verdugo que corta lenguas.
– ¿Será un escuadrón del KGB que quiere transmitirnos algún mensaje?
– En efecto, con cada una de estas muertes. Están cortando el Pastel de Crema, James, y quiero acabar con esto… inmediatamente.
– ¿Pastel de Crema?
– Termínese el almuerzo y daremos un paseo por el parque. Lo que tengo que decirle es demasiado delicado, incluso para estas paredes. Pastel de Crema era una de nuestras operaciones más eficaces en muchos años. Supongo que eso había que pagarlo. Dicen que la venganza es un plato que se saborea mejor frío. Y me imagino que, con cinco años, ya se habrá enfriado lo bastante.
«M» no miró a Bond mientras ambos paseaban por Regent's Park como dos hombres de negocios que regresaran a regañadientes a sus despachos.
– Pastel de Crema era una operación para recuperar a los nuestros. ¿Sabe lo que es una Emilia?
– Por supuesto. El término es un poco anticuado, pero sé lo que significa.
Bond llevaba años sin oírlo. Era el nombre que utilizaba el Servicio Secreto norteamericano para designar a los objetivos especiales del KGB. Las Emilias solían encontrarse sobre todo en la Alemania Federal. Eran, por regla general, muchachas que llevaban vidas anodinas y que probablemente no se casarían jamás. La falta de idilios en sus vidas era a menudo el resultado de tener que cuidar a un anciano progenitor y no disponer de tiempo para otras cosas.
Se pasaban todo el día trabajando y, después, tenían que atender en casa a una madre o un padre achacoso. Pero todas las Emilias tenían una cosa en común. Solían trabajar en algún departamento gubernamental, generalmente en Bonn, como secretarias dentro del BfV. El Bundesamt für Verfassungersschutz era el equivalente germano-occidental del MI-5, pero dependía del Ministerio del Interior o BND (Budesnachrichtendienst). Este organismo, que recogía información de espionaje, trabaja en estrecha colaboración con el S1S británico, la CIA norteamericana y el Mossad israelí.
El KGB había utilizado a numerosas mujeres tipo Emilia a lo largo de los años. Un hombre aparecía súbitamente en la vida de una Emilia y toda la monotonía de su existencia se esfumaba como por ensalmo. La muchacha recibía regalos y era invitada a lujosos restaurantes, al teatro y a la ópera. Y, por encima de todo, se sentía atractiva y deseada. Luego, ocurría algo increíble: se acostaba con el hombre. Puesto que estaba enamorada, el resto le daba igual, incluso los pequeños favores que le pedía su amante, como, por ejemplo, sacar a escondidas algunos documentos del despacho o copiar algunos detalles de un expediente. Sin saber cómo, la Emilia se metía tan de lleno en el asunto que, cuando algo fallaba, tenía que huir al Este con su amante. Una vez iniciada su nueva vida en la República Democrática Alemana o incluso en Rusia, el amante desaparecía.
Bond reflexionó un instante. Las Emilias no estaban pasadas de moda porque se habían producido recientemente varias deserciones que entraban dentro de aquella categoría. Y, por otra parte, las Emilias no pertenecían exclusivamente al sexo femenino.
– Decidimos utilizar la táctica de las Emilias a la inversa -dijo «M», adivinando los pensamientos de Bond-. Pero nuestros objetivos eran peces muy gordos, altos funcionarios de la HVA. Fueron ellos los que pusieron en marcha el sistema de las Emilias e incluso adiestraron a los agentes seductores.
Bond asintió en silencio. «M» se refería a la Hauptverwaltunng Aufklärung , o Jefatura Superior de Inteligencia, el organismo más eficaz del bloque del Este, junto con el KGB.
– Los objetivos eran altos funcionarios de la HVA y funcionarios agregados del KGB, incluida una mujer. Teníamos varios agentes en reserva, pero llevábamos tanto tiempo sin utilizarlos que ya estaban inservibles. Eran matrimonios que, en nuestra opinión, hubieran podido ser muy eficaces. Al final, utilizamos a sus hijos. Elegimos a cinco familias a causa de sus hijos. Eran todos muy bien parecidos, rondaban los veinte anos y eran plenamente conscientes de sus actos, usted ya me entiende -«M» parecía turbado, tal como solía ocurrirle siempre que hablaba de «operaciones almibaradas», como las llamaban en el sector-. Les tanteamos y nos dimos por satisfechos. Les sometimos a un adiestramiento básico. Incluso nos llevamos a dos de ellos a Occidente durante cierto tiempo -«M» hizo una pausa cuando se cruzaron con un grupo de niñeras que chismorreaban sobre sus amos mientras empujaban los cochecitos infantiles-. Tardamos un año en organizar el Pastel de Crema. Tuvimos mucho éxito, con un poco de ayuda de terceros. Le echamos el anzuelo a una mujer de la vieja escuela del KGB y nos hicimos con dos altos funcionarios de la HVA. Pero, quedaba un pez muy gordo que aún podía ser peligroso. Luego, todo se vino abajo sin previa advertencia. Ya conoce usted el resto. Les llevamos a casa, les dimos una calurosa palmada en la espalda y les proporcionamos vivienda, adiestramiento y profesión. Obtuvimos grandes beneficios, cero cero siete. Hasta la semana pasada en que una de las muchachas fue asesinada…
– No será una que yo…
– No. Pero eso nos puso sobre aviso. No podíamos estar seguros, claro, Y tampoco podíamos informar a la policía. Todavía no podemos hacerlo. Ahora se han cargado a la segunda, esta Hammond de Norwich -«M» exhaló un hondo suspiro-. Eso de arrancarles la lengua es una clara señal. Podría ser el KGB, pero también la HVA o incluso el GRU, el espionaje militar soviético. Pero aún tenemos allí a dos chicas y a un muchacho muy simpáticos. Hay que sacarles, cero cero siete. Llevarles a un lugar seguro y mantenerles bajo protección hasta que hayamos liquidado al escuadrón de castigo.
– ¿Y soy yo quien les va a sacar?
– Pues, en cierto modo, sí.
Bond conocía muy bien aquel áspero tono de voz.
– El caso es que la operación no va a ser nada fácil -añadió «M», apartando el rostro.
– Nada es fácil -dijo Bond, tratando de darse ánimos con sus propias palabras.
– Será muy duro, cero cero siete. Sabemos dónde están las dos chicas…, precisamente las que usted rescató. El caso del joven es un poco más peliagudo. La última vez que supimos de él, estaba en las islas Canarias -«M» lanzó un suspiro de desaliento-. Por cierto, una de las chicas está en Dublín.
– Entonces, ¿podré sacar a las chicas con rapidez?
– De usted depende, James -«M» no llamaba casi nunca a Bond por su nombre de pila. Aquel día ya lo había hecho tres veces-. No puedo sancionar ninguna operación de salvamento. No puedo darle ninguna orden.
– Ya.
– En caso de que algo falle, tendremos que negarle…, incluso ante nuestra propia policía. Tras el fracaso de Pastel de Crema, los cancerberos del Foreign Office dieron instrucciones muy precisas. Los participantes deberían ser sacados con toda limpieza, ser sometidos a una operación de cirugía plástica Y abandonados a su suerte. No tendríamos que establecer ningún contacto ulterior con ellos. En caso de que yo solicitara la protección de los poderes de la nación para estas personas y utilizara después a una de ellas como cebo para liquidar al escuadrón de castigo, la respuesta sería tan dura como…
– Déjeles que se coman el Pastel de Crema -dijo Bond en tono lúgubre.
– Exactamente. Que se mueran y en paz. Ningún compromiso. Ninguna comunicación.
– En tal caso, ¿qué desea usted que haga, señor?
– Lo que ya le he dicho. Le facilitaré nombres y direcciones. Le podré indicar la dirección, le permitiré revisar los archivos, incluso los informes de asesinatos, que, como es lógico, he…, hum…, adquirido. Eso le llevará el resto de la tarde. Le podré dar un permiso de dos semanas. En caso contrario, seguirá usted con sus deberes normales. ¿Entendido?
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