Donna Leon - La chica de sus sueños

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Ariana, una niña gitana de tan sólo diez años, aparece muerta en el canal, en posesión de un reloj de hombre y un anillo de boda. Tendida en las losas del muelle, Ariana parece una princesa de cuento, un halo de pelo dorado enmarca su rostro, una carita que Brunetti comienza a ver en sueños. Para investigar el caso Brunetti se infiltra en la comunidad gitana, los romaníes, en lenguaje oficial de la policía italiana, que vive acampada cerca del Dolo. Pero los niños romaníes enviados a robar a las ricas casas venecianas no existen oficialmente, y para resolver el caso Brunetti tiene que luchar con el prejuicio institucional, una rígida burocracia y sus propios remordimientos de conciencia.

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El murmullo de voces cambió de tono, y Brunetti se volvió, para ver a qué se debía. Gloria, Paola y Chiara salían de la cocina, las dos primeras con bandejas de tazas y platos, y Chiara, con otra bandeja en la que había tres fuentes de distintas pastas hechas en casa. Brunetti sabía que esto era una ceremonia para los amigos, que tomarían el café y luego se irían, pero no pudo menos que pensar que éste era un pobre y triste final para una vida tan plena de comida y bebida y del calor que generaban.

También Sergio salió de la cocina, con tres botellas de prosecco .

– Creo que, antes del café, deberíamos decirle adiós.

Después de dejar las bandejas en la mesita de centro, delante del sofá, Gloria, Paola y Chiara volvieron a la cocina y, a los pocos minutos, salieron cada una con tres copas de prosecco en cada mano.

Sergio destapó la primera botella y, con el taponazo, el ambiente cambió como por arte de magia. Él fue echando el vino en las copas, haciendo la ronda a medida que bajaba la espuma. Abrió otra botella y luego la última, llenando hasta las copas sobrantes. Todos se acercaron a la mesa, tomaron cada uno su copa y esperaron.

Sergio miró a su hermano, pero Brunetti levantó la copa y movió la cabeza en dirección a él, indicando que el brindis le correspondía a él, por ser ahora el mayor de la familia.

Sergio levantó la copa y se hizo el silencio. La alzó aún más, miró a los presentes y dijo:

– Por Amelia Davanzo Brunetti y por todos los que aún la queremos. -Bebió media copa. Dos o tres personas repitieron el brindis en voz baja y todos bebieron. Cuando bajaron las copas, se relajó el ambiente y las voces recuperaron el timbre natural. Los tópicos de la vida entraron de nuevo en la conversación y los verbos volvieron a conjugarse en futuro.

Los presentes fueron dejando las copas, algunos tomaban café y picaban pastas y, poco a poco, todos se encaminaron hacia la puerta, no sin antes pararse a decir unas palabras y besar a los dos hermanos.

Al cabo de veinte minutos, no quedaba en la sala nadie más que Sergio y Guido, sus esposas y sus hijos. Sergio miró el reloj y dijo:

– He reservado mesa para todos, de modo que propongo dejar esto como está e irnos a almorzar.

Brunetti vació la copa y la puso al lado de las llenas que habían quedado abandonadas en la mesa, formando un círculo. Quería dar las gracias a Sergio por haber dicho las palabras justas, sin dramatismo, pero no sabía cómo. Fue hacia la puerta, retrocedió y abrazó a su hermano. Luego salió, bajó la escalera en silencio y, en la calle, se paró al sol, a esperar al resto de los Brunetti.

CAPÍTULO 3

El funeral se celebró en sábado, por lo que nadie tuvo que faltar al trabajo ni a la escuela. El lunes por la mañana, la vida había recuperado su ritmo normal, y todos salieron de casa a la hora de costumbre, menos Paola: el lunes era uno de los días en que no tenía que acudir a la universidad, y su lugar de trabajo era su escritorio. Brunetti la dejó durmiendo. Al salir a la calle, encontró un día tibio y soleado, un poco húmedo todavía. Se encaminó hacia Rialto, donde compraría un periódico.

Le producía alivio comprobar que la pena que sentía era leve. Pensar que su madre había escapado por fin de una situación que la propia Amelia habría encontrado intolerable, de haber sido consciente de ella, le deparaba consuelo y una sensación parecida a la paz.

Los tenderetes de bufandas, camisetas y chorradas turísticas ya estaban abiertos cuando pasó por delante, pero hoy sus pensamientos lo cegaban a sus colores chillones. Saludó con un movimiento de la cabeza a uno o dos conocidos, pero sin aflojar el paso, para disuadirlos de cualquier intención de pararlo. Miró el reloj de la pared, como hacía cada vez que pasaba por delante y giró hacia el puente. La tienda de Piero, a su derecha, era la única que aún vendía comida: las demás se habían pasado a chucherías de una u otra índole. Lo asaltó de pronto un olor a sustancias químicas y tintes, como si hubiera sido transportado a Marghera o el conglomerado industrial hubiera venido hasta él. Era un olor ácido y penetrante que mordía la membrana pituitaria y hacía llorar. La tienda de jabón ya llevaba algún tiempo allí, pero hasta ahora los colores artificiales de la mercancía sólo eran una ofensa para la vista, mientras que hoy las emanaciones atacaban el olfato. ¿Pretendían que la gente se lavara con eso?

Camino de campo San Giacomo vio paquetes de pasta, botellas de aceto balsámico y frutos secos, en puestos que antes sólo vendían fruta fresca. Su llamativo colorido era como un dolor, el equivalente visual de los olores que le habían hecho apretar el paso. Hacía años que Gianni y Laura cerraron su puesto de fruta y se fueron, lo mismo que el tipo del pelo largo y su esposa, pero éstos lo habían traspasado a unos indios o cingaleses. ¿Cuánto tardaría el mercado de fruta en desaparecer del todo, y los venecianos, en verse obligados a comprar la fruta en los supermercados, como todo el mundo?

Interrumpió su letanía de calamidades el recuerdo de la voz de Paola diciendo que, si un día quería oír a las viejas suspirar por los tiempos pasados y preguntarse adónde iríamos a parar, prefería sentarse una hora en la sala de espera de un médico, pero no estaba dispuesta a aguantárselo a él, en su propia casa.

Brunetti sonrió al recordarlo y, al llegar a lo alto del puente, antes de empezar el descenso, se quitó la bufanda. Cortó hacia la izquierda por el Ufficio Postale, subió y bajó el puente y entró en Ballarin a tomar un café y un brioche. De pie en la barra, entre la gente, descubrió que el recuerdo de la queja de Paola -lamentándose de sus lamentaciones- lo había animado. Al verse reflejado en el espejo de detrás de la barra, sonrió a su imagen.

Pagó y reanudó el camino al trabajo, gozando del aire más templado. Al atravesar el campo Santa Maria Formosa se desabrochó el abrigo. Cerca de la questura , vio a Foa, el piloto, apoyado en el costado de la lancha, mirando canal arriba, hacia el campanario de la iglesia griega.

– ¿Qué ocurre, Foa? -preguntó parándose al lado de la embarcación.

Foa se volvió y, al ver quién era el que preguntaba, sonrió.

– Es uno de esos tuffetti chalados, comisario. Está ahí, pescando, desde que he llegado.

Brunetti miró al canal, hacia el campanario, sin ver nada más que la quieta superficie del agua.

– ¿Dónde está? -preguntó caminando junto a la lancha hasta situarse un paso por delante de la proa.

– Se ha sumergido por ahí -dijo Foa señalando aguas arriba-, cerca de ese árbol de la orilla de enfrente.

Lo único que Brunetti veía era el agua y, al fondo, el puente y el campanario inclinado.

– ¿Cuánto hace que se ha sumergido?

– Parece una eternidad, pero no hará más de un minuto -dijo el piloto volviéndose hacia Brunetti.

Los dos hombres callaron, registrando con la mirada la superficie del agua mientras esperaban que apareciera el tuffetto .

Y allí estaba ya, emergiendo como un pato de plástico en una bañera. Ni rastro de él y, al momento, se deslizaba silenciosa y suavemente levantando pequeñas olas.

– ¿No le hará daño ese pescado? -preguntó Foa.

Brunetti miró el agua de al lado de la lancha: gris, quieta, opaca.

– No más del que nos hace a nosotros, supongo -respondió.

Cuando Brunetti volvió a mirar, el pequeño pájaro negro había vuelto a sumergirse. Dejó a Foa observando, entró en el edificio y subió a su despacho.

Aquella mañana, al salir de casa, una de las preocupaciones de Brunetti era el inminente regreso del vicequestore Giuseppe Patta. Su superior inmediato llevaba ausente dos semanas, en una conferencia sobre cooperación internacional de la policía contra la Mafia, que se celebraba en Berlín. A pesar de que la invitación puntualizaba que los asistentes debían detentar el grado de comisario o equivalente, Patta decidió que era necesario que fuera él. En su ausencia, su secretaria, la signorina Elettra Zorzi, le llamaba a Berlín por lo menos dos veces al día, para pedirle instrucciones sobre los casos en curso, lo que sin duda había amenizado su estancia en Berlín. Como Patta nunca llamaba a la questura durante sus viajes, no se enteró de que la signorina Elettra establecía el contacto telefónico desde un balneario de Abano Terme, donde seguía un tratamiento de dos semanas de sauna, lodo y masaje.

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